“Estoy pensando en ser voluntaria para ayudar a los refugiados afganos” —me dice mi amiga por teléfono. Al igual que yo, ella pasa la mayor parte de sus días en casa con un bebé de once meses. Nos conocimos hace casi diez años como maestras novatas en una escuela de misiones internacionales en Adís Abeba, Etiopía. Recuerdo la aventura de viajar a las montañas de África, degustar sabores exóticos y tomar las manos de aquellos que eran tan bellamente diferentes a mí. En el campo misionero se sentía tan satisfactorio y tan cristiano servir a los hijos de los misioneros y a otros expatriados desarraigados que estaban hambrientos por el conocimiento básico del Evangelio. Se sentía que estaba haciendo algo, que estaba realmente viviendo mi fe cada día.
Después de que mi amiga y yo terminamos de platicar hice una nota mental para recordar revisar nuestra agencia local de refugiados. A veces siento una necesidad de estar involucrada, de servir a Dios en algún tipo de ministerio de alcance. En ocasiones, las rutinas de la maternidad no se sienten suficientes; a veces, mi corazón anhela ministrar nuevamente.
Desde el año pasado he estado meditando en los profetas del Antiguo Testamento. A través de estos libros Dios señala los pecados de su pueblo, y les ruega que se vuelvan de sus obstinados caminos y reciban la misericordia divina. Quizás una de las señales más notorias de la condición caída de Israel es su falta de cuidado por el vulnerable: la viuda, el pobre, el huérfano, el extranjero. La compasión por el vulnerable es central en la ley de Dios. Una y otra vez Dios manda a su pueblo a tener un cuidado especial por el necesitado que está en medio de ellos. (Deut. 14:28-29; 16:11; 24:17-22; 25:5; 26:12; 27:19) Pero se olvidaron; su endurecido corazón luce más trágico a la luz de la fidelidad de Dios y su tierno amor por ellos: “Yo con todo eso enseñaba a andar al mismo Efraín, tomándole de los brazos; y no conoció que yo le cuidaba. Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre su cerviz, y puse delante de ellos la comida” (Oseas 11:3-4).
¿Te puedes imaginar a Dios mismo sirviendo cucharadas de avena en la boca de sus amados hijos? ¿Lo puedes visualizar sonriendo con deleite al ver los primeros pasos tambaleantes? Este tipo de compasión por el indefenso es esencial para como Dios se describe a sí mismo: “Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido.” (Deuteronomio 10:17-18)
Dios tiene un gran corazón para los vulnerables.
El otro día me zarandeó una verdad: mi bebé es una de esas personas vulnerables que están tan cerca al corazón de Dios. Mi hijo me necesita para todo; él no puede vestirse, protegerse, nutrirse, bañarse o cuidarse a sí mismo, no puede ponerse límites. Una vez una amiga me dijo que cuidar de bebés es exhausto en parte porque estamos constantemente cuidándolos para que no se dañen a sí mismos; mi hijo es tan necesitado como la oveja que no tiene pastor.
Entonces, cuando limpio jugo de los cachetes de mi hijo, cuando lucho por ponerle los calcetines, o cuando lo alejo de las tomas de corriente (otra vez), cuando le beso su frente golpeada, cuando le peino sus rizos, cuando le ofrezco su vaso azul de plástico, cuando le cambio el pañal sucio, cuando lo cubro con sus colchitas en la noche, o cuando le digo que lo amo, estoy obedeciendo el mandato de Dios de cuidar por el necesitado y el vulnerable.
Más adelante en la historia, Cristo ejemplifica el divino corazón compasivo de Dios. Jesús recibe y se deleita con los niños (Mat. 19:14) que juegan con su túnica, que le hacen miles de preguntas, que se acurrucaban en Él con total confianza. Cuando describió el juicio final, Cristo dice que lo que distinguirá a su pueblo será cómo amaron al vulnerable. Él dice: “Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mat. 25:40). Los más pequeños: los extranjeros, los hambrientos, los sedientos, los enfermos, los desnudos, los presos. Mi hijo no entra dentro de esas categorías, pero él ciertamente suele tener hambre y sed, enfermarse, y (¡para su deleite!) desnudarse.
Nuevamente la verdad me zarandea: mi bebé es uno de esos “pequeños” que están tan cerca al corazón de Dios.
¿Qué tan diferente sería mi actitud si limpiara a mi hijo cubierto de lodo como si fuera a Cristo? ¿Si acomodara su cuerpo inquieto en el asiento del auto como si fuera a Cristo? ¿Si respondiera a sus invitaciones a jugar como si fuera a Cristo? ¿Si le diera los buenos días muy temprano en la mañana como si fuera a Cristo? ¿Si lo calmara después de una caída como si fuera a Cristo? ¿Si respondiera a sus llantos de necesidad y a sus interrupciones como si fuera a Cristo? ¡Cuánto más vería mi hijo a Cristo en mí! ¡Cuánto más podría él experimentar el amor divino y encarnado dentro de las paredes de nuestro hogar ordinario!
Aunque Dios me llame a servir más activamente a los refugiados afganos en un futuro (y quizás Él llame a otras mamás a otros ministerios fuera de su hogar, como a mi amiga), me doy cuenta de que, por esta temporada, Él quiere que me dedique al ministerio que tengo delante de mí, uno encarnado en pequeños dedos de los pies y sonrisas inesperadas. Cuando amamos a nuestros hijos, estamos obedeciendo los mandamientos de Dios de amar a los vulnerables. Cuando cuidamos de los más pequeños en nuestro propio hogar, estamos amando a quienes están más cerca del corazón de Dios. Si eso no es ministerio, entonces no sé qué lo es.




