Categoría: Familia

Una bienvenida caótica e interrumpida

February 15, 2026

En todos los años previos a ser madre, tenía en mi mente decenas de imágenes de cómo sería la maternidad. Me imaginaba cenas familiares alrededor de la mesa, dos padres orando a la hora de dormir y recitando pasajes bíblicos sobre nuestros hijos que nos recordaban el amor y la dirección de Dios para nuestras vidas. Fantaseaba con vacaciones en la playa, vestir conjuntos iguales para nuestras fotos familiares y fines de semana en el campo de fútbol con rodajas de naranja, jugos y el olor a protector solar. Una maternidad hipotética, pero ¡buenísima!

Por supuesto, sabía que también habría trasnochadas, fiebres aterradoras y peleas entre hermanos. Podía prever que habría muchos desafíos acompañando todos esos ideales perfectos. Pero si te soy honesta, me parecían desafíos manejables. Del tipo que una buena chica cristiana podía manejar porque a una buena chica cristiana nunca se le daría más de lo que podría manejar, ¿verdad?

Me gustaría tener un momento con quien inició ese rumor absurdo.

Porque en la realidad me enfrento a diario a cosas que no solo nunca esperé, sino que sé perfectamente que no puedo manejar sola. Salas sensoriales llenas de columpios, sillas tipo pufs y audífonos. Salir de lugares con un niño de diez años gritando y ya muy grande para cargarlo agarrado de mi brazo. Tener listo un Programa Educativo Individualizado (IEP, por sus siglas en inglés) y un Plan de Intervención del Comportamiento. Las visitas demasiado frecuentes a la farmacia. Conductas autolesivas que más de una vez han dejado un agujero en la pared o han atraído a un pequeño grupo de curiosos. Y el agotamiento profundo de irme a la cama sabiendo que al día siguiente tengo que hacerlo todo de nuevo, sola. Porque para mí, así como para tantas otras mujeres, la maternidad ahora se define en gran medida por un adjetivo profundo: madre soltera.

Pero también soy cristiana, y nada es imposible con Cristo, ¿verdad? Entonces, de alguna manera, ¿no debería ser capaz de manejar esta vida que me ha dado, esta vida que es tanto extraordinariamente bella como dolorosamente difícil?

¿Qué pasa si te digo que no puedo?

Porque lo que he aprendido en los últimos años es esto: no puedo pasar un solo día de mi vida sin el amor, la oración, los dones, los talentos y el apoyo tangible del cuerpo de Cristo.

Mi familia, yo y seis niños ruidosos, junto con el factor impredecible de la discapacidad, es un alboroto pequeño o grande en casi todos los lugares a los que vamos. Mi hijo necesita muchas adaptaciones para prosperar en lugares como la escuela y la iglesia; mis hijos pequeños necesitan muchas correcciones y recordatorios constantes de no golpearse; mi preadolescente necesita que le desvíen la mirada de la miopía de la adolescencia; y yo necesito ayuda extra, muchísima ayuda extra. Y esto sin mencionar mi propia costumbre de perder los estribos y tener que pedir perdón a diario. Es mucho, me atrevo a decir, demasiado, para manejarlo yo sola.

Pero una y otra vez estoy aprendiendo que todos necesitamos mejorar en dos cosas: pedir ayuda y ofrecer ayuda.

El orgullo nos impedirá pedir ayuda, y el egoísmo puede impedirnos ofrecerla, pero dondequiera que vayamos, hay oportunidades para usar lo que tenemos: unirnos a otros y aligerar un poco la carga que alguien lleva. Podríamos llamarlo hospitalidad bíblica, pero como rara vez es fácil o sencillo «ver las necesidades y satisfacerlas»,[1] me gusta esta frase: una bienvenida caótica e interrumpida. Porque abrir nuestras manos, nuestros corazones y nuestros hogares podría muy bien costarnos algo.

Hacer que alguien se sienta bienvenido en tu casa, incluso cuando su hijo se mueve de un lado a otro dándose cabezazos contra la pared, es costoso. Ver a una madre soltera llegando a la iglesia y salir corriendo en la lluvia al estacionamiento para tomar la mano de su hijo menor y ayudarla, es una interrupción. También lo es ofrecerse a limpiar la casa de alguien cuando la tuya tampoco está perfecta. Preparar una buena cena para la nueva familia de tu vecindario, incluso si eso significa que tus hijos recibirán cereal esa noche porque no preparaste suficiente para todos. Ser voluntario en el refugio incluso cuando tuviste una semana estresante en el trabajo. Donar dinero incluso con un presupuesto extremadamente ajustado. Todo esto choca con nuestros deseos de horarios controlados, hogares limpios y presupuestos predecibles. Todo es una interrupción. Todo es costoso.

Y le cambia la vida a la persona que está del otro lado.

1 Pedro 4:8-11 dice: “Sobre todo, sed fervientes en vuestro amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados. Sed hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones. Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios… para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo…” (énfasis mío).

Tras un divorcio doloroso y las complejidades de reconstruir mi vida mientras atendía las necesidades de seis hijos, el hecho de que hoy todos estemos de pie y prosperando es prueba de que mis hermanos y hermanas en Cristo me han dado una “bienvenida que ha sido caótica y con interrupciones” sin quejarse. Mi vida demuestra que cuando usamos nuestros dones y recursos, ya sea cocinando, llevando a alguien a una cita, acompañando a un amigo que sufre, haciendo voluntariado, brindando acogida y cuidado de relevo, apoyando económicamente, enviando una carta, si estamos dispuestos a permitir que nuestra vida y planes se vean alterados o caóticos para ayudar a otra persona, es posible ver la restauración de las historias más devastadoras.

A menudo les digo de broma a mis amigos que parece que paso mis días corriendo de un lado al otro como si trajera mi cabello en llamas. No me juzgan, se ríen un poco y luego dicen: “¿cómo puedo ayudar?”. Esta es una de las razones por las que Dios instituyó que viviéramos en comunidad con nuestros hermanos: Porque ninguno de nosotros puede lograrlo solo. Dios no nos da más de lo que podemos soportar, porque nos da los unos a los otros. La gloria de Dios puede brillar a través de todas las grietas de mi vida que otras personas me han ayudado a reparar. ¡Qué gracia!

Nada en mi vida se parece a lo que imaginé hace tantos años, cuando una familia era solo un sueño y un tablero de Pinterest. Nunca he llevado a mi hijo con discapacidad a una de esas vacaciones que imaginaba, y los dos intentos que hicimos de fotos familiares vestidos iguales fueron un desastre monumental. Pero lo que sí tengo es una comunidad de personas que me han acogido en los buenos y malos momentos, sin importar cuánto les haya afectado sus planes, eso es mucho más satisfactorio que unos días en la playa. Ahora sé que lo que imaginaba que sería la maternidad era la superficie, no la esencia, de una buena vida. Porque, en definitiva, la abnegación es lo que hace la vida hermosa.

Seamos personas que aceptan las interrupciones y el caos en nuestras vidas, que veamos oportunidades para servir, dar y participar con amor y generosidad, incluso cuando no es fácil. Después de todo, ¿cuándo dijo Dios que sería fácil? No lo dijo. Pero, ¿hacer la obra del reino, para su gloria y nuestro bien? Siempre, siempre vale la pena.

[1] Una cita de la brillante Laura Wifler

 

Este artículo fue publicado primero en Risen Motherhood. Traducido y publicado con permiso. 

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