Sostenida por Dios en la soledad de la crianza
Dicen que se necesita de una tribu para criar hijos. Pero ¿qué pasa cuando no tienes una tribu? ¿Qué sucede cuando dejaste atrás a tu tribu en tu antigua iglesia, en tu vecindario o tu país?
Hace unos meses salimos, por segunda vez, de mi ciudad y de mi país, para regresar a Brasil, donde mi esposo nació y creció y donde Dios nos ha llamado a servirle. Después de seis años fuera regresamos a una ciudad conocida, con viejos amigos; no obstante se sentía diferente y un tanto solitario.
Verás, cuando salimos de aquí mis hijos eran pequeños, llegamos a mi ciudad y se adaptaron a una nueva cultura, iglesia y ciudad. Durante seis años formamos lazos en nuestra iglesia local, creamos amistades, y disfrutamos de las reuniones familiares dominicales con la familia que vivía cerca. Amamos recibir a personas en casa, así que la cafetera siempre estaba prendida y la mesa puesta.
Tomar la decisión de regresar fue fácil, pues era algo que deseábamos. Sin embargo, las despedidas nunca son fáciles, especialmente cuando dejas todo lo conocido: familia, amigos, iglesia, o sea, tu tribu.
Y es que cuando criamos hijos usualmente escuchamos decir: “criar hijos es difícil, van a necesitar apoyo, necesitan una comunidad”. Es fácil pensar que si tan solo tuviéramos otras amigas mamás en las trincheras, la crianza no sería tan complicada. Pero, ¿qué pasa cuando no tenemos una comunidad? Además de nuestro cónyuge, ¿con quién podemos compartir la carga de la crianza y correr por ánimo y apoyo? ¡No desmayes mi hermana! Dios siempre capacita para la tarea que Él encomienda, y nos ha dado medios de gracia en los que nos podemos sostener cuando la misión parece imposible.
Dios te capacita para la maternidad
Una de las cosas con las que luchamos como madres es pensar que tenemos el control de las situaciones y de nuestro hogar. Quizás estás por comenzar tu etapa de la maternidad y ya te estás preparando escuchando podcasts, leyendo buenos libros de crianza y hasta tienes una mentora con quién te reúnes y sacias todas tus dudas. No me mal entiendas, es muy bueno que de cierta manera puedas estar bien preparada; sin embargo, nunca estaremos 100% capacitadas para la monumental tarea de criar hijos en el Señor.
La capacidad para cumplir los propósitos de Dios no proviene de nuestras propias fuerzas, sino del hecho de que Dios mismo nos equipa y fortalece. El autor de Hebreos, al final de su carta, nos recuerda: “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén” (Hb. 13:20-21).
Podemos extraer valiosas enseñanzas de estos versículos, pero me limitaré a recordarte que el mismo Dios que resucitó a Jesús y es fiel a su pacto, nos capacita para la obra encomendada. Él nos da la habilidad de hacer su voluntad en la etapa donde nos encontramos: criar hijos en el Señor y hacer discípulos para Él. Sin embargo, lo más animador es que no solo nos equipa, sino que Él mismo trabaja en nuestras vidas, produciendo en nosotros, a través de su poder, todo lo bueno que le agrada.
Dios promete su presencia y su poder
La crianza puede ser un proceso abrumador, con los niños encima todo el tiempo, pero paradójicamente también puede convertirse en una etapa muy solitaria. Todas hemos estado en ese punto donde sentimos que caminamos solas, con falta de consejo o de ánimo.
Sin embargo, aún cuando falte ese apoyo humano en los días más difíciles, Dios ha prometido su presencia constante: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia” (Is. 41:10).
Este versículo siempre me ha sostenido cuando me ha faltado alguien con quien caminar. Y digo que es “por la gracia de Dios”, porque en esos momentos Él me ha mostrado que, aunque la comunidad de fe es necesaria para orar y animarnos mutuamente, la presencia más vital en nuestra vida siempre será la de Cristo.
Meditemos un momento en este pasaje:
- “No temas”: El miedo en la maternidad es real y constante. Tememos por las enfermedades, la educación, la salvación de nuestros hijos, la llegada de la adolescencia o su futuro. Sin embargo, Dios nos manda a no temer por una poderosa razón: “Porque yo estoy contigo”. No estamos solas en los días oscuros; nuestro Buen Pastor nos toma de la mano para atravesar cada dificultad.
- “No desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo”: Criar es agotador y muchas veces nos tienta la idea de rendirnos cuando los hijos no obedecen o las fuerzas fallan. Qué bello recordatorio que, al llegar al límite, podemos acudir a Cristo. Él ha prometido renovar la energía que necesitamos para continuar con este ministerio que nos encomendó como padres.
- “Siempre te ayudaré, siempre te sustentaré”: Es una promesa que nos hace, sin condiciones, y como Dios es fiel a su palabra, podemos descansar plenamente en su auxilio y su sostén.
Dios te dá la iglesia
Este punto toca una fibra crucial sobre cómo percibimos la iglesia y su función. Muchas veces, en el deseo de buscar un entorno saludable para nosotras y nuestros hijos, olvidamos que Dios mismo diseñó esta comunidad para su pueblo: la necesitamos y ella nos necesita a nosotros.
Pero, ¿qué hacemos cuando nos mudamos y dejamos nuestra iglesia atrás? Cuando regresamos a Brasil teníamos hermanos en Cristo a quienes visitabamos y estábamos con ellos, pero no teníamos una iglesia local. Pasamos varias semanas visitando iglesias, conociendo a los hermanos, buscando y orando porque sentíamos la necesidad de pertenecer a una iglesia, a un cuerpo de creyentes con quién pudiéramos aprender juntos, crecer y ser alentados en nuestro caminar. Por la gracia de Dios, Él nos dió una familia en la fé que nos edifica y con quiénes hacemos comunidad, nosotros y nuestros hijos. No es una iglesia perfecta, ninguna lo es, y hay aspectos de ella que son diferentes a mi antigua iglesia y que me siguen haciendo falta; quizás en algún momento me sentiré decepcionada y seguramente yo decepcione a otros también, pero tengo que confiar que, después de orar y pedir la dirección del Señor, es en esta iglesia donde Él nos ha puesto para edificar a nuestros hermanos y ser edificados.
Al respecto, Pablo nos dice en Efesios: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef. 4:11-12). La iglesia es mucho más que un lugar para sentarse a escuchar una predicación; es el espacio donde Dios utiliza a otros para transformarnos y ayudarnos a crecer.
No importa la etapa en la que te encuentres, ya sea en la soltería, el inicio del matrimonio, la crianza de niños pequeños o adolescentes, o el nido vacío, esta comunidad es el medio que Dios usará para nutrirte con sabiduría bíblica y sostenerte. Permite que tus hijos también se beneficien de este refugio. Uno de los mejores regalos que puedes darles es una familia en la fe donde maduren en Cristo, reciban consejo y aprendan a usar sus propios dones para edificar a otros.
La iglesia es esa familia que te guía con la Palabra y te sostiene en oración. No temas ser vulnerable ni compartir tus cargas de la maternidad; busca hermanas o parejas que vayan unos pasos más adelante, hazles preguntas y pide consejo. Recuerda que todos estamos en el mismo proceso de santificación, y Dios nos ha unido para edificarnos mutuamente.
Querida mamá, hoy puedes descansar. Si estás rodeada de una comunidad fuerte, dale gracias a Dios y sirve a otros. Pero si hoy te encuentras en una etapa solitaria, recuerda que el Buen Pastor te sostiene de la mano. Su presencia te basta, y su gracia te capacita. La crianza es un ministerio sagrado y demandante, pero no estás sola en la tarea. Tienes al Dios del universo guiando tus pasos y a un cuerpo de creyentes listo para caminar a tu lado.




