[Nota del editor: este artículo fue tomado del episodio #76: Adolescencia: Podando y regando con paciencia con Wendy Bello. ]
La etapa de la preadolescencia y la adolescencia realmente asusta a muchos padres; hay muchos prejuicios sobre cómo es la crianza durante estos años, sobre cómo deben comportarse los muchachos de esta edad o sobre lo que constituye ser un buen padre o una buena madre de adolescentes. Abordar el tema de la crianza me hace pensar en una planta. Sembramos semillas aún antes de tener hijos, echamos raíces sanas durante los primeros años de vida, cultivamos el crecimiento durante la niñez; y durante la adolescencia cuidamos, regamos o podamos nuestra plantita.
Las transiciones entre las etapas de la crianza de los hijos pueden ser complicadas y más aún cuando transicionamos de la niñez a la adolescencia. ¿Cómo podemos describir o caracterizar las diferencias más grandes entre la crianza de niños y la de preadolescentes y adolescentes?
1. El trato a los adolescentes
Recuerda que no es una transición que pasa de la noche a la mañana; es necesario que adaptemos nuestra mente a esta nueva etapa. Y una de esas áreas en las que se nos dificulta pensar diferente es el trato que tenemos con ellos y ellos con nosotros. Muy fácilmente se nos olvida que cuando nuestros hijos entran en esta etapa de preadolescencia y luego adolescencia, ellos tienen su personalidad un poco más definida, al igual que sus preferencias, y vemos como llegan a sus propias conclusiones acerca de la vida. En esta etapa vemos cómo van formando su propia visión en cuanto a diferentes cosas; y, de hecho, también empiezan a definir la fe. Tenemos que aprender a respetar esta nueva etapa en la que ellos están entrando.
2. La autoridad e influencia
Cuando nuestros hijos eran más pequeños nuestra autoridad tenía más fuerza. Esto es porque somos físicamente más fuertes y grandes que ellos. Pero a medida que nuestros hijos van creciendo esa diferencia se va borrando, y entonces lo que buscamos es ganar en influencia. Por supuesto que esto es algo que se va construyendo; ya no buscamos tanto el ejercicio de una autoridad fuerte, sino tener una voz influyente en nuestros hijos. Conforme van avanzando los años, como padres deseamos fomentar y desarrollar una relación de influencia para que nuestros hijos, poco a poco, busquen obedecernos y agradarnos, no porque somos más grandes y fuertes sino porque tienen una relación de confianza con nosotros. Desarrollamos nuestra influencia a través de la conversación, preguntas y aceptación, y aunque no es una etapa fácil, si se hace más llevadera la relación entre padres e hijos cuando los hijos saben que deseas tener una influencia amorosa en lugar de que tu relación con ellos sea caracterizada por una autoridad impositiva.
Quizás ya tienes adolescentes o preadolescentes en casa, o te estás preparando para esa etapa. Muy seguramente un aspecto que te preocupa es la exposición que nuestros adolescentes tienen a los muchos mensajes del mundo. Puede que tengas temor de que lleguen a dudar, o pensar de una manera independiente de ciertas cosas, y te preguntas: ¿Cómo podemos ayudar a fortalecer sus creencias correctas cuando tratamos con ideas no bíblicas que a veces pueden tener?
1. No lo tomes personal
Será normal que nuestros hijos tengan dudas o inquietudes, pero no lo tomes personal. Muchas veces nuestro primer pensamiento es que están atacando lo que por años les hemos enseñado. Recuerda que todos batallamos con dudas en algún momento de nuestra vida; y es importante recordar que están en una etapa en la que ellos están decidiendo si la fe que van a tener es personal o si simplemente se han ido con la corriente de la familia.
2. Trata las dudas de tus hijos con honestidad
Es muy importante que seamos honestos con nuestros hijos. Tal vez la duda con la que ellos están batallando es algo que nosotros en algún momento también tuvimos. Es bueno decirles: “¿Sabes qué? Yo estuve ahí, yo te entiendo, yo también dudé de esto, yo también por un momento no estaba segura de lo que creía”. Esta honestidad también incluye admitirlo cuando no tengamos una respuesta a su pregunta: “¿Sabes qué? No lo tengo claro, pero vamos a investigar juntos”. Padres, recuerden que nosotros no convencemos a nadie. No importa si les damos todas las razones del mundo y busquemos explicaciones que, a nuestro parecer, están bien fundamentadas; al final ese convencimiento, sobre todo en estos temas espirituales, lo hace el Espíritu Santo en el corazón.
3. Menos sermones, más diálogo
La comunicación en la crianza siempre debe procurar ser diálogo, no monólogo. Y si eso es verdad cuando un niño tiene cinco, es muchísimo más verdad cuando un niño tiene once o trece o quince, porque nuestros hijos no necesitan sermones, sino diálogo.
No debemos ver una pregunta o una duda como una amenaza; debemos verla como una oportunidad para que nuestros hijos ahora tomen las cosas que ellos han estado escuchando de nosotros y otras fuentes y aprendan a interactuar con esos mensajes. Pero cuando los padres sermoneamos a nuestros hijos y les decimos cosas como: “No te quiero escuchar decir eso otra vez”, entonces ya estamos cerrando la puerta al diálogo.
Es de gran ayuda cuando reconocemos con nuestros hijos adolescentes que los mensajes que el mundo les manda son muy atractivos. Podemos preguntarles: ¿Por qué crees que sea tan atractivo? ¿Es atractivo para ti? Entonces ahí tenemos la oportunidad de hablar de sus deseos.
Padres, recordemos que nuestros hijos no solo son criaturas intelectuales; tienen corazones adoradores. Pero, ¿qué están adorando? ¿Adoran a ídolos o adoran a Dios? ¿Qué están amando? Aprovechemos esta etapa conversando con nuestros hijos y averigüemos lo que hay en su corazón que está provocando su conducta. Usemos estas conversaciones para discipular a nuestros hijos y llevarlos a la gracia de la cruz.
Recordemos que lo que queremos es cuidar el corazón, motivar una adoración y animar una obediencia que va a llevar a nuestros hijos por el camino de la bendición. No se trata de que nuestra familia sea la más bien portada de la iglesia, no se trata de nuestra reputación, no se trata de nosotros; se trata de discipular a nuestros hijos para que sean creyentes que realmente glorifiquen a Dios.




