Categoría: Padres fieles
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Episodio #44: Esperanza para padres desanimados

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mayo 20, 2020

Cicatrices del pasado, luchas en el matrimonio, el pecado de mis hijos, los resultados que no veo que la disciplina produzca, la cuarentena infinita… hay situaciones que muchas familias estamos pasando que pudieran desanimarnos y hacernos perder la esperanza. ¿Cómo debemos responder en medio de incertidumbre y desesperanza? ¡Escucha el podcast!

Recursos:

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¿Cómo la experiencia de Job con Dios nos da esperanza?

Episodio: Seguridad para la mamá insegura

Transcripción:

No sé de ti, pero nosotros llevamos ya más de 2 meses encerrados en casa por la pandemia del Covid-19 y el pánico mundial que ha provocado. No hemos podido reunirnos físicamente como iglesia en todo este tiempo. Sé que puedes estar escuchando este audio mucho después de que salga, pero para una gran mayoría de los que están escuchando en el tiempo que sale probablemente estás experimentando algo parecido a nosotros.

Hace unas semanas hablamos sobre uno de los efectos comunes que este encierro ha tenido, y eso es soltar la frustración y enojo e impaciencia que existe en muchos de nosotros. Pues hoy quiero hablar de otro efecto que un tiempo tan extraño y estresante puede tener. Pero, igual como dijimos sobre la impaciencia, esto es algo que sucede frecuentemente en nuestras vidas cuando las cosas andan normales. Solamente que la situación que estamos viviendo puede traerlo a la luz de manera más notable.

Otra razón por la que quiero abarcar este tema en este momento es que acabamos de hablar por cuatro semanas sobre la sexualidad. Aprendimos que el sexo es algo hermoso cuando se entiende y se utiliza en el contexto que Dios diseño. PERO, la realidad es que para todos nosotros, no podemos pensar en el sexo y la sexualidad sin pensar en el quebrantamiento del pecado. Quizá en estas últimas semanas tú has tenido que revivir cosas dolorosas del pasado como abuso sexual, infidelidad de parte de un cónyuge, adicción a la pornografía, etc. O quizá es un tema doloroso porque tienes a un hijo que sabes que fue abusado, o que tiene confusión o malos hábitos de masturbación. Quizá tienes hijos adolescentes que están atrapados en relaciones incorrectas, o adictos a la pornografía. No sé cuál sea tu situación, pero creo que una respuesta normal a los temas de sexualidad que hemos estado hablando pudiera ser desesperanza. Sería comprensible y normal que te sintieras así.

¡Pero no es necesario! No tienes que quedarte así. Sea cual sea la razón por la que te sientas desanimado o desesperanzado como padre o madre hoy, no tenemos que quedarnos así. El tiempo de cuarentena pasará, pero vendrán otras circunstancias. Nuestros hijos crecerán y pasarán etapas, pero vendrán más luchas. Necesitamos entender por qué llegamos al punto de sentirnos sin esperanza, y cómo salir de ese hoyo y poner los ojos donde deben estar.

Pensemos un momento en algunas áreas donde tendemos a perder la esperanza espiritualmente.

Creo que lo que más obviamente provoca esto es el pecado. Pocas cosas nos desaniman más que caer otra vez en el mismo pecado. ¡Quiero cambiar! Quiero dejar de gritar a mis hijos. Quiero dejar de ver películas o videos en internet que me estorban porque son pecaminosos, o simplemente porque me obsesionan. Quiero dejar de faltar el respeto a mi esposo y ser tan egoísta con él. Quiero dejar de molestarme con mis amigas. Quiero dejar de ser perezosa cuando se trate del trabajo en la casa. Quiero desear leer mi Biblia en lugar de buscar cualquier excusa para evitarlo. Quiero honrar a Dios con mi vida, pero siento que mi pecado aumenta y me estorba más y más de poder hacer eso.

No solo el pecado en mi vida, sino el pecado y quebrantamiento en las vidas de las personas cerca de mí. Mis hijos son pecadores. Mi esposo es pecador. Mis familiares, los hermanos de mi iglesia, mis vecinos, mis amigas… Todas las personas con las que tengo que tratar son pecadores. Nadie se escapa. Esto significa que ninguna relación de mi vida escapa los efectos del pecado. Esto me desanima muchas veces.

Me desanima ver los fracasos y el pecado repetido de mis hijos. ¿Por qué? Pues tengo la esperanza de que sean salvos un día, si es que aun no lo son, y cuando veo pecado reiterado me hace dudar de que estén seguros, de que realmente tengan al Espíritu Santo en ellos, y entonces puedo empezar a perder la esperanza de que ellos escapen el juicio de Dios. El pecado de mis hijos a veces me desespera simplemente porque es más difícil vivir con pecadores que con personas que no pecan. Es así de sencillo. El pecado de mis hijos me hace la vida más difícil, y esto me desanima.

El pecado de mi cónyuge puede hacerme perder la esperanza que tengo de un día tener un matrimonio “perfecto” o “ideal”. Tenemos en nuestra mente esa meta, esa pareja que creemos que debemos llegar a ser. Cada vez que veo el pecado de mi esposo, o ustedes esposos cuando ven que sus esposas todavía luchan con lo mismo, esto nos puede llevar (entre otras reacciones) a perder esperanza. “Nunca estaremos bien”. “Nunca vamos a lograr tener un buen matrimonio”. “Ella nunca va a cambiar. Él nunca va a cambiar”. “Esto simplemente no va a funcionar”. Perdemos esperanza.

Pensando más allá del pecado de las personas cercanas, también lidiamos con la desilusión de que otros nos fallan. Ahora, quiero distinguir esto del pecado porque creo que es una distinción que debemos hacer. El pecado es uno. El que alguien me falle puede ser otro. Mi pastor no llegó a visitarme en el hospital. Mi amiga no me llamó en mi cumpleaños. Mi esposo no planeó el festejo que me hubiera gustado para mi cumpleaños. Mi suegra planeó la reunión familiar sin consultarme. Mi hijo no ganó el premio que pensé que podría ganar en la escuela. ¿Estamos hablando de qué exactamente? Estamos hablando de cuando las personas no cumplen nuestras expectativas, pero fíjate que en todos estos casos no necesariamente hay pecado de parte de la persona que nos decepcionó.

Otras cosas que provocan falta de esperanza en nuestras vidas son resultado de vivir en un mundo quebrantado por el pecado. Una enfermedad crónica en un miembro de la familia frecuentemente puede ser causa de desánimo y depresión. Es muy agotador para una mamá cuidar de un niño enfermo o con necesidades especiales. Situaciones económicas de incertidumbre o gran necesidad, un accidente con un hijo que requiere atención medica que no podemos pagar. Hay un sin fin de circunstancias difíciles que pueden afectar a mi familia como resultado de simplemente vivir en este mundo roto.

Por último, quiero mencionar uno que para mí a veces ha sido motivo de perder esperanza y sentirme muy desanimada. Hay ocasiones cuando Dios, en su misericordia, me permite ver mi gran falta de sabiduría. Permite circunstancias en las vidas de mis hijos, sea de pecado o de alguna presión externa, o permite dificultades matrimoniales o en el ministerio, y al reconocer que yo no lo puedo arreglar, que yo no sé qué hacer, que tengo tanta falta de sabiduría, mi reacción es sentirme desesperanzada.

A este punto quizá tú estás pensando, pero Susi ya entendí. ¿Querías desanimarme más o qué? Pues, ¡claro que esa no es la intención! Pero algo que he aprendido es que antes de escuchar buenas noticias, a veces necesito las malas. Necesito una dosis de la realidad. Más específicamente, para buscar la solución a un problema, primero tengo que reconocer que ese problema existe y cuál es su verdadera naturaleza. Consideremos esto basado en lo que ya dijimos:

Primero, hablamos de que mi pecado personal frecuentemente me desalienta más de lo que debe. Obviamente, el pecado personal nunca lo debemos tratar con ligereza, ni ignorarlo. Pero si soy hija de Dios, y mi pecado personal me tumba y me deja casi en depresión, algo anda mal. ¿Qué me revela mi reacción acerca del verdadero objeto de mi esperanza? ¿Quién o qué creo que va a resolver mi problema de pecado reiterado? Si pongo mi esperanza en mi propio esfuerzo, o en un nuevo plan de discipulado, o en unos trucos psicológicos que alguien me enseñó para dejar malos hábitos, o en un cambio de ambiente para ver transformación en mi vida, entonces perderé la esperanza cuando vuelvo a caer.

¿Qué tal el pecado de mis hijos? Ohhhh este me pega a mí. Yo soy esa mamá que muchas veces ha confiado en sus métodos y horarios y listas para transformar a sus hijos. Reglas, insistencia, castigos, o quizá del otro lado de la moneda, mucho amor, palabras de motivación, regalos (¿alguien dijo sobornos?). Todo esto soy capaz de utilizar y levantar como la fuente de mi esperanza para cambiar a mis hijos. Mi astucia y mi sabiduría. Entonces, cuando ellos siguen luchando, siguen pecando, siguen mordiendo al hermanito, mintiendo acerca de la tarea, o viendo pornografía cuando ya hemos tratado ese problema tantas veces… pierdo la esperanza. Ahí está la indicación que necesito ver—ahí había depositado yo mi esperanza.

En el matrimonio es tan fácil poner la esperanza en el cónyuge, porque somos una sola carne (o pues eso dice la Biblia—no estoy segura a veces qué significa realmente). ¿Debo confiar en mi esposo? ¡Claro que sí! ¿Debo desear intimidad y cercanía con él? Sí. ¿Debo desear que todo lo que la Biblia dice sobre el matrimonio que agrada a Dios sea real en mi matrimonio? Sí. Entonces, ¿por qué no está bien que cuando eso no sucede yo pierda la esperanza? Porque la condición de mi matrimonio nunca debe ser el objeto de mi esperanza. El matrimonio no fue diseñado para cargar con ese peso, para llevar esa responsabilidad. Un matrimonio cristiano sí debe reflejar el Evangelio y traer gloria a Dios, pero lo tiene que hacer mientras exista en un mundo quebrantado por el pecado. Tú cónyuge no es capaz de soportar el peso de ser tu objeto de esperanza. Siempre te decepcionará. No puede hacer otra cosa porque es pecador o pecadora.

De igual manera, la desilusión que experimento con las personas que me fallan, mi desesperanza en medio las situaciones de vida que son resultado de vivir en un mundo roto, e incluso mi desánimo por mi propia falta de sabiduría… todas estas situaciones revelan un objeto inferior e incapaz en el que he puesto mi esperanza. Tu reacción al no ser “festejada” como esperabas revela cuánto deseas ser aceptada y valorada por otros. Ahí está tu esperanza. Tu desesperanza al tener que aguantar una enfermedad crónica revela que tu esperanza está en la salud y la fuerza física, en poder hacer ciertas cosas. Tu esperanza está en ti misma y tu astucia quizá. Si los episodios sobre la sexualidad y el abuso sexual te dejaron sin esperanza o muy desanimado en cuanto a tu relación matrimonial, o tu propia salud sexual, o el futuro de tus hijos o cualquier otra área, ahí tienes una revelación importante que debes enfrentar.

Hermanos, ¿en qué está puesta nuestra esperanza? ¿En ser “buenos” padres, que tienen su matrimonio bajo control, y sus hijos hermosos e inteligentes con futuro brillante, en estar cómodos económicamente, en tener salud y energía, en ser apreciados y reconocidos por los demás, en simplemente no batallar? Si es así, perderemos la esperanza en algún momento. No podremos aguantar.

Hay un solo objeto de esperanza que puede sostener todas nuestras expectativas y tener nuestro futuro bajo control. Hay un solo objeto de esperanza que puede tomar el pecado y sus consecuencias y cambiarlos en algo hermoso y útil. Hay un solo objeto de esperanza que da la habilidad de vivir gozosamente por 50 años casado con alguien que no cambia. Hay un solo objeto de esperanza que provee paz en medio de incertidumbre.

El Dios que planeó la historia de la humanidad con todo su detalle para poder redimirnos por medio de su hijo y salvarnos del poder del pecado, es el mismo Dios que sigue controlando todo para nuestro bien y su gloria como dice Romanos 8. La solución a la desesperanza es sencilla, pero no es fácil. Mi naturaleza pecaminosa no busca de manera natural depositar confianza en alguien que no puedo ver, y en un plan y un futuro que no puedo conocer ni comprender del todo. Poner mi esperanza en el objeto correcto y merecedor de mi confianza requiere ir en contra de mis instintos.

Mi instinto natural es creer que mi crianza va a transformar a mis hijos, y requiere esfuerzo y ayuda divina para cambiar esa manera de pensar. Cuando mis hijos pecan, debo deliberadamente dirigirme a Dios, el creador de mis hijos, y admitir que no los puedo cambiar, y confiarle a Él su vida espiritual.

Mi instinto natural es creer que mi esposo me debe hacer feliz, o que tener un esposo me haría feliz. Cuando mi matrimonio por cualquier razón me deja desalentada e insatisfecha, requiere una disciplina espiritual y la obra del Espíritu Santo para que yo pueda girar mis ojos y ponerlos en el esposo perfecto de su novia la iglesia, de la cual yo soy parte. Él puede proveer la satisfacción que ningún esposo o esposa puede dar a su cónyuge. Y cuando descanso en la provisión divina, es entonces que puedo reflejar el Evangelio como pecadora casada con un pecador.

Mi instinto natural es buscar significado e identidad en cualquier cosa material o posición social o situación de salud o habilidad natural personal. Mi esperanza puede estar fácilmente en la aceptación y aprobación de otros, o en mi propia sabiduría. Y cuando yo me fallo a mí misma, u otros me fallan, o circunstancias no son justas, mis ojos tienen que buscar el único objeto digno de mi esperanza. No es natural, pero es necesario. Y es eternamente provechoso y fructífero esa mirada de fe. Porque mientras más conozco a ese supremo Objeto de esperanza, más reconozco cuán superior es Él en todos los aspectos.

¿Por qué yo quisiera pensar que yo puedo salvar a mis hijos cuando tengo el privilegio de confiar sus vidas en manos de uno que les ama mucho más que yo puedo amarles?

¿Por qué yo quiero pensar que otro pecador igual de débil que yo, pueda hacerme feliz cuando tengo la oportunidad de perderme en el amor del esposo perfecto, y así convertirme en una ayuda a mi esposo?

¿Por qué quiero pensar que la salud, o la seguridad económica, o cualquier otra situación “ideal”, según yo, puede ser fuente de esperanza futura, cuando tengo el inigualable privilegio de tirarme en los brazos fuertes e infalibles del Dios todopoderoso que ha prometido sostenerme hasta el fin del mundo?

Dios me conoce, conoce a mis hijos, conoce mis circunstancias, conoce todo los factores y variables que yo no soy capaz de conocer ni de descifrar. Él merece que yo ponga mi esperanza en Él.

Yo no digo que esto sea fácil. Descubrir abuso sexual de un hijo y luego poder creer que de alguna manera Dios puede sanar y usar eso para bien, ufff, eso sí requiere fe. Pero puedo decir de experiencia personal, qué descanso encontramos cuando una situación así la podemos dejar en manos del gran Sanador.

Toda la perspectiva de la esperanza cambia cuando nos empapamos de las verdades de la Palabra de Dios sobre nuestro gran Dios. Mamá, papá, tú y yo necesitamos confiar cada lucha, cada duda, cada dificultad, cada pecado personal y de otros, a Dios. Para poder hacer esto, tenemos que conocerle. ¿Cuánto conoces realmente a tu Dios? ¿Tu esperanza está en una mejor condición de salud o económica o familiar? Te cuento un secreto. Aunque consiguieras que todos los detalles de la vida fueran exactamente como tú esperas, aun así ¡no lograrías experimentar gozo y esperanza! Porque Dios es nuestra esperanza y fortalezca. ¡Confiemos en Él!

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Autor

  • Susi Bixby

    Susi es la fundadora de Crianza Reverente y anfitriona del podcast, mamá de un adolescente y dos adultos jóvenes, y esposa de Mateo Bixby, uno de los pastores de Iglesia Bautista la Gracia en Juarez, NL, México. Juntos colaboran también en la Universidad Cristiana de las Américas en Monterrey, NL.

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