No te equivoques, la maternidad siempre ha sido una tarea titánica. Me encanta como G.K. Chesterton capturó su asombrosa magnitud: “La función de la mujer es laboriosa, pero porque es gigantesca, no porque sea minúscula”. Aunque el alcance de la maternidad no ha cambiado mucho con el tiempo, su ritmo sí. Ayudada por la tecnología, impulsada por los memes e informada por los “influencers”, la maternidad moderna se siente como una carrera frenética. La cantidad de cosas que se espera que una madre y su familia hagan en un día, semana o año llena nuestros días tanto que a menudo he tenido que duplicar mi ritmo deseado para apenas poder mantener el paso.
Desde antes del comienzo de las redes sociales, la tentación de organizar nuestros horarios y listas de tareas basadas en otras mamás se limitaba a nuestras vecinas, amigas de la iglesia o mamás de la escuela. Sin embargo, las redes sociales nos tientan a seguir el ritmo de mamás de todo el mundo, mientras comparamos nuestras realidades a sus videos editados y perfectos.
Afortunadamente, como creyentes, no necesitamos que influencers ni incluso nosotros mismos dictemos el ritmo de la maternidad. Por gracia se nos ha dado un ayudador y un guía interno: el Espíritu Santo.
Cómo nos ayuda el Espíritu
Pablo les escribió a los santos en Galacia: “Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne” (Gál. 5:16). En vez de intentar seguirle el ritmo a todos los que nos rodean, cuando andamos en el Espíritu, lo miramos a Él para que nos guíe desde el interior. El Espíritu procede de las profundidades de la Divinidad y habita en lo más profundo de cada creyente (1 Cor. 2:11). Mientras buscamos a Dios en Su Palabra, el Espíritu nos guía “a toda la verdad”, así como Jesús prometió a sus discípulos que lo haría (Jn. 16:13). Al iluminar la Palabra, el Espíritu marca el ritmo para la maternidad en al menos dos maneras: expone nuestros motivos y nos guía a toda buena obra (Sal. 139:23-24; Jn 14:26; Ef. 2:10).
Cuando bajamos el ritmo lo suficiente para invitar al Espíritu a iluminar las Escrituras y examinar nuestras almas, Él nos ayuda a discernir los deseos que forman nuestros horarios. ¿Estamos operando desde la fe o el temor? ¿Estamos buscando complacer a otros o estamos sirviendo al Dios verdadero? ¿Nos hemos detenido lo suficiente para orar sobre el ritmo de nuestras vidas en esta etapa?
El Espíritu nos ayuda a discernir los deseos que forman nuestros horarios
Además de la gentil labor de exponer nuestros corazones, el Espíritu usa la Palabra de Dios para darnos un empujoncito hacia las buenas obras que Dios ha preparado de antemano para que caminemos en ellas (Ef. 2:10).
¿Hay un versículo en particular que sigue viniendo a tu mente y a tu corazón? ¿Hay gente que Dios sigue poniendo en tu camino o sobre tu corazón? ¿Tienes preocupaciones específicas de tus hijos que no puedes quitarte de la mente? El Espíritu soberanamente usa esas cosas para guiarnos y moldear nuestro ritmo como madres; además establece nuestro paso como alguien que conoce plenamente los planes y propósitos de Dios para nosotras y nuestros hijos. Nuestra tarea no es determinar el ritmo, sino cumplir nuestra parte de mantenernos en sintonía con el Espíritu de Dios.
Cómo nos mantenemos en sintonía
En la práctica, para mí, a menudo ha implicado desacelerar mi vida, incluso cuando asesores universitarios, entrenadores deportivos, o mi propia carne dice que al hacerlo nos dejará con horario atrasado. Si nuestro ritmo agitado evita que pasemos tiempo con el Señor en su Palabra y en oración, o de reunirnos con el pueblo de Dios, es la señal de que debemos bajar el ritmo.
Por otro lado, hay momentos en que el Espíritu nos empuja a acelerar el paso de una manera que se siente incómoda e insostenible. En las diferentes etapas de la maternidad, Dios me ha estrechado al invitarme a decir que sí a cosas que preferiría decir que no por el bien de nuestra familia o ministerio. En una cultura que está obsesionada con los límites, a veces seguir el ritmo del Espíritu parece estar fuera de moda.
Seguir su ejemplo podría significar hacer tiempo para visitar a un miembro de la iglesia que está sufriendo o hacer una comida extra cuando apenas tenemos suficiente tiempo para alimentar a nuestra propia familia. Pero si el Espíritu nos impulsa, Dios nos dará la gracia para andar en obediencia.
Cómo evaluamos nuestro ritmo
Buscar caminar por el Espíritu no necesariamente hará nuestras vidas más simples o fáciles, así que, ¿cómo podremos saber si estamos siguiendo su dirección? Considerando qué tipo de fruto está dando nuestra vida.
Seguir el ritmo del mundo resultará en el fruto de la carne (Gál. 5:19-21). Intentar seguir el ritmo de otras mamás no solo fomentará la comparación y la competencia sino que probablemente nos llevará a pecados como el orgullo, la idolatría y la envidia (dependiendo del día).
Sin embargo, mantenernos en el Espíritu produce el fruto del Espíritu en nuestras vidas: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, y templanza (Gal. 5:22-23). Entre más descansemos en el Espíritu y nos mantengamos en sintonía con él, más evidente será su fruto en nuestras vidas.
Cuando seguimos las indicaciones del Espíritu que habita en nosotros, puede que no tengamos la aprobación del mundo, pero tenemos el consuelo de la obediencia. En un mundo encadenado por la autonomía, experimentaremos la verdadera libertad de vivir bajo la autoridad correcta. Nuestras vidas no nos pertenecen, por lo que tiene sentido que el ritmo de nuestras vidas tampoco nos pertenezca (1 Cor. 6:19). Mientras mantengamos el paso con el Espíritu en el maratón de la maternidad, experimentaremos la verdadera libertad de ser hijas de Dios, incluso siendo madres (Gál. 4:6–7).
Este artículo fue publicado primero en The Gospel Coalition. Traducido y publicado con permiso.




