Algo en los lentes redondos y finos que colgaban de la nariz del profesor y su corbata de moño cuidadosamente acomodada bajo su cuello blanco, lo hacía parecer aún más creíble.
Era mi primera clase de mi primer día en el seminario. Pasé muchos momentos incómodos, nerviosos e intimidantes en el primer año de universidad, pero este momento siempre quedará grabado en mi mente. La voz del profesor resonó con experiencia y autoridad, y sus palabras afectaron mi tímido corazón con sorpresa y dudas sobre mí misma.
“Todos somos teólogos”.
Continuó explicando que cada persona posee una teología, una perspectiva sobre Dios, lo sepa o no. El profesor afirmó que nosotros, incluso con 18 y 19 años, tenemos un sistema de creencias con respecto a Dios, la Biblia, la iglesia y otras cosas. Adquirimos enseñanzas, permitimos que sugerencias se aniden en nuestros corazones y dejamos que teologías sutiles se adhieran a nuestras mentes.
“Cada uno de ustedes es un teólogo”, repitió el profesor, “Pero, ¿son buenos teólogos?”
En poco tiempo se volvió mi profesor favorito. Devoré todo lo que enseñó, hice preguntas, pedí recursos adicionales, porque él tenía razón: yo tenía una opinión de Dios, era una teóloga, pero no me había tomado el tiempo para ser una buena teóloga.
La palabra “teología” puede ser intimidante. A muchos nos hace pensar en profesores, pastores o académicos que leen incansablemente libros antiguos. Sin embargo, la teología simplemente significa “el estudio de Dios” (Theos se deriva de la palabra griega para “el divino”, y ología viene del latín y significa “estudio”). La realidad es que cada uno de nosotros tenemos un concepto de Dios. Cada persona, lo sepa o no, cree en algo sobre lo divino. Tenemos creencias sobre el carácter, la actividad y las intenciones de Dios, muchas de las cuales se encuentran tan arraigadas en nuestro interior que a menudo no nos damos cuenta. Cada día, en miles de maneras, tú y yo “estudiamos lo divino” mientras escuchamos en las noticias sobre una inundación o cuando acompañamos a un amigo que está pasando por un duelo. Entonces, la pregunta no puede ser: “¿soy un teólogo?” Mejor necesitamos comenzar a preguntarnos: “¿me he tomado el tiempo para ser un buen teólogo?”
El mundo alrededor de nosotros busca formar nuestro concepto de Dios cada día. Programas de televisión, amigos de Facebook y anuncios en la estación del metro constantemente nos mandan mensajes que, en última instancia, forman nuestro concepto de Dios. Y nuestros hijos no están exentos: los programas que miran, los libros que leen y los vecinos con los que juegan les enseñan algo acerca de Dios, su relación con su pueblo y su mundo. Incluso los más pequeños de nuestros hogares se convierten cada día en pequeños teólogos con sus propias visiones de Dios. Por lo tanto, la pregunta no puede ser: “¿Son nuestros hijos teólogos?”, sino más bien: “¿Nos hemos tomado el tiempo de enseñarles a ser buenos teólogos?”.
Cuando la mayoría de nosotros pensamos en hablarles a los niños sobre teología, nos imaginamos su visión de Dios como un auto en punto muerto (neutro). Es fácil pensar que seguirán con sus vidas sin moverse hasta que los impulsemos en la fe. Como los primeros y más importantes influyentes en sus vidas, es fácil creer que cuando tengamos tiempo los moveremos un poco aquí y allá, hasta que tengan la edad suficiente para conducir por el camino de la fe por su cuenta.
En el mundo en el que vivimos, nuestra teología y la de nuestros hijos es como un carro en punto muerto en una pendiente. El mundo está llevando nuestra visión de Dios hacía algún lugar; nos está enseñando y formando, incluso cuando no nos damos cuenta. A menudo no es una pendiente pronunciada sino una sutil; se filtra en nuestras creencias de forma casual, lenta y desapercibida. Los niños aprenden sobre Dios cuando les decimos por qué deben portarse bien en la escuela, o por qué deben decir “lo siento” y “te perdono” después de una pelea entre amigos. Y, si no enseñamos intencionalmente a nuestros hijos sobre el Dios de la Biblia, sobre el Evangelio que nos impulsa por amor a obedecerle y que solo podemos perdonar a otros por la gracia de Dios que nos perdona, entonces el mundo lo hará de otra forma.
¡Gracias a Dios que nos ha capacitado a todos y cada uno de nosotros para ser estudiantes de su Palabra! Cada uno de nosotros, tú, yo e incluso nuestros pequeños teólogos, podemos acercarnos a la Palabra de Dios para estudiarla con gozo y entendimiento, y para comunicarnos las ricas verdades unos a otros. Es un verdadero regalo de Dios que nos haya dado su Palabra para enseñarnos todo sobre quién es Él y quienes somos nosotros en relación con Él. Por su Espíritu nos ha empoderado para estudiar la Biblia y enseñarla, y por su Espíritu nos formará más y más a su imagen.
Este es el ánimo que quiero dejarte hoy: tú eres un teólogo. Y por la buena gracia de Dios, Él nos convertirá en buenos teólogos. Esta es la gozosa obra del Espíritu: Él ha estado trayendo personas a la fe, criándolas en la fe y haciéndolas crecer a través de la fe desde el principio del mundo. Y Él quiere hacer lo mismo por ti, por mí y por cada pequeño. Simplemente tenemos el honor y el gozo de unirnos a Él en ese proceso y de colaborar con Él en la obra del Evangelio que nos ha llamado a hacer.




