¿Qué es lo primero que piensas cuando escuchas la palabra «hospitalidad»? Quizás piensas en una casa limpia y acogedora, una mesa puesta de manera hermosa, la comida lista y en el horno para mantenerse caliente, y unas cuantas velas encendidas para aromatizar la casa y crear ambiente. Ya todo está listo y solo estás esperando a tus invitados.
Todo esto evoca una imagen de hospitalidad ideal; sin embargo, ¿es eso lo que significa “hospitalidad”?
Hace unos años leí el libro El Evangelio viene con la llave de la casa escrito por Rosaria Butterfield. Dios lo usó para cambiar mi forma de pensar en relación a la hospitalidad y la comunión con otros, tanto creyentes como no creyentes.
Este libro, que en parte es una autobiografía, está repleto de teología y el Evangelio. Rosaria primero describe cómo el Evangelio cambió su vida a través de la hospitalidad radical de una pareja cristiana. Luego ella abre las puertas de su casa y muestra cómo ella y su familia viven esa hospitalidad radical y ordinaria en su propio hogar.
Rosaria define la hospitalidad radicalmente ordinaria como: “usar tu hogar cristiano de una forma diaria que procura convertir a los extraños en prójimos, y a los prójimos en familia de Dios” (pág. 37). Con esta definición de hospitalidad, la autora te anima a servir a los demás viviendo el Evangelio tanto en palabras como en hechos.
La autora se refiere repetidamente en este libro a la “hospitalidad radicalmente ordinaria”, animando a sus lectores a vivir de forma radical, pero a la vez ordinaria. No nos confundamos: cuando Rosaria habla de ser radicales, no pide que seamos misioneros en un país perseguido, o que nos convirtamos en el próximo George Mueller, o en una réplica de Gladys Aylward. Quizás en el mundo en que vivimos, ser radicales es simplemente ser obedientes a lo que la Biblia nos llama a ser y hacer, como cuidar de los necesitados. Además, como padres es importante que enseñemos a nuestros hijos que el verdadero carácter cristiano se ve reflejado en una vida de obediencia a Dios y su Palabra amando a nuestro prójimo mientras recordamos que la enseñanza de nuestro ejemplo es la que más impacta.
Entre más te adentras en este libro puedes percibir cómo Dios cambió la vida de la autora, y su vida transformada ilustra cómo la obediencia diaria puede ser radical, incluso en áreas totalmente ordinarias como la hospitalidad. Esta “hospitalidad radicalmente ordinaria” es el eje central del libro que, de acuerdo con la autora, tiene como propósito “construir, enfocarse, profundizar y fortalecer la familia de Dios, señalando a los demás hacia la iglesia local creyente en la Biblia, y siendo de beneficio terrenal y espiritual para todos aquellos que conocemos” (pág. 37).
Uno de los aspectos prácticos que Rosaria comparte es que todo creyente es un “misionero” y su campo misionero es su hogar. Comienza con la crianza de nuestros hijos y se extiende a los vecinos que Dios ha puesto a nuestro alrededor. No busques oportunidades muy grandiosas de evangelismo si no estás siendo fiel en enseñar la Palabra a tus hijos, alrededor de la mesa, antes de dormir, al ir a la escuela, en todo momento y en todo lugar, como lo dice Deuteronomio 6:4-5. Muchas veces vemos la hospitalidad como una actividad que tenemos con esos amigos cercanos o hermanos de la iglesia, pero se nos olvida que esa misma hospitalidad podemos llevarla a aquellos no creyentes que viven en frente de nosotros, los compañeros de trabajo que son inconversos, o las familias de los amigos de la escuela de nuestros hijos. Ser hospitalarios con los no creyentes permite que ellos vean nuestra fe en Dios de una forma más natural, en nuestra vida diaria. Rosaria dice que “la hospitalidad radicalmente ordinaria le muestra a este escéptico mundo poscristiano cómo es el cristianismo auténtico” (pág. 14).
Las palabras de Rosaria nos debe hacer a cada uno preguntarnos: ¿estoy viviendo un cristianismo auténtico?
Puede ser que a muchos no nos guste esta idea de “evangelismo radical y ordinario” porque nos confronta con unos puntos con los cuáles quizás muchos batallamos: la vulnerabilidad de nuestro hogar y la tendencia de idolatrar el hogar. Rosaria te anima una y otra vez a ver tu hogar no como un “castillo” sino como un medio para cumplir la Gran Comisión, edificar a la iglesia y alcanzar al inconverso.
Otro punto que me llamó la atención en este libro es que la hospitalidad radicalmente ordinaria no cuenta con planes hechos con semanas de anticipación, ni tampoco recae completamente en la labor de la mamá. Butterfield explica que se trata de una actividad que involucra a toda la familia. Este aspecto marcó mi corazón y me confrontó con la manera en que enseño a mis hijos a ser hospitalarios no solo con nuestros hermanos en la iglesia, sino también con aquellos que no conocen a Cristo. Me hizo reflexionar: ¿estoy enseñando a mis hijos la “religión pura y sin mácula” la cual es visitar a los vulnerables (Stgo. 1:27)? Esta manera tan diferente, pero a la vez tan bíblica, de practicar la hospitalidad en familia nos permite enseñarles a nuestros hijos que seguir a Jesús no se trata principalmente de participar de actividades divertidas en la iglesia o de simplemente evitar faltar a la escuela dominical, sino de abrazar al vulnerable, sacrificar tiempo y compartir tu vida con aquellos que necesitan el amor de Dios.
Por último, en este libro encontrarás esperanza y ánimo. Rosaria describe sus experiencias con personas endurecidas y rechazadas, personas que (al parecer) difícilmente recibirían el Evangelio; sin embargo, hay esperanza en el poder de Dios, y vemos que lo que hizo la diferencia no fue algo radicalmente extraordinario de parte de Rosaria y su familia, sino su hospitalidad ordinaria y amable al acoger con el amor de Dios incluso a aquellas personas que rechazaban a Cristo. Al leer este libro, Rosaria te animará a amar al cuerpo de Cristo y edificarlo en amor, y a realizar la Gran Comisión al abrir las puertas de tu hogar para quienes no le conocen. Dios quiere usar un acto tan ordinario de fe y obediencia para atraer más corazones hacia Él.
El Evangelio viene con la llave de la casa te retará a considerar lo que podría pasar si como padres creyentes viviéramos vidas “radicalmente ordinarias” que genuinamente amen a sus hermanos y a inconversos, abriendo nuestros hogares y corazones – si compartiéramos el deseo de Rosaria: “mi oración es que las obras de mis manos y mi corazón formen un lugar donde Jesús recueste su cabeza, en tanto que extraños y amigos llenan mi mesa y escuchan las palabras de vida mientras partimos el pan juntos” (pg. 53).
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