La Navidad se acerca, como tus hijos sin duda te lo han recordado. Eso significa que ha llegado la temporada de compras, con bosques convertidos en catálogos de regalos que llegan por correo. Cualquier cosa que los niños puedan desear (y muchas que ni siquiera sabían que querían) está allí, lista para ser pedida. Nosotros hojeamos los catálogos pensando en lo felices que estos juguetes harán a nuestros hijos; ellos hojean los mismos catálogos soñando con cosas nuevas, mejores y más.
Es fácil dejarse llevar por el espíritu comercial de la temporada. Si no tenemos cuidado, el mundo conformará tanto a los padres que dan regalos como a los niños que los aman según su propio molde (Rom. 12:2), como un pastel de frutas comprimido en un molde navideño.
No soy cascarrabias. Creo que es bueno dar regalos, especialmente a los niños. Pero aun mientras modelamos la abundancia de Dios para nuestros hijos, debemos guiarlos más allá de las posesiones materiales hacia un gozo duradero. ¿Cómo podemos hacer eso?
Dios generoso
Cuando damos regalos, les recordamos a nuestros hijos al Dador de todos los buenos regalos y del mayor regalo, Cristo mismo. Como señaló Andrew Wilson, “el regalo original de Navidad, envuelto en muselinas y trapos en lugar de papel decorativo, no viene simplemente para dar; él mismo es un regalo, el regalo, la demostración más extravagante de amor que Dios podría ofrecer”. Dar nos ayuda a recordar y celebrar la gracia generosa de Dios en Cristo.
Imitamos la generosa bondad de nuestro Padre al comprar regalos extravagantes para nuestros hijos. En nuestro hogar, tenemos la tradición que cuando alguno de mis hijos cumple 12 años, lo llevo de viaje a un parque nacional, solo nosotros dos. Espero que al hacer eso esté imitando bien a nuestro buen Padre. Hay un momento y un lugar para regalos abundantes como ese pero, incluso al darlos, debemos ser cuidadosos.
En abundancia, ten cuidado
La Palabra de Dios dice: “la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes” (Lucas 12:15, NVI). Aquellos que viven en el “lujo y el placer desenfrenado” se engordan para el día de la matanza (Santiago 5:5). Jesús dijo: “porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21). Los tesoros terrenales pueden actuar como un imán, alejando nuestro corazón del Señor. Por eso, cuando gastamos dinero para dar tesoros a nuestros hijos, vale la pena recordar nuestra responsabilidad como padres de proteger sus corazones de la avaricia.
Considera esta analogía. Dios ordenó a su pueblo celebrar fiestas en ciertos días. No había preocupación de que esas fiestas incitaran a la glotonería o la embriaguez. La celebración desenfrenada tiene su lugar. Pero festejar era la excepción, no la norma. La sencillez, la moderación y una mentalidad centrada en el pan de cada día reinaban durante la mayor parte del año, con días también reservados para el ayuno.
Vivimos en una cultura que festeja más que lo que ayuna. En una cultura materialista y glotona, conviene moderar nuestras celebraciones y administrar con cuidado nuestras dádivas.
La respuesta de Agustín
Los niños no se equivocan al buscar la alegría en los regalos generosos. Pero los padres saben que mañana pueden aburrirse con lo que recibieron ayer. Los catálogos de regalos y los interminables anuncios publicitarios prometen demasiado y cumplen poco. Por eso, al dar, debemos enseñar a nuestros hijos a buscar el Gozo que está por detrás del gozo. Como Agustín escribió,
¿Qué es lo que amo cuando amo a mi Dios? […] Es verdad que amo una cierta clase de luz, una voz, un perfume, un alimento, un abrazo; pero son de aquella clase que amo en mi interior, cuando mi alma se baña en una luz que no está limitada por el espacio; cuando escucha un sonido que nunca se extingue; cuando respira una fragancia que no es llevada por el viento; cuando saborea un alimento que no se consume al comerlo; cuando se aferra a un abrazo del cual no es separada por la satisfacción del deseo. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.
No son los regalos que deleitarán eternamente a nuestros hijos, ya que muy seguramente esos regalos terminarán en un vertedero o en una tienda de segunda mano. En cambio, nuestros hijos necesitan regalos que muevan sus afectos para el Don y el Dador.
Regalos que apuntan al Dador
¿Son posibles estos regalos? Creo que sí, aquí tienes algunas ideas.
1. Regalos de (casi) necesidad
Regala artículos útiles que no se ajusten a tu presupuesto habitual. En época de escasez, podrías regalarle a tu hijo los zapatos, la chaqueta o la mochila nueva que no pudiste comprar a principios de año. En esos tiempos austeros, regalos como estos pueden ser más apreciados que un artículo de lujo, y llevan a nuestras familias a agradecer a Dios por su inagotable provisión.
2. Regalos para mayordomía
Da regalos a tus hijos que los ayuden a administrar los talentos que Dios les dio. Por ejemplo, un nuevo instrumento musical para un músico en ciernes que quiera tocar para la iglesia. Regalos como estos pueden apuntar a nuestros hijos más allá de los deseos egoístas hacia servir a los demás en el nombre de Cristo.
3. Regalos de amor
Una tía que vive lejos quizás solo conozca a su sobrino lo suficiente como para darle una tarjeta de regalo. Pero un regalo considerado, uno que demuestre que estás al pendiente, que los escuchas y prestas atención, uno que quizás tomó tiempo y energía en preparar, puede ayudar a los niños a recordar y alabar al Dios que los conoce, los ama y los cuida con cariño.
4. Regalos de compasión
Durante años, he donado a un ministerio cristiano de compasión en lugar de comprarles a algunos familiares adinerados “otra cosa más”. Están profundamente agradecidos por ello.
Como padres, hablen con sus hijos sobre cómo podrían usar parte de sus fondos navideños para ayudar a los demás. Damos regalos como estos porque nuestro Dios tuvo compasión de nosotros cuando lo necesitábamos.
Esta Navidad, ¿encontrarán tus hijos deleite en Aquél que es el Tesoro (Mateo 13:44), o solo intercambiarán objetos valiosos? Al dar regalos, ayuden a sus hijos a valorar más no solo el regalo, sino también al Don y al Dador. En Él se encuentra el gozo duradero.




