Una esperanza más allá del equilibrio.
Escuchar la noticia de “otro hijo de pastor que abandonó la fe” siempre me provocaba tristeza, pero se sentía distante.
Hasta que me encontré siendo esposa de pastor y madre de tres hijos pequeños.
Me preguntaba: “¿Qué será de mis hijos? ¿Llegarán a creer en Cristo? ¿Cómo hacer que se sientan amados y no terminen rechazando el ministerio?” Comencé a tener una actitud controladora por el temor a “perder a mis hijos”. Presionaba a mi esposo para tener tiempos familiares y si no ocurrían, el temor me inundaba.
El ministerio es un hermoso privilegio donde servimos a Cristo quien se entregó por nosotros, dándonos y amando a otros. Pero no es fácil por los múltiples retos, presiones e imprevistos que surgen. Así que, si estás en medio de esta gran tensión entre el regalo de una familia y el don de servir a Cristo en el ministerio, quiero compartirte dos preguntas comunes junto con sus respuestas, basadas en la Palabra, que han sido una guía para nosotros en esta tensión familia-ministerio.
¿Se trata solo de un equilibrio?
Para muchos de nosotros la respuesta pragmática a tal tensión es encontrar el “equilibrio”, donde pensaríamos que agradamos a Cristo al invertir una hora en nuestra familia por cada hora que servimos a la iglesia. Pero no es tan sencillo. El tiempo dedicado al ministerio va a variar según cada contexto familiar por factores como el número de hijos, la edad de los hijos, la modalidad de educación que practican, la situación laboral y la etapa de vida.
Por lo tanto, como seguidores de Jesús, no somos llamados a seguir una fórmula mágica, sino a discernir la intención de nuestro corazón primero (Prov. 20:5) para ofrecer tanto nuestra motivación y nuestros actos como una ofrenda a Cristo.
Te comparto dos motivaciones erróneas que el Señor me ha revelado en esta tensión familia-ministerio.
- Encontrar mi identidad y aprobación en el ministerio
Somos tentadas a quitar el tiempo que debería ser dedicado a nuestra familia, con el cual servimos a Cristo a través de tareas cotidianas y repetitivas en el hogar, para invertirlo en hacer “cosas para Dios” en la iglesia que nos parecen más emocionantes porque vemos un resultado o aprecio inmediato. Pero en la Palabra vemos que el principal ministerio de un pastor, y por consecuencia su esposa como su ayuda idónea, es el discipulado y servicio a su familia, pues la falta de ello puede descalificarle del ministerio (1 Tim. 3).
La tentación será encontrar nuestro valor e identidad en la aprobación de otros. Sí, somos llamadas a amar y servir a nuestra iglesia, pero cuando nuestra motivación es agradar a las personas y encontrar valor en el servicio visible, fácilmente sacrificaremos el tiempo con nuestra familia para no perder el amor y aprobación de otros.
- Control excesivo para no “perder” a mis hijos
Así como el temor al hombre no honra a nuestro Señor, tampoco le honra que lo que hacemos o dejamos de hacer en el ministerio sea motivado por el temor al destino de nuestros hijos.
La salvación es del Señor (Jon. 2:9). Las vidas de nuestros hijos descansan en sus manos amorosas, bondadosas y sabias. Sin embargo, si creemos que dependen de nosotras, caemos en el control, el cual muchas veces se nota cuando exigimos a nuestro esposo, de forma impaciente y poco amorosa, más tiempo familiar.
Entonces, ¿dónde encuentro la solución?
1. Comienza por la cruz
Después de analizar tus motivaciones ante Cristo en tu casa y en la iglesia, arrepiéntete de cualquiera que no sea para la gloria de Cristo y, por medio de la fe, encuentra esperanza en la cruz de Jesús. Nuestro valor descansa en la obra de Cristo. Él nos compró y nos ama eternamente. Tu esperanza no se encuentra en que logres un equilibrio perfecto familia-ministerio, sino en que Cristo sirvió al Padre con una perfecta motivación SIEMPRE y ello es adjudicado a nuestra cuenta por medio de la fe.
Cristo no sanó a todos los enfermos ni dejó que la opinión de otros rigiera su vida en la tierra. Él se apartaba del trajín ministerial para estar con su Padre y con su círculo cercano. Por nuestra unión con Cristo, Dios nos ve como si siempre le amaramos y sirviéramos así y ello nos lleva a clamar por gracia para vivir de una manera sabia.
2. Analiza el caso específico de tu familia
Analiza, junto con tu esposo, el caso particular de tu familia y la etapa de vida en la que están para buscar priorizar su familia sin dejar de lado el precioso llamado que Dios ha hecho a tu esposo. Tu labor como ayuda idónea no es “predicarle” a tu esposo y recordarle duramente su llamado con la familia. Comienza orando para que Dios se lo muestre en la Palabra; ora que Dios purifique tus motivaciones para que, al hablar con tu esposo, tu finalidad mayor sea que Cristo sea exaltado en tu familia e iglesia local.
Pide gracia para hacerlo con respeto, humildad y amor, sin atacar a tu esposo sino tratándolo con consideración y preguntándole sobre sus cargas ministeriales, cómo ve a la familia y qué cree que Dios, por su Palabra, espera de ustedes en su servicio a Él en casa y en la iglesia.
3. Comienza con pequeños pasos
Aunque cada familia es diferente, quiero compartirte algunas ideas que nos han ayudado como familia.
-Día familiar
Decidimos separar una tarde de un día de la semana para tener un tiempo de convivencia como familia. Hacemos actividades que propicien el diálogo y que nuestros hijos disfruten, como ir al parque, jugar juegos de mesa o armar Legos. No lo hacemos perfectamente, pero rogamos por gracia del Señor para ser fieles en priorizar a nuestra familia separando momentos como estos que nuestros hijos valoran y esperan ansiosamente cada semana.
-Involucrar a los hijos en el ministerio
En lugar de esperar que nuestros hijos “soporten” el ministerio, buscamos involucrarlos en él. Algunas veces les explicamos por qué hemos decidido invitar a cierta familia a la casa y cómo servimos a Cristo amando a las personas. Mi esposo algunas veces ha agradecido a nuestros hijos su apoyo y paciencia los domingos al ser los últimos en retirarnos de la iglesia. Queremos que sientan que agradecemos y valoramos su esfuerzo y paciencia.
Cuando uno de nuestros hijos sugiere alguna manera de servir, tratamos de considerar con atención su idea. Hace unas semanas, mi hijo mayor nos sugirió invitar a casa a los papás de sus amigos. Esta es una idea que puede ser apreciada y considerada por nosotros como padres.
Es un privilegio servir al Señor quien no se olvida de nuestra labor (Heb. 6:10) e incluso promete recompensarla. Pero en este lado de la eternidad, donde todos tenemos corazones caídos, servir a nuestra familia mientras estamos en el ministerio no es fácil. Sin embargo, en la cruz encontramos esperanza para arrepentirnos de motivaciones erróneas y rogar por gracia y sabiduría para ordenar nuestras prioridades y atender los retos específicos de la familia y la iglesia.
Es Dios quien forma una familia y quien llama al ministerio pastoral. Confiemos que Él está deseoso de dar sabiduría adecuada para administrar ambas cosas a quien humildemente se la pida (Sant. 1:5).




