Los padres de hoy estamos criando a nuestros hijos de una manera más pública que nunca. Solo tienes que abrir Instagram para saber qué están comiendo hoy los hijos de tus vecinos, y cuántos de tus amigos llevaron a sus hijos a Disney este año. Difícilmente evitamos compararnos entre familias, pero es necesario que nos detengamos a evaluar esta práctica. ¡Únete a esta conversación importante!
Transcripción:
Susi: ¿Te sientes todo un fracaso como mamá o papá cuando miras a otras familias a tu alrededor? O quizás tú observas a los hijos de otros padres y te sientes muy bien sobre tu crianza porque tus hijos no son como sus hijos. De cualquier forma, la comparación es muy común en la crianza de los hijos. ¿Cómo debemos los padres cristianos pensar sobre este tema?
Aquí tengo a mi gran amiga Betsy Gómez para hablar sobre esto. Betsy, ya sabes que yo te invito a grabar episodios de Crianza Reverente principalmente para que tengamos una excusa para hablar, ¿verdad?
Betsy: Ay, Susy amada, gracias por invitarme. Justo cuando estaba preparándome para esta grabación, le daba gracias a Dios porque a veces este tipo de conversaciones se siente un poco robótica y mecánica cuando no conoces a la persona y cuando no hay una relación real. Pero entre nosotras se siente como una llamada más entre amigas para exhortarnos y hablarnos verdad unas a otras. Solamente que ahora tenemos la llamada en altavoz con las mujeres que escuchan el podcast de Crianza Reverente. Gracias por la invitación.
Susi: Sí. Y no era cierto lo que dije. Estoy agradecida por Betsy porque me encanta como tiene una perspectiva de la vida real muy realista, pero muy centrada en el evangelio, en la Palabra de Dios. Estás criando hijos de varias edades, entonces estás enfrentando retos en varias áreas de la crianza al mismo tiempo. Así que gracias por tomar el tiempo.
Betsy: Para mí es un gozo. Es un honor hablar de este catálogo de hijos que Dios me ha dado.
Susi: Pues hablemos sobre la comparación. No sé, Betsy, probablemente, creo que todos los padres lo hemos experimentado. Lo hemos vivido esa tendencia, pero ¿de dónde sale ese instinto que muchos traemos dentro para compararnos con otros? ¿Por qué es tan común esta lucha?
Betsy: La verdad es que nosotros después de la caída, todo lo que es bueno, todo lo que puede ser para edificación, está distorsionado. Porque si nosotros vemos el concepto de comparar en sí, no es el problema principal. De hecho, nosotras fuimos creadas para reflejar a Dios, y fuimos diseñadas para disfrutar a Dios, pero en lugar de compararnos positivamente, lo que hacemos es medirnos con los demás. Competimos, y al final, en el fondo, si somos sinceras, es un problema de gloria.
Nos comparamos. Y la comparación se vuelve peligrosa cuando en lugar de ser una herramienta para aprender, la convertimos en una forma para definir nuestro valor o buscar nuestro valor. Yo creo que el hecho de que nosotros seamos capaces de comparar no es el problema más importante, sino el problema es el pecado. Es nuestro orgullo que nos coloca en el centro y busca su propia gloria.
Nosotros vemos en la Palabra de Dios, por ejemplo, en Gálatas 5:26, que dice que nos envidiamos unos a otros. Nos hacemos vanagloriosos. O en Santiago 3 a partir del versículo 14, que dice que los celos amargos, la ambición personal en nuestro corazón, es pecado. Y esa arrogancia que a veces se viste en esa falsa humildad de que “no puedo”, que “no tengo”, pero ese deseo de ser mejor que el otro, o de probar que nosotros somos mejores que el otro.
Y ahí, en ese mismo pasaje, dice que cuando vivimos de esa manera, allí hay confusión y toda cosa mala. Entonces el problema no es la comparación en sí, porque la comparación puede ser muy útil para aprender y muy útil para celebrar, pero el problema en nuestro corazón, que toda cosa buena la convierte en una manera distinta para idolatrarnos a nosotros mismos.
Susi: Yo creo que a veces realmente es un instinto natural que brota también de quizá nuestra propia crianza. La verdad es que, al hablar con otros padres, ver hábitos o reacciones instintivas que pueden tener ciertas mamás o ciertos papás, a veces simplemente se puede trazar a que así fueron sus padres. Así fueron criados. O incluso padres que motivaron a sus hijos a hacer ciertas cosas usando la comparación como una motivación. Entonces yo creo que también tenemos que evaluar cómo fuimos criados, incluso si hay un instinto dentro de mí que brota, o es el resultado, de una crianza que recibimos que a lo mejor no fue correcta.
Betsy: Y eso es tan común entre nosotras, las mujeres hispanas. Porque yo recuerdo muchas veces en las que, en el pasado, en lugar de apuntar al problema del corazón de mi hijo, y trabajar desde su corazón y no solamente su conducta, lo más fácil para mí era decir: “Pero Fulano no es así. Pero mira como Fulano es”.
Incluso puedo decirte, porque si uno va a hablar aquí, es para decir la verdad, uno hasta se compara con los hijos. “Mira como yo soy”. Hasta el punto de que recuerdo que mi primer hijo, cuando tenía como cinco años, nos dijo: “Sí, es fácil para ustedes porque ustedes no pecan”. ¡Guau! ¿Qué es lo que he hecho aquí? Si el evangelio no está presente porque no me dejo ver como una pecadora en necesidad de redención.
Entonces yo creo que sí, tú tienes mucha razón cuando dices que tenemos que ver cómo nos criaron. Hay mucha comparación en la crianza práctica. Pero no comparación para aprender o celebrar, sino comparación para medirnos a nosotros mismos, señalar la falta, y encontrarnos que realmente no damos la talla. Todo ese tema de comparación trae inseguridades, vergüenza, un sentir de inadecuación tanto en los hijos como en nosotras mismas. Porque si lo hacemos con ellos es porque nosotras lo estamos haciendo también.
Susi: Exacto. Pensando en lo que dice la Palabra de Dios, principios bíblicos, yo creo que no necesariamente encontramos muchos pasajes que dicen específicamente la palabra comparación. Pero ¿cuáles son algunos principios o incluso mentiras que solemos creer que la Palabra de Dios contradice?
Betsy: Yo creo que la Palabra de Dios es muy clara en llamarnos a nosotras a sabernos completas en Cristo, saber que nuestra identidad no es algo que nosotras podemos crear a través de la comparación, ni podemos recibir a través de—no sé—nuestros éxitos, o de otros, sino que solamente podemos recibir de Cristo. Es algo que viene inherentemente en nosotras, porque fuimos creadas a la imagen de Dios. Y cuando nacemos de nuevo, tenemos nueva vida en Cristo. Entonces olvidar el hecho de que estamos satisfechas en Cristo y estamos completas en Cristo es lo que nos lleva a comparar.
Nosotros vemos en la Palabra como, por ejemplo, el salmista decía: “El Señor es mi porción. Es mi herencia”. Estoy completo. Él es todo lo que necesito. Nosotras no somos así. Nosotras queremos medirnos y darnos a conocer por lo que nosotros hacemos o hacemos distinto a los demás.
También otro principio que yo veo en el apóstol Pablo, que era una persona tan segura de su identidad en Cristo, y lo vemos en sus cartas. Él decía: “Oye, si todavía yo estuviera agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gal 1:10). Entonces, mucho de nuestra comparación viene del deseo de agradar a otros. Increíblemente, hasta de agradarnos a nuestro estándar, a nosotros mismos; es esa idolatría de nosotras mismas.
Pero yo creo que esa comparación, como tú decías, esas mentiras provienen cuando nosotros perdemos de vista esto que acabo de decir: en el evangelio nosotras tenemos todo lo que necesitamos, y buscamos en otros lugares lo que solamente Cristo puede darnos. ¿Qué mentiras? Bueno, yo creo que uno puede decir: “Bueno, yo veo el sistema de organización de una amiga” (por ejemplo), y yo digo: “¡Guau! Es que yo no doy la talla. No soy suficiente”.
A veces veo la herencia que le ha tocado (en sentido figurado) a otras personas—el césped del vecino—y digo: “¡Guau! Dios ha sido mejor con ellos que conmigo. Es mejor lo que les ha tocado a ellos que conmigo”. O decimos: “Óyeme, si yo quiero ser valorada, o que Dios me ame, o agradar a Dios (que es una trampa, como si nosotros pudiéramos), yo tengo que ser como la hermana fulana, que es así con sus hijos. Le manda esas meriendas en la escuela, naturales, y cortadas, y calientes. Le lleva a la escuela la comida recién hecha, o los tiene en casa y no lleva a los niños a la escuela”. Cualquier cosa que sea. Miro al otro y digo: “Si yo fuera así, yo pudiera agradar a Dios”.
Al final es esa envidia que me hace no aprender, como decía también Pablo, a contentarme con lo que tengo, con lo que Dios me ha dado. Y me priva de crecer, porque probablemente esa hermana que tiene ese sistema de organización, al envidiarla o al compararme tan negativamente, estoy perdiendo el gozo, primero de celebrar la obra de Dios en su vida, y también si fuesen frutos de piedad (no podemos atribuirle a la organización una intención piadosa, pero) también me priva a mí de ser humilde y venir a mi hermana en la fe y decir: “Esto es un tema donde yo estoy batallando. ¿Me puedes ayudar? ¿Me puedes enseñar?”
Susi: Yo creo que lo que decías de cómo pensamos en agradar a Dios es la fuente de mucha comparación. Puedo comparar mis hijos con los de otros y pensar que porque de alguna forma, según yo, mis hijos son más disciplinados, es que mis hijos agradan más a Dios que sus hijos. Yo creo que una de las raíces de la comparación entre cristianos que no es sana tiene que ver con nuestro concepto de glorificar o agradar a Dios.
A veces, si resulta en mi soberbia, es porque de alguna forma legalista estoy definiendo qué significa que Dios se agrade de mí. Y si tiendo a ser un poco más negativa, me auto castigo—que a veces nos hacemos de que: “Ay, ¿cómo es posible que yo hice eso? ¿Cómo es posible que yo fallé así?”, igual estoy definiendo cómo es que Dios se glorifica. Y la verdad, muchas veces el legalismo o alguna forma de legalismo es la fuente de nuestra comparación.
Betsy: Yo quiero abrir mi corazón, porque a veces escuchamos recursos como este y pensamos que las personas que nos hablan tienen eso resuelto. Pero la verdad es que cuando se trata de la crianza y la maternidad, esa es una de las áreas en las que Dios más ha trabajado en mi vida, yo diría en la última década y media. Cuando yo comencé a ver que la forma en la que yo estaba abrazando esto no era coherente con las prioridades de Dios, con la Palabra de Dios, lo primero que tú quieres hacer es cambiar. Entonces, en lugar de venir a la Palabra como el espejo, en donde realmente puedes aprender estos principios de cómo criar a tu hijo, que obviamente proviene del fruto del Espíritu, lo más fácil es comenzar a mirar a otros y decir: “Oh, así se agrada a Dios”.
Entonces eso que dices es tan importante. Porque no fue hasta que yo pensé que no hay forma en la que Dios puede estar más o menos agradado por mi conducta, porque ya él fue y es agradado en Cristo, en Jesús, y como yo estoy vestida de Cristo, al final del día, yo puedo hacer una evaluación de cómo fue el día y entregar mi obediencia como un sacrificio al Señor, traer mi desobediencia en arrepentimiento, y saber que en Cristo Dios está agradado de mí. Eso me da más gozo para arrepentirme de mi pecado y para no enorgullecerme de mi obediencia.
Pero yo tengo que confesar que hubo un tiempo en mi vida en el que yo estaba siguiendo: bueno, si lo que hay que hacer es hacer escuela en el hogar, yo lo voy a hacer, porque así se agrada a Dios. Si lo que hay que hacer es criar de esta manera, pues yo lo voy a hacer, porque tengo esta ansiedad por dentro de que yo tengo que hacer las cosas para ganarme la aprobación de Dios.
Somos libres en saber que en Cristo ya Dios se ha agradado, y solamente se agradará en su Hijo perfecto, en ninguna de nuestras obras. Mira, ayer yo estaba con mis hijos y nos pusimos a evaluar una canción de una cantante que ahora mismo está muy de moda. La canción, Susi, decía: “Tú eres mi Padre. Conoces lo malo que he hecho; conoces lo bueno que he hecho. Y tú estás orgulloso de mí”. Eso es todo lo que dice la canción. No existe la idea de que necesitamos la perfección de otro, la justicia de otro, y que Dios está agradado en su Hijo, y como estamos escondidos en él, recibimos el agrado del Padre.
Mira como este pensamiento se cuela. Aunque este tema es la comparación, pero yo creo que va muy de la mano, porque en contraste a las mentiras que habíamos hablado, la verdad que nos libera es el hecho de que nosotras no tenemos que construir una identidad basada en la comparación negativa. Ya esa identidad nos fue dada en Cristo. Cuando yo me reconozco aceptada en Jesús, ya yo no necesito validación de los demás. Cuando yo entiendo que todo lo que yo he recibido, yo lo tengo por gracia, me libera.
Otro ejemplo: esta semana pasada estábamos en la clase de los niños despidiendo a una hermana muy amada que va a mudarse a otro país. Y yo veía como estas mujeres decoraron este lugar, y yo me maravillé y yo dije: “¡Guau! Yo estoy impresionada con los dones que Dios les ha dado a ustedes”. De verdad, honestamente, cuando yo veo esto, yo estoy celebrando, pero yo también me estoy viendo a mí misma y yo digo: “Yo no tengo ninguna capacidad para hacer nada de esto”. Y una hermana detuvo mi pensamiento incorrecto y me dijo: “Déjame decirte todos los dones que Dios te ha dado a ti. Te puedes gozar en eso que Dios te da”.
De verdad me trajo convicción. Y aunque no tiene nada que ver con la maternidad, es lo mismo. Miramos la gracia que Dios le ha dado a otro, y en lugar de celebrarla, nosotros pensamos en nosotros mismos y decimos: “¡Ay! Es que yo no tengo esto”. Es maravillosa, esa hermana tan fiel que me dijo: “No necesitas estos dones. Dios te ha dado otros, y nosotros nos gozamos en los dones que Dios te ha dado a ti”. ¡Guau! Si pensáramos así, qué gozo tendríamos.
Susi: Así debe ser, exacto. Yo estaba pensando en cómo muchas veces las cosas que Dios nos ha dicho o que nos ha dado, no tenemos la perspectiva correcta de ellas. Porque vemos los pasajes acerca de la crianza, y en lugar de buscar ser fieles en el llamado de Dios, buscamos resultados que nosotras inventamos en base a un pasaje bíblico. Leemos Efesios 6 y decimos: “Mira” (pensamos nosotros) “así se ve cuando un niño obedece y honra a sus padres. Así se ve cuando padres no provocan a ira a sus hijos, sino que los crían…”. Ok. Yo me pongo un estándar; yo me invento un estándar, y yo pienso que mi vida en el hogar de mi familia tiene que verse así para que yo sea una mamá exitosa, cristiana.
Estamos bien en el sentido de que queremos hacer lo que la Palabra dice, pero lo que se nos pierde por completo muchas veces es que Dios, a lo que me está llamando es fidelidad, no resultados. Entonces yo me debería de preguntar todos los días cómo se ve hoy para mí ser una mamá fiel.
Betsy: Eso me encanta, me encanta.
Susi: Eso se va a ver muy diferente, quizás, Betsy, a tu fidelidad en tu casa. Porque tú tienes un esposo diferente que yo. Tú tienes hijos diferentes que yo. Tú tienes retos. Uno de tus hijos que tú estás criando bien se va a comportar de una manera diferente a uno de mis hijos. Tu sistema de organización, o la falta de, eso tiene que caber dentro del ámbito familiar, el horario de tu esposo, todo, de tus hijos, todo.
Entonces toda esta comparación que hacemos donde permitimos que cuando el hogar o la familia de alguien se ve diferente que el mío, mi instinto es decir: “¡Ay! Yo no llego a ese nivel. ¡Ay! Yo debería de ser así”, en lugar de: “Señor, esto es algo que me puede ayudar a ser más fiel. Y si no, gloria a Dios por ese sistema de organización increíble que tiene. Mira, ella pone su menú en un pizarrón cada semana, y bien organizada”. Bueno, en otros hogares eso no funciona. Es mejor tener una lista de mandado básico que siempre pedimos porque nuestra vida por alguna razón es un poco más caótica. Yo no tengo que sentirme culpable toda la semana porque no sé qué voy a cocinar mañana. Muchos factores ahí que nosotras mismas nos creamos, esas expectativas.
Betsy: Sí, porque son como sistemas religiosos que nosotras hacemos para luego medirnos. Son como altares de idolatría que levantamos para luego adorarlos. En el momento en el que yo entiendo que—no sé—ese menú de comida saludable orgánica es lo que agrada a Dios, y en lugar de, como tú dices, [considerar] el lugar que Dios me ha colocado, con el esposo que Dios me ha dado, en la dinámica de vida, con los dones que nos ha dado, con los hijos, con la iglesia que Dios nos ha dado, en el lugar y el contexto… Son muchas cosas que Dios me ha colocado; imagínate que yo entienda que ese sistema de comida orgánica es lo que significa ser fiel, y yo trate de copiarlo enteramente. Y entonces estaría afectando mis finanzas, estresando probablemente la dinámica y la paz en el hogar.
O si ese sistema de organización no funciona porque X o Y, yo estaría metiendo a todo el mundo en un sistema militar, todos infelices, amargados y pecando más. Eso que tú dices realmente es una clave para mí: el hecho de que no queremos ser fieles porque preferimos ser admirados. Porque es el orgullo el problema en nuestro corazón. El problema es que tomamos nuestra crianza y la convertimos en un escenario de gloria personal. La hacemos acerca de nosotros mismos en lugar de mirar cómo nosotras podemos vivir en fidelidad delante de Dios.
Y la otra cara de la moneda es esa persona que está ansiosa porque se compara, y otra cara de la moneda es decir: “No, que yo no soy así. Esa hermana puede ser organizada, pero yo prefiero vivir en este desorden”. Tampoco. Es que la comparación correcta nos llama a crecer. Y eso es un área—las personas que me conocen y que me aman y que están cerca de mí saben que es un área en la que yo tengo que rendir al Señor, y debe haber un crecimiento en mí. Porque tampoco es que yo diga: “No, aquí se come lo mismo toda la semana”, y que el fondo de esa decisión sea mi comodidad. Es otra manera de manifestar mi pecado.
Entonces, al final es ese deseo de que: yo tengo esto que Dios me ha dado. Yo lo recibo humildemente, sabiendo que es la buena porción de Dios para mí—el sueldo que llega a esta casa, los hijos en las edades que están, las ocupaciones de mi esposo, la dinámica de mi familia—eso es lo que Dios me ha dado. Ahora, dentro de esto que Dios me ha dado, ¿cómo luce esa fidelidad? Ahí es donde nosotras necesitamos recordar que es una muerte al egoísmo. Es una muerte a nuestro orgullo. Es un deseo de servir al otro, de ponerlo primero y de realmente al final, atesorar a Cristo y decir: “OK, esto que tú me has dado, ¿cómo puedo yo servirte aquí de manera fiel?”
Susi: Amén. ¿Y cómo sería un uso saludable de la comparación? Porque la verdad es que no podemos andar por la vida como ciegos diciendo: “No, yo no me voy a fijar en nadie más. Nunca. No voy a mirar”. Eso no es real. Y la verdad es que Dios nos ha puesto particularmente en una comunidad de fe donde sí podemos aprender unos de otros. Así que me gustaría escuchar cómo tú entiendes la comparación sana que sí te ayuda a crecer.
Betsy: Ayer, en una nota jocosa, mientras pensaba en esta conversación, yo decía: “¿Cuándo fue la primera vez que alguien se comparó sanamente en la Biblia?” Y dije: “Cuando Adán dijo, esta sí es carne de mi carne”. Estoy bromeando, pero estamos todo el tiempo…o sea, él dijo: “Bueno, después de todos estos animales que yo he visto, esta es igual que yo. Viene de mi naturaleza, de mi esencia, de mi sustancia. Compartimos el imago dei”. ¡Qué cómico! Pero bueno, el punto es que nosotros no podemos vivir como caballos sin mirar a nadie. Eso sería un acto de orgullo y de arrogancia.
De hecho, la Biblia nos llama a ser imitadores de aquellos que pusieron su fe en las promesas de Dios en Hebreos 6:12. En Hebreos 12, nosotros vemos que estamos llamadas a considerar esa nube de testigos. Y la clave es esta: nosotros vamos a ser imitadores de estos que nos dejan su legado de fe, pero vamos a correr nuestra carrera con los ojos en Jesús.
Cuando nosotros realmente tenemos a Cristo como el objeto de nuestra adoración, nosotros podemos ver a los demás y gozarnos con lo que Dios les ha dado. Y podemos también aprender de ellos, porque ya nuestro corazón orgulloso no quiere validar que yo soy menos o más, sino que yo quiero aprender. Entonces en lugar de simplemente tratar de copiar estrategias, formas, yo voy a copiar, yo voy a aprender de la fidelidad de esa persona. Yo voy a aprender acerca de los principios que lleva esa persona a vivir como ella vive.
Te voy a dar un ejemplo muy claro. Hay una hermana de la iglesia que nos plantó, que ella me decía: “Betsy, hay que hacer ejercicio porque eso te va a ayudar a tener más energía para estos niños durante el día, y para tu propio cuerpo”. Y yo le decía: “OK, dime cómo es que tú lo haces”. Yo le decía: “Dime. Tú te levantas. Tú sales”. Yo quería una estrategia. Yo quería que me dijera paso 1, paso 2. Ella me respondió y me dijo: “No te puedo decir, porque mi dinámica es diferente a la tuya. Ahora, yo te puedo decir lo que me saca de la cama, y es que yo entrego ese tiempo en adoración a Dios”.
Yo no tengo que copiar a la hermana para hacer lo que ella está haciendo, pero cuando yo no me quiero levantar de mi cama, yo puedo decir: “¡Guau! Yo puedo tomar este tiempo y convertirlo en un tiempo de adoración a Dios”. Y ahí estoy aprendiendo de esta persona un principio, aprendiendo de su fidelidad a Cristo, en lugar de ser “copy-paste” o copia y pegar.
Susi: O no poder cumplir exactamente con la rutina que ella tiene, y entonces terminas sintiéndote un fracaso y mejor dejas de hacer ejercicio en lugar de aprender, como dices, del principio y de la fidelidad de ella.
Betsy: Exacto. En lugar de ver a los demás como una amenaza para yo quedar mal, yo veo las evidencias de la gracia de Dios en esta persona, y yo puedo decir: “¡Cómo Dios está obrando en esa persona!” De hecho, te cuento una conversación que tuve con la hermana más organizada que existe en mi iglesia y de la que he aprendido muchísimo de ella. Cuando hablamos del tema, ella me dice: “Betsy, la verdad es que yo tengo todo esto, pero no todo esto viene de la piedad. Yo tengo que arrepentirme porque esto es un sistema de idolatría para mí”. ¡Guau! En ese momento yo también estoy entendiendo que hay muchas otras cosas distintas a ella que también yo hago de manera como para crecer en esa idolatría (me doy a entender).
Entonces yo creo que es eso. Es enfocarme en los principios, no en copiar lo que otro hace, y también celebrar la gracia de Dios. Eso aumenta mi gozo en lugar de aumentar mi envidia, mi pecado, mi amargura de “¿porque no tengo?” ¡Ay! Es tan sencillo. Las mamás somos tan locas que hasta vamos a una casa, vemos la habitación de una familia, de sus hijos, y volvemos a nuestra casa y decimos: “¡Yo soy un desastre porque mira cómo está la cosa aquí! Pero probablemente esa manera en la que las cosas están organizadas es cómo funciona para ti.
Yo creo es eso. Yo no estoy llamada a dejar de imitar; yo estoy llamada a imitar lo bueno. Nosotras estamos llamadas a imitar lo bueno, pero lo que es bueno no es lo que luce bueno; es ese corazón que se postra en adoración a Dios. Y con esto de las redes, no puedo dejar de pensar en el hecho de que somos muy bombardeadas con todo esto. Somos muy bombardeadas, y nosotras abrimos estas redes sociales no para mirar a los demás, sino para mirarnos a nosotras mismas a través de los demás. Cada persona que nosotras vemos es o un motivo de gloria para nosotros—“ay, ¡qué mal!”—o es una acusación a nosotras. Es complicado.
Susi: Yo pienso que las redes sociales son una fuente muy grande ahora mismo del descontento o soberbia en el corazón de las mamás en particular. Quiero aquí, para terminar, que regresemos a ese punto que creo que es la clave. Dios pide fidelidad a sus hijos en la crianza, en la familia. Entonces, todo lo que yo pueda aprender de otras personas, incluso cuando la fidelidad de otra persona me hace pensar o darme cuenta que yo no estoy siendo fiel, quiero imitar la fidelidad. Pero no tengo que imitar todos los pasos prácticos.
Porque esto es algo que me pesa tanto, que quiero decir una y otra vez: cuando Dios te llama a ser padre o madre, te promete la sabiduría si tú se la pides. Toda la sabiduría que tú necesitas no está en redes sociales; no está en todos los sistemas y pasos y formas que hacen los demás. Dios quiere darte la sabiduría porque tú se la pides a él.
Puedes mirar a esa hermana en la iglesia que tiene sus hijos bien portaditos, así bien organizados, y no envidiar, ni tampoco juzgarla diciendo: “A lo mejor es muy legalista. A lo mejor está aplastando la personalidad de esos niños”, sino decir: “Señor, ¿hay algo que yo puedo aprender? Porque mis hijos no me obedecen en la iglesia. No me obedecen. Señor, yo quiero ser una mamá fiel. ¿Estoy dejando a mis hijos en peligro porque no estoy pidiendo de ellos obediencia y honra según Efesios 6? Quizás yo pueda aprender algo de esta hermana, no comparándome con ella, sino aprendiendo de su fidelidad y de su sabiduría”. Ya eso cambia completamente nuestra perspectiva de lo que significa ser padres y madres fieles viviendo en nuestra identidad en Cristo.
Betsy: Sí, porque al final del día, cuando nuestra comparación es pecaminosa, está centrada en nosotras mismas. Nos sentimos insuficientes o quizás orgullosas. Está centrada en ese deseo de probar a la gente. Nos vemos la fidelidad de otros y lo sentimos como una amenaza. Sentimos envidia.
Pero cuando nosotros vemos la fidelidad de otros, entonces ese deseo de crecer en fidelidad a Dios está centrado en Dios. Puedo crecer en esa gracia. Puedo celebrar la gracia de Dios en otras. Ya puedo imitar ese anhelo de ser fiel a Dios, no con el propósito de ganar puntos, al final del día, porque ya él está agradado en Cristo, sino que para eso fuimos creados: para su gloria. Y ahí, en esa fidelidad y en esa obediencia cotidiana, está nuestro gozo, porque él es nuestro gozo.
Susi: Amén, que así sea. Que vivamos en la realidad del evangelio.
Betsy: Algo práctico que yo quiero decir: en el momento en que tú sientas esa amargura dentro de ti y tú dices: “¿qué hago?”, algo que podemos detenernos y pensar es, no ponerlo debajo de la alfombra e ignorarlo y decir: “No puedo ser así”, sino pensar: “¿Qué es lo que deseo realmente? ¿Es aprobación? ¿Es reconocimiento? ¿Es identidad?”
Me da vergüenza la forma como mi hijo me habló, y veo como el otro le habla a su mamá, y de repente ahora todo el mundo me va a tildar de mala madre. Es porque estoy dándole a ellos el poder de definir quién soy. Olvido quién soy en Cristo en lugar de voltearme, y decir: “Oye, ¿cómo lo haces?”, así como tú dijiste. Entonces, cuando vemos ese deseo, en ese mismo momento arrepiéntete. Arrepiéntete de ese pecado. La humildad nos lleva al gozo.
Y al final, cuando nos arrepentimos, pedir al Señor que nos afirme en su verdad, que nos afirme que Cristo es suficiente, y que abramos la Biblia más de lo que abrimos las redes sociales. Y que prefiramos mejor correr nuestra carrera, no la de otras personas, como tú muy bien dices. Correrla con fidelidad, con los ojos puestos en Jesús. Que el Señor nos ayude, porque mira, cuando Cristo es suficiente, la comparación pierde todo poder. Porque ya no estamos buscando ser lo que nosotros no somos, sino que simplemente nuestro anhelo y nuestro gozo es ser transformadas por él y para la gloria de él.
Susi: Amén. Creo que es un buen punto donde terminar y dejarnos pensando. Gracias Betsy por acompañarnos.
Betsy: Te amo mucho, amiga. Quiero ser como tú: así como tú eres, como Cristo.
Susi: ¡Ahorita vamos a hablar de la comparación!
Betsy: Muy bien. Me gozo en lo que Dios está haciendo en tu vida, y quiero aprender de ti, amiga.
Susi: Gracias a Dios por su fidelidad para contigo y también para con todos los que nos escuchan. Entrega tu vida a Cristo en este momento, tu crianza, y descansa en tu identidad en Cristo. Que Dios te bendiga mucho. Adiós.
Betsy: Amén.




