Cada madre quiere tener una relación fuerte con su hija; o por lo menos, pienso que eso es lo que quieren. Bueno, realmente no lo sé con certeza ya que no soy mamá. Soy una hija que recientemente llegó a los veintes. Lo que sí sé es que mi mamá quería tener una sólida relación conmigo y ella trabajó y oró con persistencia para alcanzarla.
Al recordar mis años de adolescencia, me gustaba pasar tiempo con mi mamá. Amaba aprender de ella, incluso tomaba muy bien su corrección porque exponía mi pecado con verdad y con amor. Amaba orar con ella, hornear con ella, experimentar aventuras con ella y leer libros con ella. Incluso ahora lo sigo haciendo.
¿Qué tiene de especial mi mamá? En realidad, no es nada del otro mundo. Se resume en solo dos cosas: priorizó la relación con sus hijos y confió en la gracia de Dios. Ella (y mi papá) nos amaron profundamente y estuvieron dispuestos a invertir tiempo intencionalmente para construir una relación de por vida con nosotros. Al pensar en mis años de adolescencia, recuerdo cinco cosas que hizo mi mamá para forjar este vínculo conmigo.
1. Ella comenzó desde temprano.
Mis papás me discipulaban desde que era una bebé; ellos se aseguraron que conociera el Evangelio. Teníamos devocionales familiares en casa cada noche, servíamos en nuestra iglesia local y memorizabamos las Escrituras. A la hora de dormir mi mamá usualmente me leía una historia y luego orábamos juntas.
Cuando cumplí 12 años, mi mamá y yo empezamos a reunirnos una vez por semana para profundizar más. Hablábamos de mi vida, disciplinas espirituales, luchas, preocupaciones, miedos, metas, relaciones y las cosas por las que necesitaba oración. Antes de que aparecieran los chicos, los complejos con el cuerpo, el manejo del dinero, la universidad o la confusión profesional, mi mamá ya estaba construyendo confianza y comunicación conmigo. Con paciencia mi mamá me estaba enseñando cómo tomar decisiones, cómo entender la Palabra de Dios, cómo ver el mundo y cómo lidiar con el pecado. Esto construyó una intimidad inviolable que puso los cimientos de nuestra relación.
2. Ella oró por mí y conmigo.
Lo que más me impactaba de estas reuniones semanales que tenía con mi mamá fue cuando ella oraba por mí. Ella es de las mejores guerreras de oración que conozco. Si ella te dice que va a orar por tí, no son palabras vacías que olvidará en un momento; ella orará por ti. Mamá ora por mí cada día, y no es una oración vaga y general sino que ora por mis necesidades específicas. Como todos, ella ha luchado con temporadas donde está muy ocupada y distraída y su vida de oración no siempre es lo que debiera pero se ha esforzado para encontrar tiempo para orar por sus hijos.
Durante mis años de adolescencia, en nuestras reuniones semanales, mamá también oraba por mí. La escuchaba ir, a mi favor, ante el trono de gracia y orar por las cosas que habíamos platicado. No le tomaba mucho trabajo o tiempo, pero escuchar a mi mamá orar por mí es una de las cosas por las que estoy muy agradecida.
3. Se arriesgó a ser vulnerable.
A medida que crecía y me abría más y más con mi mamá sobre mis heridas, deseos y pecados, ella también se abría conmigo. Me hablaba de sus propias luchas y defectos. Me pedía perdón por sus pecados y me pedía que orara por sus necesidades. Ella permitió el riesgo y la vulnerabilidad en nuestra relación, lo que a su vez me dio la libertad y la confianza para ser honesta con ella. Lo que motivaba a mi mamá, en última instancia, era la humildad. No era una autoridad dominante; era una líder servicial y amable.
4. Ella aprendió conmigo.
Una de las cosas que la hace una líder increíble es su amor por el aprendizaje. Mi mamá es una lectora voraz; toma clases y cursos solo por diversión y le encantan las conferencias. Y ella me invitó a compartir ese amor por aprender junto a ella. Cuando empezamos a reunirnos, leíamos libros juntas todas las semanas. Leíamos un capítulo o dos y luego los comentábamos. A lo largo de los años, leímos docenas de libros juntas, sobre temas tan variados como la feminidad bíblica, la teología, y hasta la literatura clásica.
El amor de mi mamá por aprender se ha visto de formas distintas según su etapa de vida (por ejemplo, como mamá de niños pequeños vs ser mamá de adolescentes). Pero ella nunca ha querido estancarse; siempre quiere crecer.
5. Ella se divertía conmigo.
Es verdad que mi mamá me ha ayudado a crecer a lo largo de los años al estudiar conmigo, enseñarme y leer libros juntas. Pero también me ha ayudado a crecer a través del juego, el descanso y la diversión. De hecho, uno de los elementos más cruciales de nuestra relación fue que mi mamá se divertía conmigo. Convertía los viajes por carretera en juegos; inventaba historias a partir de problemas de matemáticas; me sacaba de la escuela para viajes sorpresa; hacía de las compras toda una experiencia; veía películas conmigo. No suena particularmente espiritual, pero ha tenido un impacto radical en mí. Al hacer esas cosas, mi mamá cultivó un hogar feliz, fortaleció nuestra relación y reflejó la bondad, la generosidad y el gozo de Dios.
La gracia del Evangelio para las mamás
Desearía que pudieras conocer a mi mamá. Para mí, ella es especial, pero ella rápidamente te diría que no lo es. Odia hablar de sí misma. Al contrario, te va a platicar de sus fallas, su frustración, su impaciencia, su orgullo y sus miedos. Te diría que criar hijos piadosos no tuvo nada que ver con ella.
“Sólo requirió intencionalidad”, te diría. “Pero sobre todo, la gracia de Dios”.
Tanto para mi mamá como para ti, la gracia del Evangelio está disponible a cada momento. Ninguna mamá es “suficientemente madre”. Cada mamá necesita la gracia infinita que perdona sus pecados, obra a través de sus errores y la apunta a ella y a sus hijos a Jesús. Recuerda esto: Él es el Salvador de tu familia, no tú.
Este artículo fue publicado primero en Risen Motherhood. Traducido y publicado con permiso.




