Categoría: Padres,Vida familiar

Episodio 225: El poder de las palabras, con Susana de Cano

October 13, 2026

Miles de palabras se pronuncian cada día en tu hogar: palabras que animan, se quejan, informan, instruyen, regañan, alaban y expresan sentimientos. El libro de Proverbios tiene mucho que decir sobre las palabras y su poder en la vida del que las oye. ¿Cuándo fue la última vez que consideraste lo que tus palabras como padre o madre están logrando en la vida de tus hijos? ¡Únete a nuestra conversación sobre este importante tema!

 

Transcripción:

Susi: ¿Habrá algún aspecto de la vida diaria que tenga mayor impacto inmediato sobre la vida familiar que las palabras que salen de la boca de cada miembro de la familia? Lo que les dices a tus hijos o a tu cónyuge en un momento de desánimo puede dar brillo al resto de su día. Lo que le dices a un compañero de trabajo en un momento de frustración puede borrar años de un esfuerzo por testificarle de Cristo. 

El libro de Proverbios reconoce que no existe verdadera sabiduría que no impacte las palabras que salen de la boca. Ya llevamos varios episodios de nuestra serie sobre este libro tan práctico para la crianza, y hoy tenemos a una invitada nueva, mi tocaya, Susana de Cano. Susi, muchas gracias por aceptar esta invitación para hablar de algo que es un gran reto. Gracias por aceptar el reto.

Susana: Ay, no, para nada. Gracias a ti, tocaya.

Susi: Oye, ¿te dicen Susi o Susana más?

Susana: Me dicen más Susana, porque mi hija, mi primera hija, se llama Susana también. Entonces, para distinguirnos, a ella le dicen Susi y a mi Susana.

Susi: Qué bueno. Eso nos resuelve un problema aquí también, porque obviamente yo soy Susi—en este programa yo soy Susi. La hermana que nos ayuda con las transcripciones iba a tener un gran problema. ¡Susi, Susi, Susi, Susi! Ella puede poner Susi y Susana. Muy bien, problema resuelto. Gracias, Susana, por estar aquí. Cuéntanos un poquito—creo que tú y yo estamos en la misma etapa de la crianza. Nido vacío, ¿verdad?

Susana: Casi, casi.

Susi: Casi. Okay, cuéntanos.

Susana: Sí, porque yo tengo una hija que ya está casada desde hace cuatro años. También tengo ya un universitario que, como tú sabrás, los vemos en la mañana: ¡que Dios los acompañe y los guarde! Y luego, en la noche, así como para despedirnos y hablar un rato nada más. Y tengo todavía una jovencita que está a punto de cumplir 15 años.

Susi: Entonces, todavía te falta algunos añitos.

Susana: Todavía tengo una aquí. Mi esposo dice: “Quisiera retenerla. Mi hija, ya no crezcas”.

Susi: Entiendo ese sentir. Bueno, yo todavía tengo un universitario, pero como decidió estudiar en otro lugar, pues no lo tengo aquí todos los días. Así que sí estoy más, prácticamente ya con el nido vacío. Pero cuéntanos—tú trabajas para Aviva Nuestros Corazones, ¿verdad?

Susana: Sí, soy parte del staff, gracias a Dios. Más o menos hace como dos años que inicié con el ministerio, y estoy en el área de edición y traducción. Ahí estamos, gracias al Señor.

Susi: Pues, gracias por aceptar este reto de hablar de las palabras, del poder de las palabras desde el libro de Proverbios. Yo te quería preguntar para iniciar, mientras estudiabas este tema en el libro de Proverbios, ¿qué fue lo que más se te resaltó?

Susana: La verdad es que, desde hace mucho tiempo de hecho, con mi hija, con mi primera hija, nos ha encantado el libro de Proverbios. Tengo una Biblia NTV (la Nueva Traducción Viviente) y en esa nos ha gustado mucho porque describe bastante algunos versículos que a veces nos cuestan un poquito entender. Con ese nosotras a veces leíamos Proverbios. Estuvimos tomando esto de leer Proverbios un capítulo por mes, y así estuvimos. A mí me resaltó tanto la conexión que hay entre las palabras y nuestro corazón. Usualmente lo que hacemos es: “Corrige tus palabras”, y empezamos a veces por ahí. Olvidamos la fuente de dónde vienen esas palabras. 

Proverbios habla un montón de eso y encontramos y subrayamos un montón de proverbios donde justamente habla de eso. Lo que hay en tu corazón es lo que habla tu boca. Hay sinónimos, incluso, ahí, de cómo se hablan. Entonces eso es de lo que más me llamó la atención, porque creo que es lo que más hacemos todo el tiempo. Hablamos todo el tiempo. Más las mujeres, ¿verdad?

Susi: Normalmente más las mujeres, sí. Y hablamos mucho con nuestros hijos. La mayoría de las mamás en particular. Quizás los papás en general—no siempre—pero en general tienen menos horas al día que interactúan con sus hijos. Quizás hablan menos también por su personalidad, pero las mamás solemos creer que todo lo vamos a resolver con nuestras palabras.

Susana: ¡Soy esa mamá! Yo no sé si te pasa a ti, Susi, pero con tus hijos varones (porque ambas tenemos varón y mujercita)—mi hijo siempre me dice: “¡Al punto! ¿Qué me estás queriendo decir? ¡Al punto!” Yo quiero detallarle todo y tratar de persuadirlo en algo, más cuando estamos hablando de alguna enseñanza que trae de la universidad. Yo quiero empezar con contexto y decirle…y me dice: “Mamá, al punto.”

Susi: Yo creo que eso resalta el hecho de que las palabras son muy importantes y son útiles. Pero yo creo que también a veces las mamás, las mujeres en particular, decimos: “Ay, no sé por qué dije eso. ¿De dónde salió eso?” Entonces regresamos a tu punto. La palabra que sale de nuestra boca sale de nuestro corazón, ¿verdad?

Susana: Así es.

Susi: ¿Cómo viste eso en particular? ¿Algunos versículos en Proverbios que te ayudaron a ver esto?

Susana: Sobre todo, Susi, justo como tú decías, a veces uno dice: “¿Por qué dije eso?” Decimos cosas de las que luego nos arrepentimos. Y tratamos con mucha ligereza nuestras palabras. Las justificamos. Y creo que todas estamos ahí de alguna manera en nuestro día a día. Por eso es que nuestras palabras revelan muchísimo acerca de lo que hay en nuestro corazón. Eso es lo que hemos estado viendo en Proverbios. 

Hay un proverbio, el proverbio 15:28, que dice: “El corazón del justo medita cómo responder, pero la boca de los impíos habla lo malo”. Yo pienso que tratamos de ver aquí el principio bíblico, más que decir el justo y el impío y todo, sino el principio bíblico acá. Y yo decía: “Yo no medito muchas veces”, que es justo lo que tú decías. “Ay, ¿de dónde salió eso?” Claro, porque no hemos estado meditando lo suficiente como para saber cómo responder cuando vienen cosas diarias—ni siquiera es en cosas muy grandes. Uno piensa que se prepara solo para esas cosas y situaciones grandes, pero es el diario vivir.

Estás tal vez haciendo una tarea y tu hija…a mí me pasa con la pequeña ahora (“la pequeña”, le digo yo), pero ahora con ella, porque ella habla mucho. De verdad ella me cuenta hasta la mosca que pasó y qué pensó cuando pasó la mosca. Entonces de repente yo estoy haciendo algo, y ella viene y: “¡Fíjate! ¡Fíjate, fíjate, fíjate!” Y yo respondo muchas veces con impaciencia. Yo respondo muchas veces con: “¡Dame un momento!” Ahorita estoy haciendo esto”, pero con rudeza. Y quizás ella está con tantas ganas de contarme algo y de tener la libertad de interrumpirme si estoy haciendo algo (obviamente, que no es como lo que estamos haciendo ahorita), pero esas son las cosas. Yo meditaba eso y decía: “Señor, de verdad, ¿qué hay en mi corazón? ¿Impaciencia? ¿Muchas veces orgullo, que no medito cómo respondo”?

Susi: Sí, y yo creo que eso explica muchos de los conflictos que hay en el hogar. Podemos decir: “Bueno, mis hijos tienen conflictos entre ellos. Necesitan cuidar sus palabras.”  Es lo que pensamos. “Mira, cuando tienes un conflicto con tu hermanito, no digas tal cosa”, decimos a nuestros hijos. Pero deberíamos de ir más allá. Porque si queremos ser sabios o tener hijos sabios, pues el corazón tiene que ser sabio también.

Susana: Además, esto es como prevención. Yo siempre le decía a mi hija: “Veamos los Proverbios como que nos están advirtiendo”. Nos están aconsejando para que los podamos tomar y decir: “Bueno, aquí dice que el corazón del justo medita como responde. Entonces yo le voy a pedir al Señor en las mañanas: Señor, ayúdame a meditar en tu Palabra. Ayúdame a meditar en tu carácter, en que si tú eres paciente, cómo eso significa que yo como tu hija debo reflejar tu paciencia,” por ejemplo. Entonces es un método de prevención también, de cómo tú aplicas esto y lo ves en tu corazón. 

Las mamás, Susi, andamos de un lado para otro, a veces en rutinas. Yo he visto a algunas amigas que confían mucho en esas rutinas que tienen. Muchas veces no solo es la confianza, sino que ya se levantan en automático; ya tienen sus rutinas y confían tanto en ellas que si algo viene y estorba esas rutinas, ¿cómo respondemos? ¿Cómo respondemos a nuestros hijos en ciertas situaciones que vienen que no estaban programadas en nuestras rutinas? 

Como andamos de arriba para abajo, no pensamos en el propósito de ellas, y que hasta en eso Dios nos está diciendo: “No son tus rutinas. No es en lo bueno que tú haces que debes confiar, sino en mí”, y en cómo nosotras en medio de cualquier circunstancia estamos llamadas a responder con palabras motivadas por ese corazón sabio, como tú estabas diciendo ahorita.

Susi: Proverbios 16:23 dice: “El corazón del sabio hace prudente su boca, y añade persuasión a sus labios”. Entonces yo creo que no hay problema que queramos persuadir a otros, a nuestros hijos, por ejemplo, o a nuestro esposo o esposa. Pero esa persuasión tiene que venir de un corazón sabio. 

Ya hemos hablado en algunos episodios previos acerca de qué es la sabiduría y todo eso. Pero muchas veces hay una desconexión entre algo que a lo mejor estamos aprendiendo en nuestro corazón, pero no llega a nuestras palabras. No llega a nuestros labios. Yo pienso que no es verdadera sabiduría la que tenemos. Es puro conocimiento, a lo mejor, si no llega a nuestros labios, a nuestras palabras, ¿verdad?

Susana: Sí, y este proverbio me gustó muchísimo, este que acabas de mencionar, porque no dice que la boca hace sabio al corazón. Dice exactamente lo contrario. La sabiduría comienza por dentro. ¿Por qué de adentro? Porque no es solo conocimiento, como tú estás diciendo, sino es algo que te ha convencido que es una verdad. Y lo que te convence que es verdad es lo que tú vives, para que entonces la reflejes con los labios. De ahí viene ese comentario tan bueno que hiciste: “No sé de dónde salió esto. ¿Por qué lo dije?” Porque lo dijiste porque está en tu corazón, y porque también es algo que tú crees que es así. 

Justo eso que dices de la persuasión—buscaba algunos sinónimos, y dice que el persuadir es convencer; es influenciar para guiar una conducta o una creencia, especialmente en nuestros hijos, para que ellos puedan aprender. Esto me recuerda un versículo que me encanta de la mujer de Proverbios, la mujer virtuosa, que dice en Proverbios 31:26 que ella “abre su boca con sabiduría”. No la abre solo por abrir, como tú dices, porque tiene conocimiento, sino la abre con sabiduría.

Qué importante es detenernos a pensar en cómo hablamos, pero no solo en corregir o en decir: “Ay, sí, yo, ¿cómo hablo?” o: “Ay, qué bocona” o: “Es que yo siempre he sido así.” Detente un momento y piensa: ¿cómo mis palabras están guiando a mis hijos y los están persuadiendo a mis hijos a ver el carácter de Jesús, el carácter del Señor? ¿Y cómo eso también les está llevando a ellos a meditar y pensar en aquello que nosotros queremos corregir también? Pero nuestras palabras nos pueden desviar totalmente y llevarlos a amargura, a enojo y a alejarse precisamente de lo que queremos que no se alejen.

Susi: Exacto. Sí. Yo pienso en cuando queremos muchas veces corregir a nuestros hijos, regañamos mucho y les decimos cosas como: ¡no quiero volver a escucharte decir eso! ¡No quiero que esa palabra vuelva a salir de tu boca! Pero nuestra corrección no va más allá para entender lo que está sucediendo en el corazón del niño. Entonces, cuando intentamos persuadir a otros, pensando en nuestros hijos, podemos caer fácilmente en la manipulación. Usamos nuestras palabras para manipular la vida del hijo en lugar de pastorear su corazón. 

Yo creo que este concepto nos puede ayudar a entender: sí, tengo que corregir. Sí, es mi responsabilidad corregir, y a veces sí, voy a tener que decir: “No digas eso”. Es verdad. A veces es necesario. Los que hemos tenido a nuestros hijos en un lugar público y están gritando algo horrible—“¡no digas eso!” Pero, no puedo quedarme ahí.

Susana: Mira, eso que estás diciendo es tan importante. Ahorita que lo decías me venía a la mente las veces que de repente voy, y ellos ya saben. O de pequeños sabían también, cuando yo llegaba allí a sus camas, y les decía: “Vamos a hablar”. Porque lo que a uno le interesa no es solamente que se comporten bien, que digan las palabras correctas, sino que realmente lo que van a decir y cómo se van a comportar es porque están siendo nutrido de un corazón que está creciendo. 

Obviamente no le vamos a pedir a un joven de 14, o a una niña de 8, o incluso a un joven de 18 años que piense como una mujer de 40 o 50 años. Entonces, qué importante es que te acerques con ellos. Está bien—tú dijiste: “No. No digas eso”. Pero luego es: “¿Qué está pasando? Porque esta no es la primera vez que lo escucho”, por ejemplo. O: “He visto estas formas de responderle a tu hermana, a tu papá, a mí, a otros. Algo está pasando en tu corazón”. No es tanto: “¡Esas palabras no se dicen en una casa cristiana!”

Susi: Exacto.

Susana: Sino qué pasa en ese corazón, porque de ahí es. Sabemos que habla la boca de lo que hay en nuestro corazón, como justamente también dice Proverbios.

Susi: Sí. Yo creo que Proverbios también habla bastante acerca de los efectos que las palabras pueden tener en otros. ¿Cuáles son algunos ejemplos de eso?

Susana: Proverbios 15:2, fíjate, dice: “La lengua del sabio hace grato el conocimiento, pero la boca de los necios habla necedades”. Si tú tomas ese pasaje, tú dices: “Ay sí, eso es.” Y te vas al comportamiento y dices: “Ay, sí. Es que no hay que hablar necedades.” No. Te está dando un principio para que veas, ¡aquí hay necedad! Entonces lo que tengo que corregir no es tanto que no hable esas palabras, sino hay necedad. 

Y la Biblia nos sigue hablando sobre qué pasa con el necio para nosotras poder aplicar ¿qué cosa? Sabiduría. La sabiduría. Hay otro proverbio que dice: “La lengua apacible es árbol de vida, pero la perversidad en ella quebranta el espíritu” (15:4). Entonces, como tú bien dices, las palabras que nosotros podemos usar pueden levantar a una hija, a un hijo, animar a un esposo. Como tú decías, la influencia que nosotras como esposas tenemos muchas veces la usamos con manipulación, con control. Nuestras palabras también pueden manipular a nuestros esposos o a nuestros hijos. O nuestras palabras pueden dar esperanza, pueden dar consuelo. No nuestras, como románticas, diciéndole: “Tú puedes”, pero las palabras que usamos con la Biblia, de esas que realmente dan consuelo. O pueden hacer lo contrario, como hemos dicho.

Las palabras que usamos al corregir son muy importantes. Nuestras palabras también tienen que ser sazonadas con sal, también dice la Palabra. Necesitan estar llenos de gracia, de verdad. No solamente es: “Pobrecito, pobrecita.” O mejor no le digo nada. O como hace poco una amiga me decía: “Ay, que se lo revele el Espíritu Santo.” A veces somos llamadas a hablar, pero con gracia y con verdad. 

Por ejemplo, yo ayer pensaba en un ejemplo: “Tú eres un desorden completo”. Cuando uno llega a esos cuartos y a esas habitaciones y: “Siempre haces lo mismo. No vas a cambiar. Ya te lo he dicho mucho.” Y empiezas a atacar de cierta manera su identidad. Es increíble que, si algunos de nuestros hijos aún no han venido a la fe, ellos van a irse con la corriente y pensamiento del mundo, y ellos van a decir: “Sí, soy un desorden. Soy un desorden. Yo lo soy. Hasta mi mamá me lo decía”. Entonces su desorden es un reflejo de pereza; es un reflejo de distracción, o puede ser un reflejo de algo más profundo en su corazón. 

Susi: Sí

Susana: Pero es ahí cuando nosotras necesitamos llegar con la dosis de sabiduría, y obviamente de oración con el Señor también (no somos nosotras Dios), con la ayuda del Señor para ir a hablarles, para saber qué está pasando. Porque si ya le has dicho varias veces: “Tu cuarto es un desorden. Tu cuarto es un desorden,” entonces decirle: “¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que pasa, que no puedes ordenar tu cuarto como te lo he dicho?” Y no tanto atacar su identidad, que es usualmente lo que hacemos. Yo no crecí en un hogar cristiano, Susi, entonces yo estaba acostumbrada a escuchar esas palabras: “Tú sos tal cosa. Tú eres.”

Susi: Son insultos. Son cosas que humillan. Y lo que yo estaba pensando ahorita es que, si tenemos a un papá o una mamá que quiere, que desea genuinamente ser un instrumento en la vida de sus hijos para llevarlos al evangelio, y quizás vamos a decir que el 70% del tiempo hablan bien, hablan verdad, pero el otro 30% del tiempo se desesperan y dicen cosas que…o sea, tus hijos no van a pesar: “Bueno, más de la mitad del tiempo mis papás me hablaban bien, entonces está bien. No me afecta”. No. Una palabra dicha, con ira, con frustración, en tu carne, puedes deshacer todo el día de tú intentando ser piadoso y hablar la verdad. 

No estoy haciendo eso para condenar. Estoy diciendo que no podemos tener la excusa de “es que mis hijos ya me conocen. Ya saben que los amo. Ya saben que amo a Dios y que simplemente a veces se me agota la mecha”. 

Susana: La paciencia.

Susi: Ajá, algo así. No. Es verdad que vamos a fallar, pero cada vez que fallamos deberíamos de estar pidiendo perdón para que nuestros hijos no piensen que está bien si mamá normalmente habla bien y de repente nos insulta. No, eso no está bien. No está bien. Entonces no quisiera desanimar a los padres a pensar: “Ay, es que jamás seré perfecto en mis palabras.” Claro que jamás seremos perfectos.

Susana: Exacto.

Susi: Pero no deberíamos de excusarlo o decir: “Es que mis papás siempre nos hablaban así, y yo salí bien”. ¡Eso tampoco se vale! Quería destacar eso. No queremos pensar que haya alguna excusa.

Susana: Totalmente. Pero esas mismas palabras, esa distinción de palabras, tanto las palabras que no usamos bien (las malas palabras), también las podemos usar para sanar y el pedir perdón, como tú estás diciendo—el pedir, no solo decir: “Ay, sí, otra vez me equivoqué, pero bueno, ahí queda,” y no dices nada. Hoy, sí, usa tus palabras para pedir perdón y decirlo verbal, y llegar ahí donde dices: “Perdóname. Esto no debe salir de mi boca. Salió porque yo también lucho con orgullo. Yo también lucho con impaciencia. Yo también lucho con eso”, y orar juntos allí. ¿Qué mejores momentos de dejarles a nuestros hijos, que también nuestras palabras pueden corregir el curso de lo que hemos estado enseñándoles? Yo creo que eso también es muy valioso lo que decías.

Susi: En estos últimos minutos que nos quedan, podemos hablar de cómo podemos guardar nuestro corazón para poder cuidar lo que sale de nuestra boca. ¿Tienes algunas sugerencias, especialmente de Proverbios mismo?

Susana: Dice Proverbios (conocidísimo) 4:23: “Con toda diligencia guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de vida.” ¿Qué nos dice este proverbio? Y si alguien está escuchando y ahí está notando, y dice: “Ay, quiero ir a esos proverbios”, puede ir a Proverbios 27:19, Proverbios 23:7; 10:19; 16:24. Ahí los vamos a ir mencionando, pero para que los tengan en mente, que necesitamos guardar ese corazón. 

No solo es: “Ups, voy a contar hasta 10 para no decir estas palabras,” sino de verdad llevar al Señor nuestro corazón y decirle: “Señor, muéstrame. Muéstrame de dónde salen estas palabras, de dónde sale esta forma impulsiva de responder. ¿Por qué digo que amo a mis hijos, pero les estoy tratando de esta manera en estos últimos meses?” 

Porque obviamente la santificación va creciendo, y muchas veces nos damos cuenta de algunas cosas, pero seguimos creciendo en darnos cuenta de otras. Y las etapas de nuestros hijos van cambiando. Circunstancias que no planeamos también van cambiando, y esas revelan también qué sigue habiendo en nuestro corazón, que por eso hablamos de esa manera. Guarda tu corazón. Porque lo que alimenta tu corazón termina saliendo de tu boca. 

¿Qué más? ¡Habla menos! Es una respuesta. Habla menos, y aprendamos a escuchar más. Yo leía un libro hace poco de cómo ir creciendo en la vejez. Decía: las mujeres que van creciendo en vejez debiesen ser las más sobrias de mente, pero también las más calmadas, en el sentido de “voy a escuchar más para poder hablar con sabiduría”. A veces nosotras, como somos las mamás, estamos: “Yo te voy a decir qué hacer, qué pensar…”

Susi: Confiamos mucho en el poder de nuestras palabras, ¿verdad?

Susana: Sí.

Susi: Y creemos que tenemos que darles toda la información, y todos los detalles, todas las consecuencias de lo que van a hacer, todo el día. De acuerdo. Ese versículo de Proverbios 10:19, que creo que ya mencionaste la cita hace un momento, pero “en las muchas palabras, la transgresión es inevitable”. Es ese versículo—recuerdo hace años, pues yo también hablo mucho. ¡Por eso tengo un podcast, para tener excusa para hablar más!

Susana: ¡Gracias por revelarnos!

Susi: No es cierto, pero ese versículo, yo recuerdo un momento como mamá cuando me captó. Porque el resto del versículo dice: “el que refrena sus labios es prudente.” Y yo tenía ese deseo de ser prudente, porque Tito 2 habla de eso, de las mujeres, que debemos ser prudentes. Y yo: “Entonces, la solución no siempre es hablar más a mis hijos.” Pero esa es la tendencia que muchos tenemos.

Susana: Sí, y esa es la NTV, pero la Reina Valera dice: “En las muchas palabras, hay pecado.”

Susi: Sí, es un hecho.

Susana: Y yo dije, guau. Este versículo a mí también me pegó un montón, es cierto. 

¿Qué otra cosa más? Por último, habla con gracia. Yo creo que el Señor nos habla así a nosotros también. Nos habla con amor. Nos habla con palabras difíciles cuando nos disciplina, pero ninguna de esas es para destruirnos. Ninguna de esas es para darle razón a Dios. Ninguna de esas es para aumentar su ego. Y nosotras reflejando al Señor a nuestros hijos debiésemos ser igual. Nuestras palabras debiesen ser con gracia. 

Proverbios 16:24 dice: “Panal de miel son las palabras agradables, dulces al alma y salud para los huesos.” Aquí habría mucho para dar ejemplos, pero hablemos con gracia, porque hemos sido tratadas con gracia nosotras. Qué bueno sería que nuestros hijos, en vez de decir: “Ay, sí, yo salí bien, aunque mis papás me trataron así,” que ellos puedan decir: “Conocí qué es la gracia. Yo la recibía en mi hogar, a pesar de que me disciplinaban y me corregían.”

Susi: Yo pienso, cuando dices eso, esto es súper importante, porque a los padres nos toca aplicar disciplina. Nos toca corregir. Esto está claro en la instrucción bíblica. Pero como hemos sido recipientes de gracia—y muchas veces hay una confusión aquí: gracia no significa pasar de alto todos los pecados de nuestros hijos y nunca corregir y nunca disciplinar. Pero muchas veces tiene que ver con la actitud que mostramos hacia ellos.

Yo creo que, tanto el tono de voz…cuando yo hago que la falta de mi hijo se trate de mí, yo me desespero. Yo me molesto: “Tú me desobedeciste a mí,” o: “Tú no me hiciste caso a mí,” y entonces ya no hay gracia, porque ya se trata de mí. Gracia es un favor inmerecido. Hablar con gracia no significa que nunca digo las cosas que son difíciles. Pero la forma, la actitud, la disposición de mi corazón…

Susana: El tono.

Susi: El tono incluso de la voz. Pero también mi corazón. Por eso tú dices que tenemos que cuidar nuestro corazón. Si yo no puedo hablar con un tono de gracia es porque falta una gracia en mi corazón. Eso es buenísimo que terminemos ahí con esta nota. Papá, mamá, ¿estás hablando entre ustedes dos, y también a sus hijos, con gracia? Esa es una buena pregunta que deberíamos hacernos todos. 

Todos queremos ser de influencia buena para nuestros hijos. Todos queremos serlo. Me imagino que tú has vivido lo mismo que yo, Susana, que sí fallamos. Mis palabras—llevo cuántos años luchando con esto, y creo que es del Señor, porque él usa mis palabras para mostrarme lo que yo no quiero reconocer acerca de mi corazón. Me imagino que te ha pasado también.

Susana: ¡Sí! Los ejemplos que te doy vienen de aquí de mi hogar. Porque es cierto. Hace poco yo también meditaba, hablando con mi hijo de otras cosas, y yo decía: de verdad también son personas que Dios nos ha dado que tienen sus luchas. Realmente no es contra mí el mundo. Ellos son hijos que Dios nos ha dado precisamente, como hemos dicho; tú y yo hemos hablado y yo te he leído varias veces, y estamos de acuerdo en que son nuestros discípulos. ¿Cómo los tratamos, entonces, sabiendo que son personas hechas a la imagen de Dios y que tienen sus luchas, que están aprendiendo a entender el mundo en el que están, las circunstancias a veces sorpresivas que nos golpean a todos de alguna forma?

Susi: Y su propia naturaleza pecaminosa también que no entiende.

Susana: Exacto, y vamos a otro lado. Entonces todos estamos aquí en un hogar, pecadores viviendo en un hogar. Pero qué importante es que nos recordemos nosotros como las mamás y junto a los padres también, la importancia de esa gracia inmerecida que tú decías y de la misericordia que también todos los días recibimos para guiar esas palabras, pero sobre todo para recordarle a este corazón inclinado al yo, inclinado a la impaciencia, al orgullo, al enojo, a la ira, recordarle a este corazón que todos los días debe rendirlo ante el Señor y decirle: “Señor, yo reconozco que soy una mamá enojada que usa las palabras para controlar o para que no me desesperen. Ayúdame. Ayúdame para ver a mis hijos como tú los ves. Ayúdame a mí a ver mi pecado como tú lo ves, pero recordar tu gracia para poder entregártelo.”

Susi: Gracias, Susana, por compartir este tema con nosotros. Probablemente podríamos hacer toda una serie solamente sobre las palabras que hablamos los padres. Pero la verdad deseamos nosotras, Susana y yo, que todo aquel que esté escuchando pueda experimentar primero esa gracia de parte de Dios, un corazón transformado que hable con sabiduría, y que podamos criar hijos que se entiendan a sí mismos, que desde su mente salen palabras de su boca que puedan ser transformadas desde su corazón. Bueno, gracias, Susana.

Susana: Gracias a ti por invitarme.

Susi: Gracias. Terminamos animándote a leer los proverbios, estar en el libro de Proverbios durante esta serie, y a seguir aquí con nosotros, porque no hemos terminado la serie. Bendiciones.

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Autores

  • Susi es la fundadora de Crianza Reverente y anfitriona del podcast, mamá de tres adultos jóvenes, y esposa de Mateo Bixby, uno de los pastores de Iglesia Bautista la Gracia en Juarez, NL, México.

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  • Susana de Cano está casada con Sergio y tienen cuatro, Susi, Dani, Sergio y Esteban. Sirve como editora y traductora en Aviva Nuestros Corazones desde su país, Guatemala. Es coautora del libro: Una mujer elegida, un estudio de la vida de Ester. Su mayor oración es que las mujeres conozcan a Dios en Su Palabra para vivirla por fe en Cristo. Puedes conectarte con ella en Instagram @susanadecano o leerla en su blog https://medium.com/hablemos-verdad.

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