No me quedó más remedio que ser completamente transparente con mi hijo de siete años. Unos minutos antes, había asomado su carita preocupada desde las escaleras, intentando entender por qué yo le estaba respondiendo con enojo a su papá. Ahora, estaba intentando calmarlo y convencerlo de que se disculpara con su hermano mayor, con quien estaba furioso.
No me estaba funcionando. Él insistía en que su hermano merecía su ira, lo insultó y luego se sentó furioso en la cama de arriba de la litera que comparten. Me di cuenta, para mi vergüenza, que estaba presenciando una versión más joven de mi propio comportamiento. Para abordar su rabieta, primero tenía que reconocer la mía. Avergonzada, dije: “¿recuerdas cómo le grité a papá?”. De repente, tenía toda su atención.
Abrazando la humildad
Hay pocas cosas en la vida que nos hacen sentir más humilde que la crianza. Observamos a nuestros hijos luchar por compartir, hablar con amabilidad y ser pacientes, sabiendo que las mismas batallas se libran en nuestros propios corazones, y a menudo se manifiestan de maneras sorprendentemente similares. “Si esto sigue siendo difícil para mí como adulto”, nos preguntamos, “¿qué esperanza tengo de ayudar a mi hijo a enfrentar este problema?” Nos sentimos desanimados, incluso podemos sentirnos hipócritas. Pero el mismo Dios amoroso, compasivo y lleno de gracia está dispuesto a ayudarnos a nosotros y a nuestros hijos. Tanto ellos como nosotros somos una obra en proceso, dependiendo del Espíritu Santo para santificarnos y ayudarnos a crecer en santidad. Nuestros hijos son espejos que Dios usa para humillarnos y recordarnos, como padres, que Él tampoco ha terminado su obra en nosotros.
Pero la humildad es más que simplemente saber que somos una obra en proceso, por muy cierto que sea. La humildad bíblica implica reconocer nuestra completa dependencia de Dios. Esto incluye la disposición a someternos a su autoridad y gobierno: a someternos a lo que Él dice que es bueno y correcto, incluso cuando nuestras mentes y corazones pecaminosos nos digan lo contrario. En otras palabras, la humildad consiste, en última instancia, en apartar la mirada de nosotros mismos y fijarla en el carácter de Dios. Como resultado, la humildad abandona el interés propio y, en cambio, busca el bienestar de los demás.
Cuando Dios ilumina nuestro pecado, nos volvemos a Él en confesión, arrepentimiento y gozo, sabiendo que Jesús pagó el precio completo por ese pecado. Por el poder de su Espíritu, ya no estamos esclavizados por ese pecado, sino que podemos vencerlo para vivir de una manera que agrade a Dios. “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Rom. 8:1). Así que, en lugar de evitar la humildad, podemos abrazarla. Y abrazar la humildad es precisamente lo que podemos enseñarles a nuestros hijos a través de nuestras palabras y acciones.
Apuntando a Jesús
Como padres, esto puede manifestarse de muchas maneras: aprovechando los momentos oportunos para hablar con nuestros hijos sobre nuestras deficiencias, compartiendo cómo hemos experimentado la ayuda de Jesús para superar la tentación y disculpándonos con ellos cuando sea necesario. La humildad nos permite dejar de lado el orgullo para poder hablar abiertamente con nuestros hijos sobre nuestra dependencia personal de Jesús: “No solo tú necesitas su ayuda para vivir de una manera que agrade a Dios. Yo también lo necesito, y aquí hay unos ejemplos”.
La humildad es uno de los rasgos más cruciales que podemos poseer como padres cristianos, pero también es uno de los más difíciles de dominar. Al igual que la paciencia, es una cualidad que sabemos que necesitamos pero nos da miedo tener que cultivarla. Así que muchas veces preferimos cultivar una virtud menos exigente y menos incómoda.
Nos cuesta ser humildes porque contrasta totalmente con nuestra naturaleza pecaminosa. Nuestra actitud predeterminada, como personas caídas, es centrarnos en nosotros mismos y cuidarnos. Al igual que Adán y Eva, queremos ocultar o disimular nuestro pecado y nuestras faltas, no llamar la atención sobre ellas; especialmente no queremos que nuestros hijos vean esas faltas. Pero no hay virtud más grande ni más fundamental que podamos modelar a nuestros hijos que la humildad. ¿Por qué? Porque la humildad nos identifica estrechamente con Jesús, “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:6–8).
Al criar con humildad, apuntamos a nuestros hijos hacia nuestro Salvador, porque Él es el máximo ejemplo de humildad.
Dispuestos a acompañar a nuestros hijos
Cultivamos nuestra relación con nuestros hijos cuando estamos dispuestos a acompañarlos como compañeros pecadores, profundamente necesitados de la gracia constante e infalible de Dios. No tenemos que fingir que lo sabemos todo ni ocultarles nuestros errores y defectos. De hecho, nuestros hijos a menudo escucharán con mayor disposición y confiarán más plenamente en nuestra guía si saben que somos capaces de empatizar verdaderamente con su experiencia. ¿No es eso lo que todos queremos y necesitamos? Instrucción y ayuda de alguien que ha pasado por lo mismo, que entiende lo que se siente el dolor, la tristeza, la herida y la ira, y que por eso puede hablar desde la experiencia. Y en Jesús, tenemos precisamente eso: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:15–16).
Este artículo fue publicado primero en Risen Motherhood. Traducido y publicado con permiso.




