La crianza requiere valentía y determinación. Si yo no saco adelante a mis hijos, ¿quién lo hará? Es fácil pensar de esta forma porque nuestro mundo proclama el mensaje de la independencia estilo “haz lo tú mismo”. Pero en su Palabra, Dios nos entrega otro mensaje a los padres cristianos. Depende de mí. Humíllate, para que tu hogar experimente mi gracia. Únete a nuestra conversación sobre este tema vital.
RECURSOS ADICIONALES
- Ayuda para devocionales familiares sobre la humildad: (Descarga el pdf, o lee el texto abajo)
- Lee aquí el artículo: Humildad: padres que apuntan a Jesús
- (Escucha aquí un sermón de la Iglesia Bautista la Gracia sobre el fruto del Espíritu “Humildad”.)
Hoja de ayuda para devocionales familiares
¿Qué es la humildad bíblica? “Es la actitud del creyente que reconoce su completa dependencia de Dios e insuficiencia de sí mismo, y se gloría solo en la gracia de Dios en su vida”. Daniel López
Día 1: Lee Romanos 12:3 y Juan 15:4-5
- ¿Hay algo que te hace sentir que eres mejor que tus amigos o hermanos?
- ¿Qué nos dice Juan 15 sobre lo que podemos lograr por nuestra propia cuenta?
- ¿Por qué entonces es tan importante que permanezcamos conectados con Cristo? Y, ¿qué podemos hacer para lograrlo?
Día 2: Lee Efesios 4:1-2
- ¿Cómo reaccionas cuando tienes que trabajar en equipo con un amigo o hermano que no hace las cosas bien? ¿Te comparas con esa persona?
- ¿Cómo podrías empezar a tratar a otros con más humildad y mansedumbre? Comenten ejemplos específicos.
Día 3: Lee Filipenses 2:5-8
- ¿De qué se despojó Jesús? ¿Tenía el derecho de aferrarse a su deidad plena con su Padre?
- ¿Te cuesta renunciar a algo porque crees que es tu derecho? ¿Qué es y por qué crees que tienes ese derecho?
- ¿Cómo puedes seguir el ejemplo de Jesús? ¿De qué maneras puedes servir a tu familia o amigos?
Texto de la semana para memorizar:
- Efesios 4:1-2 “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor”.
ADORA, ORA, EXAMÍNATE:
ADORA: Gracias, Señor, porque despojarte de ti mismo y obedecer a tu Padre nos dió la oportunidad de ser llamados Hijos de Dios.
ORA: Padre, ayúdame a depender de ti y servir a otros de manera sacrificial y humilde.
EXAMÍNATE:
- ¿Has dejado que tu corazón se enaltezca en contra de Dios?
- ¿Has identificado qué es eso que te hace creerte superior a los demás?
- ¿Estás aprovechando la intervención del Espíritu Santo en tu vida?
El Ejemplo de Cristo:
- Filipenses 2:5-8 “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”
Transcripción:
Susi: Lo padres podríamos sentirnos casi bipolares a veces por las emociones tan fluctuantes que sentimos en cuanto a cómo vamos en la crianza. Un día me siento como la súper mamá que alimento bien a sus hijos, que no les grito en todo el día, que ahora los tiene dormiditos, tranquilos en su cama. Pero al siguiente día todo se desmorona, y parece que nada de lo que hago funciona.
Yo creo que a los papás hombres también les puede pasar algo así. Sienten que están cumpliendo su rol de padre un día, y al otro se sienten todo un fracaso. Pues algo que nos puede ayudar a todos los padres es la virtud de la cual vamos a hablar el día de hoy. El pastor Daniel me acompaña otra vez para hablar de la humildad como una virtud cristiana. Aquí estamos Pastor Daniel, tú y yo, porque este tema lo tenemos bien controlado. Aquí hay humildad en la crianza, 100%, ¿verdad?
Daniel: ¡Claro! Y por eso estamos aquí, porque nosotros, como expertos que ya controlamos todo este tipo de temas, les podemos dar aliento a estos pobres padres que no saben qué hacer. Nosotros, obviamente—ya superado.
Susi: ¡Ay, claro que no! Claro que no.
Daniel: Definitivamente.
Susi: Porque yo creo que mientras más tiempo llevas en la crianza, más el Señor te humilla, porque aún cuando da victorias, te das cuenta que no fueron por ti, ¿verdad?
Daniel: Sí, y eso aplica a la crianza, en el trabajo, en casa, en cualquier cosa. El Señor habla en todas estas áreas. Pero cuando entramos a la crianza, traemos tantas ilusiones, probablemente, o vemos ejemplos a veces irreales en las redes sociales. “¡Ay, yo voy a hacer eso!” El primer día, y te das con topes y topes y topes. Pero es un camino y un trabajo arduo el que tenemos que hacer, y requiere de muchísima humildad esta labor que nos ha dado el Señor para hacer a cada padre creyente.
Susi: ¿Y por qué específicamente (obviamente para todos los creyentes es importante la humildad), pero para padres y madres, por qué dirías que es tan importante?
Daniel: Por esa figura de autoridad que representamos como padres. Eso puede, aunque suene tan simple, eso puede hacer que se te suba a la cabeza, como normalmente decimos, esa autoridad que tú tienes. Piensas que ya lo tienes todo controlado, y no es necesario tener esta actitud de humildad en nuestras vidas. Pero no. Debemos de tener muchísimo cuidado cuando nosotros como padres empezamos a pensar: “Yo soy perfecto, y tengo que educar a este niño; que este niño sí, no es humilde”, y todas las otras virtudes que ya hemos estudiado como parte del fruto del Espíritu. Y nos empezamos a creer erróneamente eso.
El problema es que no solamente es un pensamiento que puede llegar a nosotros como padres de: estoy perfecto, lo tengo todo controlado, sino que viene de un problema de un corazón que es enaltecido, de un corazón que cree ser ya perfecto. Y es, como bien decías ahorita, un problema no exclusivo de padres. Es de la humanidad, y el creyente sigue luchando con esto. El problema es que este corazón enaltecido, lo único que va a poder traer es ruina a nuestras vidas.
Y hay ejemplos bíblicos de cómo personas que en su corazón han creído que lo tienen todo, que son capaces de hacer cualquier cosa, el Señor les muestra de una forma muy fuerte que no es así, y que necesitan ser humildes. Por eso es importante para padres tener un buen concepto de la necesidad que tenemos de ser humildes.
Susi: Yo creo que muchas veces no reconocemos la falta de humildad por lo que es, porque en la crianza, obviamente a mí me toca instruir. Me toca tratar con seres menos educados o menos capaces. Entonces no detecto la humildad. Por lo menos a mí me ha pasado. No debo pensar que soy mejor que mis hijos, aunque sí tengo una responsabilidad hacia ellos. A veces creo que es ese orgullo, esa falta de humildad, que hace que maltratemos verbalmente, y todo eso, a nuestros hijos, y eso es parte de la ruina que trae el orgullo.
Daniel: No es una responsabilidad que nosotros hemos ganado. Es decir, no llegaste a ser padre por tus méritos. Es algo que es un don que el Señor nos ha dado. Es una oportunidad que nos da. Recordamos: los padres somos administradores de. Al final de cuentas, los hijos son del Señor. Debemos de tener cuidado con este tipo de actitudes que mencionabas ahorita, porque sí—no es nuestro.
Susi: Entonces, ¿qué es la humildad? Bíblicamente, ¿qué debemos entender que es esta virtud?
Daniel: Sí, siempre es bueno empezar con la definición.
Susi: Definiendo términos.
Daniel: Para de ahí ver cómo lo podemos aplicar a nuestra vida. Yo creo que la definición de la humildad bíblica es: una actitud que el creyente reconoce su completa insuficiencia. Aplica en crianza, y en todas las cosas. Contempla esto—la insuficiencia que él tiene. Pero también reconoce una total dependencia de Dios y se gloría sólo en la gracia de Dios en su vida. No soy yo. Tener el concepto bien claro: no soy yo. No soy suficiente para educar a estos niños que el Señor me ha dado. Necesito depender de Dios, que él me ayude.
¿Y cómo lo va a hacer? Nos va a dar de su gracia, que su gracia nos va a capacitar; nos va a poner en nuestra mente el concepto correcto de quién somos nosotros. Entonces vamos a él buscando ayuda, que nos pueda guiar en las cosas y tareas que él nos ha dado, como es la crianza. Y podría tener otras aplicaciones en la vida del creyente.
Susi: Claro. Digamos que hay alguien escuchando, un papá que quizás se está dando cuenta que sí, le falta vivir en más humildad en su hogar, o una mamá que cuando tú diste esa definición pensó: “Bueno, ¡a lo mejor yo sí dependo de mí misma! Yo creo que soy suficiente”. Quizás también papás que están reconociendo su soberbia, su orgullo con sus hijos. ¿Cómo es que uno podría adquirir, o vivir en, esta humildad bíblica?
Daniel: Creo que debemos de tener mucho cuidado en esta trampa en la cual nosotros podemos caer de: no, yo sí soy suficiente. Yo sí puedo sacar a mis hijos adelante. Puedo criarlos. O: yo sí estoy haciendo un buen trabajo. Este es un tema que probablemente no aplica a mi vida.
Lo primero que yo le diría a un padre o una madre que se encuentra en esas situaciones— primeramente, los logros que tú has tenido como padre o madre es porque el Señor te ha dado de su gracia. Pero no es porque tú seas muy bueno, muy malo. Reconocemos tu labor y tu dedicación. Claro que sí. Pero no se enfoca en ti, no solamente en ti. Romanos 12 nos dice, y nos recuerda muy bien a cada uno de nosotros que (déjame lo leo): “Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno” (v. 3) .
No depende de ti. No depende de tus logros, de las cosas que tú has hecho. Ten cuidado de creerte esta mentira que Satanás puede aprovechar—decir: “No, tú sí eres”. En nuestra cultura, al menos mexicana, tenemos mucho el concepto de esa mamá luchona, que ella sola puede sacar a sus hijos adelante, y “tú eres bien fuerte. Tú te lo mereces. Tú puedes”. A ver, ¡cuidado! Debemos de recordar otra vez la definición. Es: nosotros no somos capaces de. Necesitamos de Dios, de su gracia para poder. Entonces, ¿cómo adquirir o vivir en esta humildad? Primero, recuerda quién eres y la incapacidad que tú tienes.
Susi: Creo que es importante. Recuerda quién eres, pero ese concepto de quién eres, lo tienes que tomar de la Palabra, y no del mundo. Y uno dice: “Sí, claro, claro”. Uno piensa—como a lo mejor yo como mamá—“Sí, Dios me dice quién soy”. Pero si tú estás todo el día en Instagram y tú estás leyendo muchas cosas, escuchando el mundo, difícilmente te vas a dar cuenta que tú te estás definiendo o identificando de una manera que el mundo enseña en lugar de decir: “Dios, tú dame el concepto que yo debo tener de mí mismo”.
Daniel: ¿De qué nos estamos alimentando? ¿De lo que dice la Palabra acerca de nosotros y las responsabilidades que tenemos? ¿O de lo que dice el mundo? Las redes sociales, como ahorita mencionaste, son muy sutiles, en especial en este tema de la crianza. Hay tantas cosas, filosofías, que están entrando al mundo cristiano ahorita. Fuera del aire, podemos decir, platicamos con mi esposa acerca de ciertas cosas de crianza y de educación, y cómo esas filosofías poco a poco se han metido, se han ido metiendo, y dejamos de fuera lo que dice la Palabra.
La Palabra nos dice: “Haz algo acerca del corazón del niño”. Y de ahí debemos de partir de cómo educamos, de cómo convivimos con ellos, de cómo estamos teniendo una relación. Eso es lo que debe definir; no el mundo, las filosofías. Sí, debemos de tener mucho cuidado. Entonces, ¿cómo lo aplicamos? Tener un concepto correcto de quién eres tú. Pero también reconoce la dependencia. El Señor nos dice que él es la vid, y nosotros tenemos que estar pegados, conectados al Señor.
En este tema de la crianza, y cualquier otro tema de la vida cristiana, tú debes de reconocer que necesitas del Señor. Necesitas que él te fortalezca, que él te guíe, que él te de la sabiduría para saber cómo comunicar a tu hijo, cómo enseñarle a tu hijo, cómo disciplinar, incluso, a tu hijo, cómo crear ese vínculo y esa relación. ¿Cómo nosotros queremos lograr todo eso si no tenemos esa dependencia con Dios? Primero tú necesitas esa buena comunicación, esa actitud de sumisión, humildad, sumisión, aprender de Dios.
Cuando nosotros primero nos sometemos al Señor, nos humillamos delante de él y reconocemos esa incapacidad y esa dependencia que tenemos, luego la podemos comunicar con nuestros hijos y enseñarles que necesitamos de él. Y ellos, nuestros hijos, necesitan del Señor también. Cuando vives en humildad, enseñas humildad a tus hijos.
Susi: Sí. Y hay muchas cosas que creemos que tenemos que enseñar a nuestros hijos, y que muchas veces cuando vemos que nuestros hijos van aprendiendo lo que nosotros vemos necesario, ahí hay orgullo: “Mire, yo que buena mamá. Mis hijos saben esto, y saben esto”. Pero si no saben lo que tú acabas de decir, si no entienden y abrazan el hecho de que dependen de Dios, y no lo ven modelado en mamá y papá, ¿qué valor tiene todo lo demás que les hayamos enseñado? Esto es redefinir cómo valoramos o cómo definimos una crianza incluso buena y bíblica.
Daniel: Y eso que decías—¿qué valoramos en nuestra crianza?—veo a muchos papás, y en mi círculo probablemente son muchos papás creyentes también, orgullosos de que sus hijos saben dos, tres idiomas, muy bueno para la matemática, muy bueno para hacer esto, y otras habilidades que han ido adquiriendo. Y qué bueno. Gracias a Dios por ello. ¿Y el corazón del niño? ¿Dónde queda el corazón del niño? Vemos a niños que se sienten orgullosos de las cosas que están logrando, y ellos, todo el premio, el logro, se lo atribuyen a sí mismos.
Susi: Porque sus padres han inculcado eso también.
Daniel: Eso es un peligro tan grande. Le estás diciendo al niño: “Tú no necesitas de nadie más”. ¿Cómo vamos a nosotros poner en su corazón, que ellos se den cuenta, mejor dicho, que necesitan al Señor en sus vidas? Entonces sí, debemos de ser muy cuidadosos con nuestra actitud de dependencia a Dios, pero también de nuestros hijos, que ellos entiendan esa dependencia que necesitan.
Susi: Yo creo que esto nos hace saber que la autoestima, como el mundo lo enseña, va en contra de la humildad bíblica. Padres no deben buscar autoestima. Obviamente debemos tener un estima de nosotros mismos que refleja lo que Dios dice de nosotros, pero es un “Dios estima” que nuestros hijos necesitan. Si estamos tratando de construir o edificar autoestima en la vida de nuestros hijos, ahí podemos saber que no estamos criando bíblicamente. Y lo que tú dijiste al principio de qué sucede cuando no hay humildad—nos lleva hacia la destrucción, creo que dijiste.
Daniel: Sí, claro.
Susi: Entonces estamos apuntando a nuestros hijos hacia la destrucción si los estamos llevando a depender de sí mismo y tener autoestima.
Daniel: Pero lo aceptamos, ¿sabes? Porque el mundo lo acepta. Y ahora, como creyentes, nosotros estamos siguiendo las filosofías y las corrientes del mundo. Decir: “Sí, que el niño se sienta seguro de sí mismo, y que el niño pueda confiar en los retos que se puede encontrar en su vida” y todo esto.
Susi: “Y no tenga que depender de nadie más para que no sea víctima de nadie”.
Daniel: “No. Ellos solos pueden”. Lo que estás construyendo es una persona orgullosa que se va a ir a dar de golpes con la pared, y no sabemos la destrucción que va a traer a su vida. Ahora, no estamos diciendo con esto que no queremos que nuestros hijos sean seguros, y que sean valientes para ir y afrontar los retos que hay en la vida. No estamos diciendo eso. Estamos diciendo que su confianza no está en ellos, sino en dependencia de Dios.
Los niños necesitan depender. A su corta edad lo pueden hacer. Cuando están en exámenes, o cuando van a presentar algo que tienen que hacer, tú puedes enseñarle a tu hijo a tener confianza en que el Señor le va a ayudar, que el Señor le va a capacitar, que le va a dar las fuerzas, que le va a dar las habilidades para hacerlo. Pero no es él. No es el niño, y no somos nosotros como padres tampoco. No estamos apuntando el corazón de nuestros hijos a nosotros. Lo estamos apuntando a Cristo.
Pero nosotros sí deberíamos de ser un reflejo de humildad para que aprenda. Sí, hasta cierto punto llegamos a ser un conducto, pero no somos el final. Va más allá. Queremos que nuestros hijos vean y dependan de Dios y encuentren su identidad en él, y que ahora sí, puedan ser esos niños que queremos.
Susi: Sí. Pienso que cuando los niños están muy pequeños les enseñamos a depender de nosotros, a someterse y obedecernos aún y cuando no entienden. Pero eso es para poder apuntarlos. O sea, su concepto de Dios lo van a tomar inicialmente de nosotros. Siendo padres confiables, les apuntamos al Único que es confiable, y los entrenamos desde muy pequeños a que, aunque no pueden depender de sí mismos, sí hay Alguien en quien pueden depender. Inicialmente, somos los papás imperfectos. Pero es para apuntarlos. Entonces, realmente humildad se puede entrenar desde pequeñito, y es un don para los hijos cuando lo hacemos.
Daniel: Sí, y cuando lo empezamos en esa edad, va a ser más sencillo hablar y enseñarles e incluso exhortarles a nuestros adolescentes y jóvenes de la humildad. Porque desde niños ellos han visto ese modelo en nosotros, pero también eso es lo que les hemos comunicado. Creo que ahorita nos hemos enfocado más en los niños pequeños, pero también aplica para jóvenes adolescentes viviendo aún en casa. Sí, debemos de tener eso.
Susi: Siempre en todos los episodios de esta serie hemos intentado enfocarnos o quizás tomar nuestro mayor ejemplo de estas virtudes de Cristo. Hemos visto que Cristo es un ejemplo, ¿incluso de humildad? ¿Tú crees que Cristo es un ejemplo de humildad? ¿Y cómo nos ayuda esto a mirarlo a él?
Daniel: Claro. Creo que esta serie, ahora aquí en tu podcast, pero también en nuestra iglesia, tuvo siempre dos elementos en cada una de estas virtudes. Primero era: redefinamos qué es el concepto, en este caso la humildad. Pero también es: apunta a Cristo, cómo esto lo vemos en Cristo. Y eso es increíble cómo nosotros como creyentes no podemos decir: “Híjole, y esto, ¿cómo se verá esta virtud? ¿Cómo la tiene que vivir el creyente?” Porque volteamos a los evangelios y podemos ver a Cristo vivir cada una de estas virtudes en varias etapas de su vida; de lo corto que nosotros tenemos registrado, encontramos un ejemplo muy bonito. Y en este de la humildad—¡guau! Creo que Cristo sí es, por excelencia, el ejemplo de humildad.
Susi: Y eso que es Rey; es Dios. Padres, quizás padres hombres que son líder de su casa, son el rey de la casa, como dicen, pero Cristo también fue rey.
Daniel: Claro, de verdad—no como nosotros, que nuestro reino se limita a cuatro paredes, a veces, y a eso, si acaso. Eso que acabas de decir es bien importante. Lo veníamos mencionando; poco a poquito lo hemos venido viendo—esa posición que tenemos tanto de autoridad, de liderazgo, hablando del hombre en casa. El que tenía una posición verdadera y a la cual aferrarse fue Cristo. Él sí podría decir: “A ver, a ver. ¿Cómo que yo voy a andar ahí en el polvo? ¿Cómo que yo voy a andar sirviendo? ¿Cómo que yo voy a andar haciendo esto y lo otro? Yo soy Dios. Yo soy rey. Yo soy creador, y yo soy todo”, lo que tú quieras ponerle. Porque él lo era.
¿Pero qué hizo Cristo? No se aferró. No se aferró a esa posición. No dijo: “Es que yo soy aquí el más grande”. Filipenses 2 nos habla de eso. Nos reta Pablo en este pasaje a no tener, mejor dicho, a tener el mismo sentimiento que tuvo Cristo. Filipenses 2:5: “Haya, pues, en vosotros, [en nosotros] este sentir que hubo también en Cristo Jesús”.
Mira lo que dice el 6: “El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse”. Pero nosotros nos aferramos a nuestro reinito. “No, es que yo aquí mando; yo aquí digo; yo aquí hago”. Estamos demostrando una actitud de soberbia. ¿Y Cristo qué hizo? Todo lo contrario. Dice el pasaje: “Se despojó”. ¿A quién? ¿A su título? No. A sí mismo. Él lo dejó todo por amor a su Padre, por amor a su creación, por amor a nosotros. Y tenemos ese llamado a imitar a Cristo. Entonces no te aferres primeramente a la posición que tienes ahí, con el Señor.
Pero también otro ejemplo de humildad que vemos en Cristo no solamente es el despojarse, sino el de servir. Porque para él ya fue grande despojarse. Podía decir: “OK, ya estoy aquí entre ustedes. Pero ahora tengo a mis doce súbditos; digo, a mis doce discípulos”. Pero es que no fue así. Incluso como maestro, el Señor no estaba esperando que sus alumnos le sirvieran. Él tenía una actitud de servicio con todas las personas.
Ahí mismo, Filipenses nos acaba de decir que “tomó forma de siervo”. Y toma esa forma de hombre en esos lugares, incluso vemos Belén y la condición en la cual el Señor nació. No era la de un rey. No, él viene dispuesto a servir. Sirvió a sus discípulos. Sirvió a niños. Sirvió a personas. El llamado es: papá, mamá, tú te estás aferrando a la posición que el Señor te ha dado y has renunciado probablemente a la actitud de servicio que debes de tener con tu familia, con tus hijos.
Podríamos decir: “A ver. ¿Cómo que yo voy a humillarme? ¿Cómo que yo voy a servir a mi esposa, a mi esposo, a mis hijos? No es lo que se espera”. A ver, no te aferres a la posición que el Señor te ha dado. Ten una actitud de servicio, que está dispuesta a sacrificarse por el otro. Ahora, imagina ver a esos niños a su autoridad sirviéndoles, y sirviendo a otras personas, no solamente a nuestro cónyuge o a nuestros hijos—una actitud de servicio verdaderamente.
¿Por qué? Porque tenemos un concepto correcto de quién somos nosotros, y el ejemplo aparte de Cristo. Eso debería de cambiar todo lo que nosotros estamos haciendo y pensando también de nosotros mismos. No te mires a ti. Ahora mira a Cristo, que él ya lo vivió. Eso que el Señor nos está pidiendo, Cristo ya lo vivió y lo modeló para nosotros.
Susi: Excelente. Estaba pensando en cómo a veces pensamos en la humildad como simplemente una actitud, especialmente hacia otros. Pero tú mencionaste en la definición sobre la dependencia de Dios. Yo pienso que muchas veces en la crianza queremos maniobrar y controlar y arreglar las vidas de nuestros hijos, y todo para que les vaya bien y que las cosas salgan como uno quiera. ¿Cómo es la humildad y la dependencia, la confianza, en Dios? ¿Cómo es eso?
Daniel: Claro. Nosotros debemos de tener una dependencia práctica, no solamente teórica. ¿Cómo podríamos nosotros mostrar esa dependencia a nuestros hijos, y primero vivirla? Ve al Señor en oración. Vemos una actitud de humildad en Cristo en situaciones difíciles y complicadas. ¿Y qué hacía el Señor? ¿No, no, no, yo lo resuelvo todo? Probablemente en esos momentos tan complicados, el Señor se alejaba un poquito, ¿y qué hacía? Se ponía a orar. Ponía la situación que estaba enfrentando delante del Señor.
Nosotros a veces en esa desesperación y en ese orgullo de “yo puedo resolverle todos los problemas a mi hijo”, voy y me meto y a ver qué hago, qué arreglo, qué muevo, qué botones tengo que presionar para que todo funcione. Probablemente nos tenemos que alejar, y “Señor, muéstrame qué tengo que hacer, cómo tengo que conducirme en esta situación”. Y eso va a tener una doble enseñanza, primero a nosotros de una dependencia del Señor. Y otra vez, tener ese concepto de: yo no puedo solucionar la vida de mis hijos por más que quiera. Y no es que no los ame, pero ellos no van a depender de mí. Tienen que depender del Señor.
Cuando ellos me ven depender del Señor, ellos están aprendiendo que en algún tiempo ya no va a ser necesario recurrir a mamá y a papá. Ellos van a apartarse en el momento de la complicación, en el momento de la tormenta, y ponerse delante del Señor: “Señor, guíame. Dame sabiduría para salir de este problema. Dame las habilidades necesarias para lograr esto que quiero, si es tu voluntad”. Depender de él en todo momento. Creo que eso sería una forma tan práctica: la oración de reconocer nuestra incapacidad. Porque vamos delante de él buscando su ayuda en todo momento.
Susi: Esa es la esencia de la oración. La oración es la dependencia. ¿Cómo vas a tener verdadera humildad como una virtud cristiana sin la oración? Porque si tú crees que Dios necesita intervenir aquí, yo necesito ir a Dios y decir: “Dios, toma tú esta situación. Arregla tú”. Hace poco, uno de mis hijos que ya no vive en casa, me contaba de un problema, una situación complicada. Yo le preguntaba: “¿Y cómo le hiciste? ¿Cómo saliste adelante?”
—“No, pues es que empecé a orar mucho”. ¡Gracias Dios! Eso es lo que uno quiere ver, ¿verdad? Uno quiere ver eso en sus hijos, porque yo estando lejos estoy más consciente de que no puedo arreglar la vida a mis hijos. Eso ha sido bueno para mi alma, pero también veo que Dios está obrando en su corazón y enseñándole esa dependencia.
Daniel: Y probablemente en tu situación, aunque difícil, podría ser más fácil. ¿A qué me refiero? Tú ya no estás ahí para resolverle el asunto a él o a ella porque están lejos de ti. Entonces ahí tú dependes del Señor. Pero en el momento en el que tenemos a nuestros hijos en casa aún, ahí se vuelve complicado, porque entonces yo entro al rescate. Yo puedo. Lo tengo aquí a un lado mío.
Susi: Y algunas mamás que viven lejos de sus hijos todavía intentan arreglarles toda la vida. Pero tienes toda la razón. Es como esa distancia hace más real mi incapacidad, y eso es bueno para mí y bueno para él.
Daniel: Pero debemos aprenderlo ahorita si tenemos hijos pequeños, no esperar al momento al que exista esta separación territorial, podemos llamarle. Lo podemos hacer desde ahora cuando están aquí a un lado, en el cuarto de un lado de nosotros.
Susi: Y en la adolescencia, cuando lo que queremos es protegerlos y evitarles los problemas y controlar su conducta, es cuando más necesitamos soltarlos en dependencia de Dios.
Daniel: Eso va a ser un reto para los padres que nos escuchan que tienen adolescentes. Ellos se pueden sentir a veces desesperados por la situación, y están ahí queriendo controlar. Y padre, madre, tú no vas a cambiar el corazón de tu hijo. Tú necesitas ahora depender del Señor en este punto. Y tal vez—ahorita si quieres hablamos un poquito más de eso—humillarte delante de tu hijo y decirle: “Mira, perdón por no enseñarte estas cosas antes, pero ahora yo lo estoy aprendiendo, y ahora quiero enseñarte, o que aprendamos juntos, probablemente, acerca de la dependencia que debemos de tener al Señor, de humillarnos delante él los dos”.
Susi: Sí. Como dices, te iba a preguntar sobre sugerencias prácticas; esa es una, ¿verdad? Esa es una: pedir perdón, humillarnos delante de nuestros hijos. ¿Tienes algunas otras sugerencias o hábitos?
Daniel: Mira, vayamos a lo de perdón. Creo que ya lo hemos comenzado, comentado un poquito, pero no hay acto más grande de humildad que pedir perdón, porque eso es reconocer nuestra incapacidad, o incluso reconocer nuestros errores. Espero, padres y madres que nos están escuchando, que esta sí sea una práctica en el matrimonio, porque si tú no practicas esto en el matrimonio, no lo vas a poder enseñar con tus hijos.
Pero eso implica también que debemos de pedir perdón a nuestros hijos. Hace rato preguntabas del papá, líder, el “rey de la casa”. Pues eso también aplica para nosotros, y de hecho, que el papá, el rey de mi reinito, se humille delante de nuestros hijos…no tengas miedo de que tu hijo va a burlarse de ti, como: “Mira, mi papá está humillado, o se está pidiendo perdón, o incluso está llorando conmigo”. Lo que eso va a crear es un quebrantamiento en tu hijo también. Enseñarle que mi papá no es perfecto, enseñarle que mi papá también necesita de Dios, y que también sea humillado delante del Señor. Y esa humildad que ha aprendido de Cristo, ahora la está modelando conmigo al pedirme perdón por una cosa tan sencilla.
Probablemente nuestros hijos no van a tener este pensamiento un poquito más estructurado que acabamos de mencionar. Pero estás sembrando algo en ellos. Y modelarles el perdón; no solamente enseñárselo. El modelarles el perdón a nuestros hijos es vital para crear un corazón humilde en ellos. Y de esa forma, ¿a dónde los llevamos? Al evangelio, a que ellos van a necesitar humillarse delante del Señor y pedir perdón por quienes son, por el corazón pecaminoso que ellos tienen.
Susi: Y perdonar. O sea, pedir perdón y perdonar requieren humildad. Sea de un lado o del otro, cuando estás enseñándole a que tiene que pedir perdón, y tú le extiendes perdón, también estás modelando humildad. Va de los dos lados.
Daniel: También, cuando nuestros hijos se acercan a eso que ya han aprendido, que ahora se están acercando a nosotros a pedir perdón, ahí podemos tener ese corazón compasivo de saber: “Bueno, yo también he recibido el perdón de Dios. Claro que tengo que perdonar a mi hijo, y claro que tengo que mostrarle amor y atención”. A veces nuestros hijos se acercan y no hallan cómo hacerlo. Y nosotros por la vida, por las distracciones que podemos tener: “Sí, mijito, sí, lo que tú digas”. No. Darle esos minutos de atención. Van a ser súper válidos para ellos y va a enseñarles mucho.
Ofrece perdón. Recibe también el perdón de tus hijos. Esa es una buena práctica. No es algo cultural, y aquí no voy a decir en mexicanos, en latinos—el pedir perdón no es natural en los humanos. Nos va a costar. Pero la buena noticia es cuando lo practicamos, no es que sea sencillo, pero empieza a ser un poquito más fácil. Se hace un hábito en nuestras vidas.
Susi: Yo creo que también porque la gracia que experimentamos cuando estamos dispuestos a humillarnos y pedir perdón, esa la recordamos—la sanación interior que uno siente cuando ha dejado las cuentas arregladas con otras personas. Se tumban las murallas de amargura de todo eso. El alivio, el gozo que uno siente, eso es un medio de gracia para que la siguiente vez no sea tan difícil, porque recordamos la bendición que fue cuando lo hicimos.
Daniel: Nuestros hijos también lo van a recordar, y también saben cómo ahora funciona esta dinámica. Entonces, hagamos esto un hábito en nuestras vidas, en nuestra familia, el de estar dispuestos a ofrecer el perdón.
La otra cosa práctica (yo sé que estamos cortos de tiempo): servir. Hablamos de Cristo y de su ejemplo, y esas dos cosas, el humillarse, el pedir perdón hasta cierto punto, pero también el servir a otros. Y yo quiero animar a los padres a que puedan servir primeramente entre ellos como pareja, como un matrimonio, que se sirvan el uno al otro. Y hombres, a veces nos sentimos con el derecho de que “yo ya trabajé, y vengo a que me sirvan”. No, también podemos tener esa actitud de servicio con nuestra esposa. Y este servicio también aplica con nuestros hijos. Lo único que yo sí quisiera aclarar es que queremos servirles para que ellos vean ese ejemplo, pero no queremos ser sus sirvientes también, que eso es algo que culturalmente no nos han también dicho ahora.
Susi: El hogar niño céntrico.
Daniel: Claro. Ves mamás y papás trayendo juguetes para su hijo porque la reinita está sentada ahí, y no puede moverse. “Deja, yo voy por el juguete. Yo voy por la comida”. Eso no es servicio. Eso es ponerle en el corazón del niño: tú eres lo más importante.
Susi: Está alentando el orgullo.
Daniel: Estamos haciendo lo contrario. Entonces sí, ten un corazón de servicio, pero ten cuidado. Enséñale bien qué es el servicio, y si no sabes, ve a Cristo. Ve a Cristo y ve cómo él modeló el servicio, cómo se humilló y cómo tuvo ese corazón dispuesto. Eso es lo que queremos tener y formar también en nuestros hijos.
Susi: Excelente. Gracias, Daniel, por tu aportación.
Bueno, todavía nos falta un episodio más en nuestra serie. Va a ser el último para cerrar esta serie sobre el fruto del Espíritu, las virtudes cristianas. Recuerda que puedes ir a crianzareverente.com, Episodio 207, lo puedes buscar ahí, para que descargues la hoja para ayudarte con unos devocionales familiares esta semana.
Que Dios te bendiga y te lleve hacia Cristo y su humildad esta semana.




