Cuando cedemos al hábito de la “atención parcial continua”, condicionamos a nuestro cerebro a comprometerse a medias en todo, incluyendo en la formación de discípulos.
Como padres, nuestra principal función es discipular a nuestros hijos hacia Jesús. Sin embargo, nuestros hábitos tecnológicos hacen muy difícil la labor de estar presentes como deberíamos si queremos discipular bien a nuestros hijos.
Cuando no buscamos el corazón de nuestros hijos con una actitud de oración, dejamos escapar esta etapa en que sus corazones son tierra fértil y blanda.
¿Estamos disponibles? ¿Estamos presentes? U ¿operamos en un estado crónico de atención parcial, en detrimento de nosotros mismos y de nuestros hijos?
¿Qué es la atención parcial?
Linda Stone, ex investigadora de Microsoft y fundadora de The Attention Project, acuñó el término “atención parcial continua”. Ella lo define así: “prestar atención de forma parcial, CONTINUAMENTE.” Se trata de un comportamiento de “estar siempre atento, en cualquier lugar y en cualquier momento, lo que conlleva una sensación artificial de crisis constante. Siempre estamos en estado de alerta máxima cuando continuamente prestamos atención parcial.”
Stone explica que cuando dividimos nuestra atención, nuestro cerebro se ve afectado:
“En grandes dosis, [la atención parcial continua] contribuye a un estilo de vida estresante en que uno opera en modo de gestión de crisis y con una capacidad limitada para reflexionar, tomar decisiones y pensar de forma creativa… contribuye a una sensación de agobio, sobreestimulación y a un sentimiento de insatisfacción.”
¿Quién dice amén?
El ritmo frenético y agitado en el que tu mente está operando no es como fue diseñado para funcionar. Y la mentira de que debemos estar conectados y ocupados todo el tiempo contribuye a este estado de agitación constante.
Nuestra tecnología está diseñada para hacernos volver por más, y al hacerlo, contribuye a este estado de caos que podríamos estar sintiendo.
Seguir a Jesús y hacer discípulos… a medias
¿Cómo afecta la atención parcial a nuestra capacidad para hacer discípulos?
En este tema tenemos la tentación de dividir nuestro tiempo en compartimentos, pensando que nuestro tiempo frente a la tecnología nos pertenece a nosotros. O que, a fin de cuentas, nuestro tiempo es nuestro, y que nuestra capacidad de concentración no afecta la crianza de nuestros hijos.
Pero amigos, recordemos lo siguiente:
- Leer la Biblia, un texto antiguo y complejo que debe estudiarse a lo largo de toda la vida, requiere una capacidad de concentración y de estudio minucioso.
- Sentarse en silencio con Dios en oración significa que debemos sentirnos cómodos con el silencio.
- Meditar en las Escrituras y memorizarlas requiere una práctica y una recitación regular y rutinaria.
Ninguna de estas cosas sucede por casualidad. No son particularmente fáciles y no encajan bien con el actual estado fragmentado de nuestra atención digital.
Mi punto es este: si nosotros mismos no seguimos bien a Jesús, no podremos dar ejemplo ni instruir a otros para que hagan lo mismo.
Cuando cedemos a la atención parcial continua, condicionamos a nuestro cerebro a estar involucrado a medias en todo, incluyendo en la formación de discípulos.
Como solían decir todos los entrenadores que he tenido: “La manera en que haces cualquier cosa es la manera en que haces todo”.
Cómo se desarrolla el hábito de la atención parcial
Las investigaciones lo confirman: parafraseando la Teoría Hebbiana del Aprendizaje, las neuronas que se activan entre sí, se conectan entre sí.
Básicamente, las cosas que hacemos repetidamente se vuelven más fáciles de hacer, y no solo las buenas.
Cada vez que me pongo los AirPods porque “solo necesito un minuto de descanso”, significa que la próxima vez que me sienta estresada, será mucho más fácil sucumbir a la tentación de escapar mediante la atención parcial. De hecho, si lo hago con frecuencia, puede convertirse en un reflejo: un mecanismo inconsciente que he desarrollado para lidiar con el estrés.
Cada vez que nos involucramos de manera parcial con Dios, con las personas o con la tarea que tenemos entre manos, nos resulta más fácil elegir esa opción la próxima vez.
La crianza de los hijos requiere concentración
Si queremos hacer bien la labor que se nos ha encomendado, debemos estar plenamente involucrados en ella.
Deuteronomio 11:19 nos instruye a discipular a nuestros hijos mientras realizamos nuestras actividades cotidianas: “Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes.”
No sabemos cuándo llegarán esos momentos importantes de la crianza. No podemos anticipar cuándo un niño estará listo para conversar. Si estamos constantemente ocupados con otras cosas (sobre todo con la tecnología), nos perderemos esos momentos.
Hasta ahora, en nuestra propia aventura como padres, nuestras “conversaciones profundas” se han dado:
- En el coche
- Mientras intentábamos salir de la casa
- Mientras preparábamos la cena
- Cuando el bebé estaba llorando
No planeamos que esas conversaciones surgieran en esos momentos. Nunca sabemos cuándo brotarán de los corazones de los niños las conversaciones, las confesiones o las preguntas. Es cierto que podemos y debemos planificar momentos para el discipulado, pero también debemos esperar que estas conversaciones se den en el transcurso de la vida cotidiana.
Como un niño que grita desde el asiento trasero: “Mamá, ¿cómo es que Jesús entra en mi corazón?”
Si siempre estoy involucrada a medias, si mi atención está constantemente dividida entre un millón de cosas porque estoy tratando de escuchar un podcast, ver un programa o responder algunos mensajes de texto, entonces me perderé estos momentos.
Mi atención estará dividida, mi mente en un estado crónico de agobio (como describe Stone). ¿Y todo en nombre de qué? ¿Unos minutos de escape?
Si siempre estoy en modo de gestión de crisis artificial, estresada y abrumada, ¿mis hijos se arriesgarán a plantearme sus preguntas más profundas y sinceras? ¿O ya saben que la respuesta será: “Ahora no. ¿No ves que estoy ocupada?”?
Mantente alerta y prioriza lo importante. Protege tu corazón de la mentira de que lo que está “ahí fuera” es mejor que lo que tienes delante, por tu propio bien y por el de tus hijos.
¿Cómo podemos elegir algo diferente?
Una forma de combatir el deseo de estar siempre conectados es organizar el tiempo que dedicamos a la tecnología. Se puede hacer cosas maravillosas con el internet, pero queremos asegurarnos de que somos nosotros los que controlamos la tecnología, y no la tecnología que nos controla a nosotros.
Organizar el tiempo que pasas con la tecnología podría verse así:
- Eliminar el correo electrónico del teléfono y consultarlo en la computadora en horarios previamente acordados.
- Desactivar las notificaciones de mensajes de texto y establecer un momento (o unos momentos) del día para revisar y responder a los mensajes.
- Si necesitas consultar las redes sociales, establecer horarios para hacerlo y hacerlo desde la computadora. Así es mucho más difícil navegar sin rumbo.
- Configurar un temporizador para controlar tu tiempo de uso de dispositivos electrónicos, de modo que cuando alcances el límite, recibas un recordatorio sonoro de que ya es hora de dejar el teléfono.
Ser intencionales en reservar tiempo para el uso de la tecnología nos ayuda a profundizar en nuestro trabajo, ya sea en la labor de pasar tiempo con Jesús o a la hora de decidir qué preparar para la cena.
Este trabajo requiere y merece toda nuestra atención. Asegurémonos de dársela.
Este artículo fue publicado primero en Fierce Parenting. Traducido y publicado con permiso.




