Todos los seres humanos, desde pequeñitos hasta ancianos, funcionamos en base a deseos. Muchos son deseos naturales, parte de nuestro diseño original como criaturas a la imagen de Dios. Pero el pecado ha causado que nuestros deseos nos lleven hacia la destrucción, engañándonos y desviándonos. ¿Cómo podemos los padres vivir con los deseos bajo el control de Dios, y guiar a nuestros hijos en este proceso? ¡No te pierdas esta conversación con Wendy!
RECURSOS ADICIONALES
- Ayuda para devocionales familiares sobre la templanza: (Descarga el pdf, o lee el texto abajo)
- Lee aquí el artículo: Templanza: padres caracterizados por el dominio propio
- (Escucha aquí un sermón de la Iglesia Bautista la Gracia sobre el fruto del Espíritu “Templanza”.)
Hoja de ayuda para devocionales familiares
¿Qué es la templanza bíblica? “Es el dominio propio que Dios produce en nosotros para restringir nuestras pasiones y negarnos a nuestra naturaleza pecaminosa a través del poder del Espíritu.” – Wendy Bello
Día 1: Lee 2 Pedro 1:3-7
- ¿Has intentado mostrar templanza con otros y has fallado? Cuándo fallas en mostrar templanza, ¿cómo respondes? ¿Desistes?
- Según lo que nos dice Pedro en este pasaje, ¿qué tenemos? Y, ¿cómo tenemos acceso a eso?
Día 2: Lee Proverbios 25:28
- Según este pasaje, ¿cuáles son algunas de las consecuencias de no tener templanza?
- ¿Qué imagen se te viene a la mente con la frase “no tiene rienda”? Comenten una ocasión en dónde han actuado como si “no tuvieran rienda”.
- ¿Cómo este pasaje contradice la perspectiva negativa que el mundo tiene de los límites?
Día 3: Lee Lucas 9:51-56
- ¿A veces has mostrado falta de templanza porque crees que estás en lo correcto?
- ¿Cuál es la diferencia entre la respuesta de Jesús y la de Juan y Jacobo? ¿Qué nos enseña el ejemplo de Cristo?
- Cuando tu amigo o hermano te maltrata o rechaza, ¿reaccionas como Juan y Jacobo o como Jesús?
Texto de la semana para memorizar:
- Gálatas 2:20 “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.”
ADORA, ORA, EXAMÍNATE:
ADORA: Gracias Padre porque tengo acceso a la templanza a través de tu divino poder.
ORA: Señor, ayúdame a vivir de tal manera que se note que soy controlado por tu Espíritu y sea capaz de responder como tú lo hiciste.
EXAMÍNATE:
- ¿Estás luchando con la obra de la carne en tu vida? O ¿Le has dado rienda suelta a la carne?
- ¿Tus pensamientos, deseos, emociones y lengua están siendo controlados por el Espíritu Santo?
- Ante la incapacidad, ¿buscas la ayuda de Dios o te conformas con el pecado?
El Ejemplo de Cristo:
1 Pedro 2:21-23 “Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente.”
Transcripción:
Susi: Criar hijos no es para flojos. Es mucho trabajo, mucho esfuerzo, mucho cansancio. Como hijos de Dios, nuestro Padre nos está criando mientras nosotros criamos a personitas más pequeñas, y a veces no tan pequeñas, que portan su imagen. Pero él no se cansa, y nos ha dejado su Espíritu Santo morando en nosotros para guiarnos, fortalecernos, corregirnos y animarnos.
Hemos llegado al último fruto del Espíritu en la lista que el apóstol Pablo nos dejó en Gálatas 5: la templanza. Estoy agradecida con mi amiga Wendy Bello por acompañarnos esta vez una vez más, después de otras veces que nos ha acompañado aquí en el podcast de Crianza Reverente. Wendy, muchas gracias por tu tiempo y por compartir nuevamente con nosotros aquí.
Wendy: No, gracias a ti, Susi. Siempre es un privilegio, y me encanta compartir contigo y con la audiencia de Crianza Reverente.
Susi: Sí. No les vamos a decir cuánto tiempo nos quedamos platicando antes de empezar a grabar este episodio, ¿verdad?
Wendy: No, mejor que no.
Susi: Casi nunca tenemos oportunidad de platicar, y es una bendición tu amistad y también el hecho de que estés dispuesta a compartir con nosotros.
Wendy: No, de verdad, yo lo disfruto mucho. Y agradezco al Señor que cruzó nuestros caminos hace ya unos cuantos años.
Susi: Sí, así es. Gracias a Dios. Hermanas y amigas en la lucha.
Wendy: Así es.
Susi: Y en la misma etapa de vida. En otra ocasión tendremos que grabar un episodio acerca de hijos adultos, porque estamos apenas pasando por eso. Ya en unos cinco años seguramente seremos expertas.
Wendy: ¡Ay! ¡Yo pensé que ibas a decir abuelas!
Susi: No, no, no. Quién sabe, ¿verdad?
Wendy: ¿Verdad? ¿Quién sabe? Así es.
Susi: Pues, muchas gracias por acompañarnos. Hablando del fruto del Espíritu, hemos estado ya hablando varias semanas; bastantes episodios llevamos en esta serie, y siempre me gusta preguntar a nuestro invitado: ¿cómo ha sido para ti? ¿Qué significa para ti andar en el Espíritu personalmente, y especialmente, cómo afecta tu rol como madre?
Wendy: Sí. Mira, es una excelente pregunta, porque hablamos mucho de esto, ¿verdad? Y a veces lo repetimos, pero quizás no nos detenemos tanto a pensar en realmente qué significa ahí. La verdad, dicho de una manera muy sencilla: ha sido aprender a caminar con Jesús. Es la experiencia de esa nueva vida, que nos damos cuenta que no es posible en nuestras propias fuerzas.
No ha sido posible en mis fuerzas, pero que Cristo ha hecho y hace posible, porque es algo en lo que vamos a estar mientras estemos caminando de este lado de la cruz. Claro, cuando escuchamos “andar en el Espíritu”, no quiere decir que la lucha con la carne ha terminado. Porque esa tampoco va a terminar de este lado de la eternidad. Creo que esa es una de las razones por las que tenemos el pasaje de las Escrituras de que vamos a estar hablando hoy.
Como mamá, creo que, al igual que en todas las demás esferas de la vida, andar en el Espíritu, vivir en el Espíritu, ha sido esencialmente aprender a decirme “no” a mí misma, Susi. Ha sido aprender a crucificar mi yo, mis deseos. Yo creo que ha sido, y está siendo, y es, aprender a sujetarme a Cristo, al Cristo que ahora vive en mí a través del Espíritu Santo.
¿Qué he sido perfecto? Me encantaría decir que sí, pero para nada. ¿Que lo he hecho siempre? Tampoco, porque de nuevo tenemos esta lucha con nuestra vieja naturaleza. Pero sí ha sido transformador, y realmente, uno mira atrás y ve la obra de la gracia y de la misericordia de Dios en nuestra vida cada día transformándonos, y diciendo, como Pablo: no lo he alcanzado ya, pero prosigo a la meta.
Susi: Así es. Sí, gracias a Dios por el Espíritu Santo. ¿Cómo sería la vida cristiana si no tuviéramos al Espíritu Santo morando en nosotros?
Wendy: Imposible.
Susi: Bueno, todo lo que has dicho, yo creo que aplica de manera particular a esta cualidad que es la templanza. La Reina Valera, que muchos usamos, traduce esta palabra griega a templanza. Queremos entender qué es la templanza bíblicamente. ¡Danos como una clasecita, teóloga Wendy, sobre la templanza!
Wendy: ¡Ay yay yay! No, pero me encanta que empieces pensando en definiciones. ¿Por qué? A mí me gusta mucho hacer eso siempre. ¿Por qué? Porque la razón, como bien dices, una palabra pudiera significar algo para una persona, y tal vez otra persona piensa en esa palabra de manera diferente. Entonces es bueno definir lo que creemos, o lo que entendemos, o lo que realmente es una palabra.
Si nos vamos, digamos, al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, templanza, que es, como bien dices, la palabra que usa la Reina Valera 60, templanza, dice el diccionario de la Real Academia, es moderación, es sobriedad, es continencia. Y creo que a veces para entender el significado de una palabra es bueno pensar en el antónimo; es decir, en lo opuesto. Lo opuesto de eso es desenfreno. Creo que eso nos ayuda un poquito.
Ahora, yo no domino el griego. De verdad, me encantaría, pero no estoy ahí todavía. Pero gracias a todos los recursos que hoy tenemos disponibles, podemos entender mejor el significado de las palabras en los idiomas bíblicos. Eso también es importante porque los idiomas bíblicos a veces son mucho más ricos, o quizás pudiéramos decir, tienen más connotaciones en sus significados que los idiomas modernos.
Susi: Matices.
Wendy: Exacto. Nuestros idiomas modernos a veces son más escuetos, pero los idiomas bíblicos a veces tienen otras implicaciones en una misma palabra. La palabra griega que se tradujo como templanza viene—bueno, si la fuéramos a decir, es encratella. Fíjate. Ahora, eso quiere decir literalmente autocontrol. Es lo que quiere decir. O, algunas otras versiones más modernas han puesto esa frase que conocemos más: dominio propio.
Susi: Así es.
Wendy: Quizás muchos están leyendo su versión y dicen: “La mía no dice templanza; dice dominio propio”. Todo viene de esa palabra griega que literalmente es: tener control propio. Autocontrol. Ahora, mira lo que dice Logos. ¿Cómo define Logos esto del dominio propio, la templanza, el autocontrol? “Es esa virtud que se dice que posee quien modera y restringe su apetito sensual. Sin embargo, a menudo se usa en un sentido mucho más general, como sinónimo de moderación, y se aplica entonces indistintamente a todas las pasiones o impulsos”. Y ahí termina la cita.
Yo creo que ya eso nos va dando un poquito más entender. ¿Qué quiere decir la Biblia cuando está hablando de que parte del fruto del Espíritu es templanza, o moderación, o dominio propio? Es decir, que esto aplica a todas las pasiones o a todos los deseos de nuestra vida, Susi. Pero aplica también a nuestros pensamientos y, por supuesto, aplica también a nuestras acciones, a cómo actuamos.
Entonces, eso es en cuanto a definiciones, a lo que significa. Pero el próximo paso sería: bueno, entonces, ¿cómo vemos esto a la luz de la Biblia? ¿Qué es lo que dice la Escritura acerca de la templanza, del dominio propio? Y Pablo está hablando, como ya tú decías, de esto como parte del fruto del Espíritu en la vida de un creyente. Eso ya de por sí me tiene que hacer pensar: esto no es algo que yo puedo producir por mí mismo.
Es parte del fruto del Espíritu: la templanza, la moderación, el dominio propio, el autocontrol, como queramos ponerlo en esta definición, se trata de algo que él produce en nosotras en primer lugar. No es algo que se espera que ahora nos sentemos y digamos: a partir de hoy soy una mujer que va a tener templanza. Es imposible, por más que lo intentemos. Porque tú sabes también, yo puedo intentar modificar mi conducta, pero yo no puedo cambiar mi corazón.
Entonces, como un texto sin contexto es un pretexto, nosotras no podemos leernos este pasaje del fruto del Espíritu aisladamente, sino que hay que verlo a la luz de toda la Escritura, y específicamente en el contexto que le está rodeando. Y Pablo, antes de llegar a hablar del fruto del Espíritu, él les dice a los gálatas: “Digo, pues: (en la Reina Valera) andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; (NBLA) y estos se oponen el uno al otro, de manera que ustedes no pueden hacer lo que deseen” (5:16-17).
Antes de llegar a hablar del fruto, yo vengo leyendo esto, y entonces hay una implicación para nosotros. ¿Y cuál es esa implicación? Bueno, que vivir en el Espíritu, en esta nueva vida que tenemos en Cristo, implica decir “no” a nuestra naturaleza pecaminosa. Y si te das cuenta, ya eso me está uniendo a ¿por qué necesito el Espíritu? Por eso necesito la templanza o dominio propio, porque Pablo está diciendo: no satisfagan los deseos de la carne. Es un mandato.
Y eso habla de esa lucha que hay entre nuestras dos naturalezas que tenemos, entre esta vieja naturaleza (yo me lo imagino así), que de vez en cuando quiere sacar su cabeza otra vez, y esa nueva naturaleza que el Señor nos ha dado, y que en nuestra fuerza no podemos ganar la batalla. Por eso necesitamos la intervención del Espíritu. Pero al mismo tiempo, hay que hacer ejercicio de nuestra voluntad.
Cuando yo estaba pensando en este tema, y me comentaste, me invitaste para hablar de él, justo estaba leyendo, o estoy leyendo, un libro del pastor Miguel Núñez que se llama Por el poder del Espíritu, donde precisamente él va recorriendo este pasaje de Gálatas. Él dice (voy a citar al pastor Miguel): “El Espíritu de Dios ha venido a morar en nosotros para capacitarnos y empoderarnos para ejercer nuestra fuerza de voluntad y vencer las tentaciones que nos llegan continuamente”.
Es como que hay, pudiéramos decir, hay una acción de dos cosas. El dominio propio es necesario; es crucial para la vida del creyente. Pero por un lado el creyente no tiene que producirlo por sí mismo, porque no puede. Entonces, ¿qué es lo que está diciendo Pablo, y qué es lo que habla el pastor Miguel en este libro? Es que necesitamos que el Espíritu nos capacite, nos empodere, por decirlo de alguna manera, para poder negarnos a nosotros mismos.
Susi: Pero sí hay una acción de nuestra parte. Requiere un esfuerzo, sí.
Wendy: Pablo le dice a Timoteo: “No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Tim 1:7). Es decir, que el Señor ha provisto lo que nosotros necesitamos para una vida con templanza, con continencia, con sobriedad, con moderación, pero necesitamos también, por el otro lado, un corazón blando, un corazón enseñable, un corazón rendido, en el cual el Espíritu pueda trabajar e ir produciendo ese fruto.
Porque nuestra naturaleza pecaminosa, su tendencia natural es a no negarse a sí mismo, a no decirse que no. Entonces es creer que lo que Dios dice en su Palabra es verdad: que hay más gozo en negarnos a nosotros mismos que en seguir nuestros propios deseos. Eso solo lo hace posible el Espíritu. Entonces como decías, es lo que estamos diciendo: implica disciplina de nuestra parte. Por eso Pablo también le dice a Timoteo: “Disciplínate para la piedad” (1 Tim 4:7).
Yo estaba mirando este texto en la Nueva Traducción Viviente, y dice: “Entrénate para la sumisión a Dios”. Fíjate cómo eso nos ayuda a verlo. Una vida en el Espíritu es una vida que practica el dominio propio. ¿Qué es? Someterse a Dios, a lo que Dios ha dicho. Me encanta que Pedro, en su segunda carta, dice que el Señor nos ha dado todo lo que necesitamos para vivir esta vida, porque él dice: “su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia” (2 P 1:3).
Justo un poquito después, después de que ha dicho ya: el Señor les dio lo que ustedes necesitan para vivir esta nueva vida; el Señor lo ha provisto en Cristo. Ustedes no están llamados a vivir la vida cristiana por su cuenta, ni en sus propias fuerzas. Tienen a Cristo. Eso es una cara de la moneda.
Pero un poquitico más adelante el mismo Pedro dice la otra carta de la moneda. Dice: “Obrando con toda diligencia”, es decir, con intencionalidad, con disciplina, “añadan a su fe, virtud, y a la virtud, conocimiento; al conocimiento”—adivina qué—“dominio propio”. Es como que estamos en esta moneda con dos caras en las que sabemos que no puedo por mí misma; por eso es que necesito el Espíritu Santo. Y por eso es que el Espíritu en nosotros es el que lo produce.
Pero al mismo tiempo se requiere que haya un entrenamiento de mi parte, como dice Pablo, que haya una intención, el esfuerzo. Y eso sí quiero que quede claro a nuestras oyentes. No es para ganarnos el favor de Dios, sino porque ya lo tenemos. Porque ya hemos sido, usando la palabra que usaba el pastor Miguel en su libro, empoderadas por el Espíritu para vivir esta nueva vida, entonces es que nosotros podemos unirnos a Dios en ese proceso que a la larga es santificación, conformadas más a la imagen de Cristo.
Pero donde Dios está obrando por medio de su Espíritu, nos ha dado ese nuevo corazón que es capaz de decir no al pecado, no a nosotros mismos, y unirnos a ese proceso. Lo cierto es, Susi, que me imagino que hayas pensado, y quizás hasta nuestras oyentes estén pensando, una vida sin templanza, una vida sin dominio propio, es una vida caótica. Sí, es una vida caótica.
Proverbios es un libro que yo amo por ese caudal de sabiduría. Proverbios 25:28 dice: “Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina su Espíritu”. Claro, tú y yo no vivimos en una ciudad amurallada, ni estamos quizás a expensas de una invasión literal. Así que la analogía tal vez pudiera no ser muy clara, pero básicamente el texto está diciendo que el que no ejerce la templanza o el dominio propio es como el que vive a merced de todo tipo de enemigos, de todo tipo de ataques, como quien vive sin ninguna protección.
Susi: Sí. Amén.
Wendy: Si ahora tú y yo, ya después que hemos visto todo esto, que el fruto del Espíritu, que es templanza, que es esta moderación, en este pasaje, si ahora regresamos a donde empezamos, que es la lista que Pablo está dando. Porque antes de llegar al fruto del Espíritu, ¿de qué está hablando? Pablo está haciendo un contraste entre las obras de la carne y el fruto del Espíritu.
Él dice: “las obras de la carne son evidentes”. Y él dice: “las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes”. Evidentemente, por eso es que la definición que leíamos al principio abarca que el dominio propio tiene que ver con tantas cosas, desde nuestro corazón, nuestros pensamientos, y todo eso va a redundar en acciones. Por eso es que la definición decía, no tiene solamente que ver con la sensualidad, sino con todo esto otro.
Entonces terminando esta mini clase que estamos aquí nosotras viendo, la pregunta tal vez sería: bueno, ¿y qué podemos hacer para cultivar el dominio propio? Porque ya hemos visto que es parte de lo que el Espíritu Santo hace en nuestra vida. Gloria a Dios por eso. Pero también se espera que nosotros, como dice Pedro, “añadan a vuestra fe” toda esta lista, incluyendo el dominio propio.
¿Cómo lo cultivamos? Yo creo que lo primero es que hay que comenzar reconociendo: Señor, yo no puedo. No tengo dominio propio en mis propias fuerzas. Produce tú cada vez más este fruto en mí—esa oración, el reconocer que es él quien produce en nosotros el querer como el hacer por su buena voluntad (Fil 2:13), que mi corazón, que todavía lucha con el pecado muchas veces, no va a querer tener dominio propio. Al contrario, va a querer decir que sí a la tentación, decir que sí a los deseos de mi propio corazón. Necesito comenzar por ahí, reconociendo esto.
Segundo, que quizás nos ayuda también ver qué áreas de nuestra vida batallamos más, porque la lucha no es igual para todo el mundo. Quizás por alguien la lucha mayor es la lengua—lo que digo, lo que no digo. O la ira. O tal vez son las compras en el centro comercial, los gastos.
Susi: La comida.
Wendy: ¡La comida! ¿A dónde corro? Tengo que comenzar por reconocerlo, arrepentirme, confesarlo delante del Señor, que son áreas en las que no estoy ejerciendo el dominio propio, y que necesito que el Señor intervenga. Y por supuesto, ahí pudiéramos hablar también de buscar ayuda, de buscar alguien con quien rendir cuentas, alguien que nos ayude a caminar.
Susi: Sí.
Wendy: Guardar nuestro corazón es otra cosa, como enseña Proverbios: “Guarda tu corazón sobre todas las cosas, porque de él mana la vida” (4:23). Bueno, ¿qué pudiera querer decir eso en este caso? Huir de escenarios que sean una tentación. Si quiero ejercer dominio propio, yo recuerdo que Pablo le dice a Timoteo: “Huye de las pasiones” (2 Tim 2:22). No le dice: “Quédate y pelea”. ¿Qué es lo que le dice? “Huye”. Es decir, no te pongas en ese escenario en el que tienes tantas oportunidades de caer. No nos pongamos en escenarios en los que nos va a ser mucho más difícil innecesariamente.
Por supuesto, todo esto comienza con llenar nuestra mente de la Palabra de Dios. ¿Por qué? Porque ese es el arsenal con el que yo puedo combatir mis malos deseos, y es con lo que alimento mi alma. Hay un trabajo, por así decirlo, de alguna manera, que nosotras necesitamos hacer para cultivar el dominio propio de nuestras vidas; que sí lo produce el Señor a través del Espíritu Santo, pero el Señor nos invita en muchísimos pasajes, no solo estos que he leído, a negarnos.
De hecho, Gálatas—y hablábamos de contexto sin contexto es un pretexto—estamos en el capítulo 5, pero en el capítulo 2, ¿qué dice Pablo? “Con Cristo estoy…” ¿qué? “juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. Eso implica, estoy crucificado es decir: yo me estoy crucificando a mí misma. Estoy diciendo “no” a mí mismo. La vida cristiana es básicamente eso. Es un constante negarnos a nosotros mismos.
Susi: Guau. Gracias, Wendy. Es mucho estudio, mucha información, y creo que nos debe confrontar a los padres, ¿verdad? Muchas veces esos deseos descontrolados se ven en la casa, y los niños son los que reciben las consecuencias de nuestro desenfreno. A veces, por quedar bien con otros, podemos controlar ciertos deseos o ciertas pasiones en público, o delante de otros.
Y lo otro que yo estaba pensando mientras hablabas, es tan importante que nos entendamos que gente del mundo puede practicar cierto tipo de dominio propio, pero la gran diferencia es lo que tú decías: es porque estamos en Cristo. Porque una persona inconversa puede negarse muchos deseos porque es motivada por algún otro objetivo que va a obtener: un atleta, por los resultados que va a tener; una dieta—muy disciplinada, pero por el resultado del cuerpo que quiere obtener.
Creo que allí está la clave. La diferencia para los cristianos, y esto creo que puede pasar a muchas mamás: yo me disciplino por dos semanas mucho, porque estoy tratando de lograr un objetivo, una motivación que es mucho menos que Cristo. Es mucho menos que la gloria de Dios. Es mucho menos que querer experimentar esa llenura y control del Espíritu Santo.
Así que quería destacar eso porque creo que para muchos creyentes nos cuesta entender la diferencia entre una disciplina nada más por disciplina, y un fruto del Espíritu que sí requiere mi disciplina, pero que mi disciplina viene motivada por algo mucho más alto. Háblanos un momento de Cristo. ¿Cómo Cristo es nuestro ejemplo en la templanza, y cómo lo vemos en su vida?
Wendy: Sí, ahí hay muchos pasajes que pudiéramos pensar. Pero hay un pasaje de primera de Pedro que a mí siempre me ha conmovido, me ha confrontado, y a la vez me ha hecho—¿cómo pudiéramos decir?—alabar, o quiero usar la palabra admirar, pero con cuidado: en el sentido de maravillarme. Esa es la que estoy buscando—maravillarme más ante quién es nuestro Salvador.
Primera de Pedro 2, comenzando en el 21, dice: “Porque para este propósito han sido llamados, pues también Cristo sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo, para que sigan sus pasos, el cual no cometió pecado, ni engaño alguno se halló en su boca; y quien cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia”.
Cuando yo leo ese texto, y pensando en esto, digo: ¡qué manifestación más hermosa de lo que es la templanza! Porque si estamos viendo este pasaje, dice: “cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia”. Y cuando nosotros pensamos, por ejemplo—pensando en esto que Pedro está escribiendo, yo me imagino a Pedro escribiendo esta carta, recordando lo que él vio en Getsemaní aquella noche, y lo que vio después en la casa del sumo sacerdote, viendo a Cristo allí, cómo reaccionaba. En medio del sufrimiento más grande, pudiendo huir, pudiendo desaparecer, incluso pudiendo bajarse de la cruz, Cristo se sometió al Padre.
¿Qué mejor muestra de templanza y de negación a sí mismo que la que tenemos en Cristo Jesús? Que, como dice Pablo en Filipenses: “Quien siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se humilló a sí mismo” (2:6,7). Todo esto, ¿por qué lo hizo? Porque se negó. Se negó a sí mismo. Mostró eso de que nosotros ahora hablamos como templanza, como dominio propio, que es nada más que eso. Es negarme a mí mismo y reconocer que me estoy negando a mí misma, pero porque quiero obedecer a Dios, porque quiero agradar a Dios, porque quiero ser más como Cristo. Y no es el imitarlo porque voy a simplemente imitar a una buena figura. Este Cristo, que hizo todo esto, ahora habita en mí, y me permite poder hacer esto.
Susi: Sí, y recordar que no solamente fue en el día, obviamente, de su muerte y en todo ese proceso. Primero, Cristo tuvo que vivir una vida perfecta para nosotros. También podemos ver un patrón de la templanza. Piensa en cómo se negó su deseo de comer en el desierto por 40 días. Yo pienso en eso y yo digo: ¡jamás en mi vida! Sentir hambre para mí, es como ¡no puedo, no puedo! Es ponerte del lugar de Jesús, y decir: “Él puede identificarse con mi lucha de la templanza. Él me entiende como mamá, que aquí estoy enojada con mis hijos y conteniéndome, y él sabe lo que es estar delante de personas que están desobedeciendo, y contenerse, y mostrar misericordia”.
Eso es dominio propio. Cristo sabe lo que es, y en él puedo encontrar esa ayuda. Y cuando él ascendió al Padre, dejó su Espíritu Santo precisamente para poder ayudarnos con eso. ¡Qué hermoso! Qué hermoso eso para los que vivimos en nuestra casa criando hijos y batallando con la carne y los deseos de nuestra carne. Ahí está Cristo.
Me gustaría que tomáramos unos minutitos aquí para terminar, para tratar de ser práctico, especialmente para pensar en la crianza de los mismos hijos. Porque sabemos que a veces nuestros hijos sí son salvos, a veces no estamos seguros, y a veces estamos bastante seguros que todavía no conocen a Cristo. Pero comoquiera, queremos enseñarles templanza. ¿Cómo sería una manera de fomentar y alentar ese crecimiento en ellos, aún si no estamos seguros de su salvación, de su condición espiritual?
Wendy: Hay varias cosas que pudiéramos pensar. Una de ellas, y creo que es, vamos a decir, la más evidente, es, ¿cómo yo modelo esto en mi hogar, en el día a día? ¿Cómo yo modelo este rasgo del carácter producido por el Espíritu en mí, que soy una mujer creyente, de modo que sea evidente ante la mirada de estas personitas, o de estas personas ya más adultas?
Susi: Como tú y yo tenemos ya bastantes.
Wendy: Exacto, que en nuestro hogar que lo puedan ver. Porque, aunque yo pueda decirlo e incluso enseñarlo, pero cómo se traduce eso en nuestra vida cotidiana—el reflejo—obviamente dependiendo del Señor para esto. Pero al mismo tiempo reconociendo delante de ellos—y creo que esto también ayuda mucho—cuando no lo he sido, diciendo: “Mira, perdóname, porque no tuve dominio propio. No contuve mis palabras que no tenía que haber dicho. O no contuve mi enojo cuando en realidad lo que el Señor me llama a hacer es a no actuar en este enojo”.
Creo que esa es la primera cosa, porque muchas veces nosotros somos ese ejemplo constante que ellos están viendo. Segunda cosa, sobre todo pensando en aquellos que o no son creyentes o no estamos muy claros, creo que es bueno tener conversaciones acerca de las consecuencias de una vida sin templanza, sin moderación. Porque la realidad es que siempre va a haber consecuencias. Pueden ser buenas consecuencias; pueden ser malas consecuencias.
Nuestra responsabilidad como padres es instruir y enseñarles el camino recto. En un mundo en el que—recordemos, el antónimo de esto es desenfreno—en un mundo que es desenfrenado, que te va a decir: “No te moderes en nada” (esto aplica todo), un mundo que te va a decir: “¿Quieres algo? Cómpralo, y ya después veremos cómo lo pagas. ¿Quieres placer? Búscalo inmediatamente”, en un mundo que es de gratificación instantánea, hablar de la moderación, y tener esas conversaciones, y por supuesto orar, y confiar en que el Señor hará lo que él entienda que va a hacer.
Si ya nuestros hijos son creyentes, orar que el Espíritu produzca ese fruto en su vida, y que ellos puedan cada vez apoyarse más en el Señor. Porque como bien hemos dicho varias veces en esta conversación, por nuestras propias fuerzas no podemos. Pero podemos correr a Cristo, que además de todo, nos es el perfecto sacerdote que intercede a nuestro favor cuando nos no mostramos el dominio propio, y que se identifica con nuestra lucha también.
Si nuestros hijos no son creyentes, obviamente orar para que el Señor los salve y haga la obra en ellos. Pero si ya lo son, orar para que ese fruto se manifieste en su vida, ellos lo cultiven, y puedan vivir una vida recta y agradable delante de Dios, que muestre esto, y que, por supuesto, les use a ellos donde estén para también mostrar a otros cómo luce una vida llena del Espíritu Santo. Aunque las personas ni sepan qué quieren decir esos términos, ni tal vez no salga la conversación, pero puedan ver esa diferencia que sí pudiera dar lugar a conversaciones acerca del evangelio. Pero vuelvo a lo primero que dije: tenemos que comenzar por vivir lo que enseñamos y creemos.
Susi: Sí, así es. Yo pensaba también en cómo lo inculcamos en ellos. Por ejemplo, cómo podemos exigir obediencia a nuestros hijos, que es parte de nuestro rol, según Efesios 6, pero enseñándoles al mismo tiempo. Cuando exigimos que obedezcan, normalmente es: tienen que negarse un deseo que ellos tienen para obedecernos. Entonces les estamos enseñando, les estamos inculcando, dominio propio.
“No, tú no puedes comer eso de snack. Tú tienes que comerte esta manzana. Obedéceme”. Pero al mismo tiempo estás aprendiendo a negarte el deseo de comer comida que no conviene, y comer algo saludable. Eso es algo muy simple, pero cuando nosotros día tras día inculcamos en nuestros hijos una práctica del dominio propio, les enseñamos: “Lo que tu dijiste era muy feo; salió de un corazón desenfrenado. Vamos a pensar en lo que debiste haber dicho. ¿Qué pudiste haberle dicho a tu hermana?” Cosas así. Es enseñarles a detenerse, controlarse, y hacer lo correcto aún antes de ser salvos, si lo hacemos bien, apuntándolos a su necesidad, estamos entrenándolos a que el Espíritu luego produzca ese fruto en su vida.
Wendy: Es desde pequeño. Por ejemplo, cuando les dices: “No. Ahora no es momento de ver televisión…”
Susi: Negarse su deseo.
Wendy: Exacto. O: “Este es el momento en que no tienes deseo de hacer tareas escolares, pero es el momento de hacer la tarea”. Eso también les va a ir, como dices, inculcando esto, y además mostrando que la vida es así, en realidad cómo funciona. Porque nuestro mundo nos presenta otra cosa. La sabiduría de Proverbios—siempre me gusta hablar de eso—la sabiduría de Proverbios es cómo debiera funcionar la vida normalmente.
Es algo que cansa, Susi. Honestamente, las mamás que nos están oyendo tal vez puedan decir: “Esta es una tarea a veces agotadora”.
Susi: Sí. Yo recuerdo muy bien esos días de tener tres niños pequeños en la casa, o medianitos, y es arduo el trabajo. Pero vale la pena.
Wendy: Sí. Vale la pena. Sé que hay momentos en los que uno dice: “Ay, ya le voy a decir que haga lo que quiera”, porque estoy cansada. Pero esto es lo que hay que decir: “No. No me puedo cansar, porque es parte de mi responsabilidad como mamá”. Y a la larga eso va a dar fruto. Va a dar fruto.
Susi: Sí, a la larga realmente es una obra evangelística, porque podemos utilizarlo para apuntarlos a su necesidad de Cristo, y agradecer a Dios cuando nos ayude. Bueno, es mucho trabajo, pero vale la pena.
Wendy: Así es.
Susi: Gracias, Wendy, por acompañarnos. Ya se nos fue rápido el tiempo.
Wendy: Sí, señor.
Susi: Pero gracias por tu aportación. Lo agradecemos mucho.
Wendy: Un gusto, un gusto estar con ustedes.
Susi: Antes de cerrar, simplemente quiero recordarte que tenemos una hoja de ayuda para devocionales familiares. Tú puedes ir a crianzareverente.com, puedes ir al episodio 205 y ahí puedes descargar la hoja para que con tu familia tengan dos, tres días de esta semana de devocional familiar.
Pudieras pensar que ya se acabó la serie porque ya se acabaron los frutos del Espíritu, pero no es así, porque vamos a agregar tres virtudes más a nuestra serie. Así que esté al pendiente porque todavía nos faltan algunos más.
Muchas gracias por acompañarnos como siempre, y que Dios te dé mucho dominio propio esta semana. Bendiciones.




