Categoría: Enseñanza

Paternidad: el laboratorio donde el Evangelio crece

September 27, 2026

El Evangelio lo cambia todo. Todo. Y nuestras relaciones familiares nos ayudan a entender cómo. Además del matrimonio, la paternidad ha sido el bisturí más afilado de Dios para esa cirugía tan necesaria en mi corazón. El Evangelio provee el marco para la manera en que necesito criar a mis hijos, y la paternidad es el laboratorio que profundiza mi comprensión del Evangelio.

 

“Eres más malo de lo que podrías imaginar”

A menudo les digo a las parejas que aconsejo que realmente no sabía lo egoísta que era hasta que me casé. Y realmente no conocía la profundidad de mi egoísmo hasta que tuve hijos. Las primeras etapas de matrimonio comenzaron poco a poco a crear una consciencia en mi: “Mmh, la vida ya se trata sólo de mí”. Luego, cuando llegaron los niños y su absoluta indiferencia por mis necesidades o mi tiempo, estaba sorprendido de darme cuenta cuán poco se trata de mí las cosas. La profundidad de mi egoísmo, el deseo de comodidad y la preocupación de ser aprobado por otros se ha desterrado como resultado de mi viaje a través de la paternidad. De vez en cuando tengo momentos de aflicción cuando soy confrontado con las raíces malvadas en mi corazón que son expuestas en mis errores como padre.

Nunca olvidaré el proceso de enseñar a mi primer hijo a usar el bacín. Aunque él aprendió bastante rápido, tenía un hábito de terquedad que a menudo le traía la consecuencia del dolor físico. Y a pesar de sentir empatía cuando él se retorcía de dolor por el estreñimiento, mi frustración crecía esperando que se diera cuenta que él causaba su propio dolor. Nuestra lucha finalmente culminó una tarde en el baño del segundo piso de la casa de mis suegros. Mi hijo estaba sentado en el inodoro, evidentemente con dolor, aferrándose a la resistencia y al miedo que le estorbaba para ver que él tenía el poder para cambiar sus circunstancias; yo estaba sentado a la orilla de la bañera, frente a él, lanzándole todo tipo de consejo e instrucción y regaños hasta que finalmente a mi hijo le bastó. Se inclinó hacía mí, me miró a los ojos y dejó salir un grito de desesperación y frustración que verdaderamente salió de la profundidad de su ser. Yo, siendo el maduro, respondí de manera similar con un sonido similar de exasperación. El tiempo se congeló por un momento, y quedamos estupefactos por lo que habíamos presenciado. Fue como si ambos estuviéramos haciendo la misma pregunta, “¿en serio acabas de hacer eso?”.

Luego, como si una ola de gracia nos envolviera, no por obra nuestra, ambos empezamos a llorar. Me moví de donde estaba recargado y me senté en el suelo; él bajó del inodoro, estiró los brazos hacia mí y se subió a mi regazo. Nos abrazamos y nos quedamos llorando sentados en el suelo del baño. Al mirar atrás, a este momento tan bajo en mi proceso como padre, me dejé vencer por mi egoísmo, falta de paciencia y deseo de control. Tras ver los estragos de mi propio corazón expuestos de una manera tan cruda, en especial ante alguien por quien daría mi vida, me pregunté en ese instante si alguna vez podría recuperarme. Y, sin embargo, ahora recuerdo ese día como una de las experiencias más íntimas con mi hijo. Ambos llegamos al límite de nuestras fuerzas, ambos respondimos dejando al descubierto la verdadera naturaleza de nuestros corazones, y ambos nos abrazamos con una fortaleza que sólo el Evangelio de la gracia habría podido darnos.

Dios ha tomado esta desconcertante comprensión de que no se trata de mí y ha transformado su aguijón en un consuelo reconfortante. Aunque al principio te sientas desconcertado, eventualmente te darás cuenta, por la gracia de Dios, de que esta verdad tan liberadora trae el mayor de los alivios. 

 

“Eres más amado de lo que jamás te atreviste a esperar”

En una conversación reciente con un joven que se preocupa mucho por cómo lo ve Dios, él expresó un miedo generalizado de no estar en una relación correcta con Dios y, por lo tanto, se siente obligado a confesarse constantemente. Dijo que tiene que “verificar” con frecuencia su estado con Dios para asegurarse de que están en buenos términos. Al escucharlo describir su agotador dilema, me pregunté cómo debe sentir Dios la ansiedad de este hombre y la duda sobre su identidad en Cristo. Pensé en cómo me sentiría si mis hijos se relacionaran conmigo de la misma manera. ¿Cómo reaccionaría yo si mi hijo viniera constantemente a preguntarme si estamos bien, dudando de mi amor incondicional por él y cuestionando la estabilidad de su identidad como mi hijo? Me sentiría devastado y profundamente triste si pensara que mi hijo nunca es capaz de descansar verdaderamente en mi amor y en su lugar dentro de nuestra familia. 

La disciplina ha dado como resultado algunos de mis momentos más significativos como padre. Aunque la disciplina es dolorosa tanto para mí como para mis hijos, tengo que recordar por qué lo hago. Mi amor por ellos me impulsa a abordar las luchas que veo en sus corazones y en su comportamiento. Y en algún momento, esperaría que mis niños se den cuenta de que la disciplina en realidad confirma su identidad como hijos míos. Si bien el comportamiento de otros niños puede preocuparme, no tengo un vínculo profundo con ellos. No son míos. Sin embargo, mis acciones de afecto, así como las de amonestación, les comunican una identidad a mis hijos. Incluso en momentos de tensión o distanciamiento en nuestra relación, mis hijos saben que los amo y saben que son míos. Su identidad y su lugar en nuestra familia están seguros; no se ven amenazados por su comportamiento ni por la relativa cercanía o distancia que podamos experimentar de un día para otro.

Estas experiencias en la paternidad me han educado en la profundidad y la belleza del Evangelio. Llegar al límite de mis fuerzas, ser confrontado con mi pecado y mi quebrantamiento y aún así descansar en el amor y la identidad que tengo en Cristo; la paternidad me enseña el amor de Cristo… si tan solo me presto a escuchar.

 

Este artículo fue publicado primero en The Gospel Coalition. Traducido y publicado con permiso. 

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Autor

  • Brent Bounds (PhD, Fordham) es un psicólogo clínico licenciado en práctica privada y trabaja para la Iglesia Presbiteriana Redeemer en Nueva York.

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