Ella se sentó frente a mí en el área de comida mientras me devoraba un bisquet de pollo y expresaba mi ansiedad entre mordidas. Yo era una estudiante de primer año de universidad estresada por mis exámenes finales y deseosa de que mi semana se acabara pronto. Mi mentora de la universidad se ofreció a verme para desayunar antes de mi examen, ya que era el único tiempo libre en mi ocupada agenda estudiantil antes de mis vacaciones de verano. Ella asentía mientras yo le explicaba los infortunios de cada una de mis clases y mi preocupación de no poder lograr terminar la semana. Luego ella me detuvo y me hizo la más extraña pregunta: “¿sobreviviste tus exámenes del ciclo pasado?”
Pensé en esa semana de exámenes 5 meses atrás y honestamente no recordaba mucho. Sabía que había estado estresada, especialmente porque eran mis primeros exámenes finales como estudiante universitaria. Aún así, había entregado cada trabajo y pasado cada examen (y sólo me desvele una noche). “Sí, sobreviví”, le respondí, “e incluso obtuve el promedio que esperaba”.
“La semana de exámenes finales es solo una etapa en tu vida”, sabiamente me amonestó, “la presión que estás sintiendo ahora no va a durar para siempre. De hecho, probablemente en cinco años no recordarás esta semana, o quizás ni siquiera la recuerdes la próxima vez que tengas exámenes”.
Aunque la semana de exámenes finales de la universidad parece un ejemplo trivial ahora, mi mentora me enseñó una importante lección en la madurez espiritual. De la misma manera en que el clima cambia de verano a otoño y de invierno a primavera, así caminaremos a través de varias etapas en la vida. La semana de exámenes finales parecía abrumadora para mi yo de 19 años, pero he enfrentado etapas mucho más difíciles en mi vida como recién casada, los primeros días de nacidos de mis hijos, enfermedades familiares, transiciones de trabajo y más. Aún así, la lección que me dió mi mentora de universidad ha permanecido conmigo: esta es solo una etapa.
Recuerdo una noche estar durmiendo a mi hija, sintiéndome completamente abrumada como madre primeriza. Mi esposo y yo habíamos hecho grandes transiciones en nuestras carreras, nos habíamos mudado de estado y estaba lidiando con el diagnóstico de cáncer de mi mamá. Mientras estaba sentada en la oscuridad, abrazando a mi pequeña de 4 meses, sentí que nunca saldría a flote. Nunca me ajustaría a trabajar desde casa; nunca me sentiría cómoda en nuestra nueva casa; nunca tendría seguridad en la salud de mi mamá. Las presiones de esos pocos meses se estaban apilando sobre mis hombros. Sin embargo, en esos momentos de desesperanza Dios me recordó las palabras de mi mentora para darme esperanza, esto es solo una etapa.
Mira hacia arriba y mira hacia atrás
Tal vez estás enfrentando una etapa difícil por cuestión de problemas de salud, cambios de vida, sequía espiritual o estrés físico y emocional. Quizás ya duró una semana o un año. Tal vez seas como yo, esa noche cuando mecía a mi hija, sintiéndote que nunca podrás escapar el peso del estrés de ese momento. Pero lo harás, porque esta es solo una etapa que Dios ha ordenado para tu crecimiento espiritual.
¿Qué podemos hacer en esas etapas de la vida que parecen abrumadoras e imposibles? Miramos a Jesús, quién enfrentó presiones que nunca podríamos imaginar. “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Hb. 12:1-2).
De la misma manera que Jesús fue motivado por el gozo puesto delante de Él, así también nosotros podemos soportar por el gozo puesto delante de nosotros. Mientras el mundo puede alardear de “la luz al final del túnel”, nosotros como cristianos tenemos una esperanza más segura que un vago resplandor. “(Dios) nos hizo renacer para una esperanza viva… En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas” (1 Pe. 1:3, 6). A pesar de que enfrentamos pruebas ahora, nos regocijamos porque sabemos de la herencia que ganaremos al final de esta vida.
También podemos mirar atrás y ver como Dios nos ha sustentado a través de etapas difíciles en el pasado. “Me acordaré de las obras de Jehová, sí, haré yo memoria de tus maravillas antiguas” (Sal. 77:11). Mirando atrás a un duro segundo año de matrimonio, recuerdo como Dios nos acercó a mi esposo y a mí por medio del estrés relacional. Mirando atrás a mi primer año de maternidad recuerdo las lecciones de humildad y auto-sacrificio de Dios. Mirando atrás a la etapa de pandemia que parecía no tener fin, recuerdo a Dios enseñándome que Él es fiel a sus promesas en cada etapa. Esas etapas áridas son difíciles pero nunca son infructuosas.
Esta es la etapa de Dios
Mientras me preparo para etapas difíciles en el futuro como, por ejemplo, recibir un bebé en casa por medio de la adopción, o tomar decisiones escolares para mis hijos, me armo de valor al saber que Dios usará esas etapas para hacerme crecer como madre y esposa, pero más importante, como su hija.
Esta etapa no durará para siempre. En la voluntad de Dios, un día mis hijos crecerán y una vez más podré dormir toda la noche. Un día no tendré que pararme cerca del área de juegos por si mi hijo intenta acercarse a la orilla. Un día mi hija será capaz de ayudarme con las tareas del hogar. Pero el hecho de que esta etapa de los “años pequeños” acabará no es mi esperanza; mi esperanza está en el Dios que usa cada etapa de la vida para mi bien y para su gloria.
Esta es sólo una etapa, y por quién es Dios y por lo que ha hecho, puede ser una buena etapa, no importa cuán difícil sea. “Esta es [la etapa] que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él” (Sal. 118:24).




